Mexicanos, chilenos, españoles... ¿realmente nos odian tanto?

Mexicanos, chilenos, españoles... ¿realmente nos odian tanto?
Guillermo Monti
Por Guillermo Monti 18 Julio 2026

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Las líneas se cruzaron hace rato. La que separa el folclore del encono; la que media entre el periodismo de opinión y el infundio; la que borró por completo el ejército de streamers e influencers que está imponiendo una narrativa demoledora. Hasta no hace mucho era un debate futbolero, muchas veces picante, ahora mutó hacia otra cosa. Por estos días, a horas de la final mundialista, odiar a la Argentina está de moda.

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Quienes no tienen ni el tiempo ni las ganas de recorrer el universo digital se mantienen preservados de este fenómeno. Bien por ellos. Pero hay algo asombroso allí, un algoritmo descomunal, multinacional, en el que Argentina aparece como el ejemplo de todo lo que está mal. Un país de gente racista, taimada, arrogante y tan detestable que, además de robarse el Mundial de Qatar -lo que ya da por hecho gente que parecía seria y razonable-  ahora pretende consumar otro latrocinio con la complicidad de la FIFA.

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Seguramente todo nació en el marco de la rivalidad deportiva. Lo de Chile en ese sentido es conocido, pero después fueron los mexicanos quienes se instalaron en la vereda del frente para inventar un clásico que en la vida real no existe. Y otra pata es la española, en ese caso catapultada por el “efecto Messi” y todo lo que implicó para Real Madrid perder la hegemonía futbolística a manos de Barcelona. Las usinas mediáticas se prestaron a ese juego, rápidamente transformado en el chauvinismo liso y llano que se aprecia en programas como el madrileño “El Chiringuito” o en la voz de varios periodistas, entre ellos el guatemalteco Álvaro Morales, quien construyó una carrera en la TV mexicana ofendiendo a Messi de todas las formas imaginables.

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Pero hay algo más profundo, más complejo, y está atado a la lógica comunicacional imperante. Infinidad de influencers y streamers de las más diversas procedencias comprobaron que los mensajes de odio contra Argentina les rinden. Cada una de esas intervenciones se traducen en likes, en reproducciones, en interacciones. De repente, a la velocidad de vértigo que impone internet, nació una comunidad antiargentina que no para de crecer. Es probable que con la misma rapidez el tema se extinga la semana próxima y los generadores de “contenidos” pasen la página, pero hay huellas que quedan marcadas para siempre. Desde que empezó el Mundial la regla que siguieron en la web fue respaldar a los rivales de Argentina y denunciar, sistemáticamente, cómo la Scaloneta ganó todos los partidos haciendo trampa. A la cabeza lució siempre Speed, influencer estadounidense cuyos movimientos son respaldados por 50 millones de seguidores. Más que toda la población de nuestro país.

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Como él, muchísima gente puesta a transmitir con un micrófono y una camarita desde el living o el dormitorio de su casa se convirtió, como por arte de magia, en experta en historia nacional. Y uno de los temas favoritos en estos streamings, potenciados por la fuerza que alcanzan los reels, es revelar el motivo de la soberbia que irradian los argentinos desde la cuna. Allí se multiplica el argumento del racismo. Es notable lo que se escucha, por ejemplo que “somos blancos” porque descendemos de los nazis que llegaron al país tras la Segunda Guerra Mundial. Insólito, sí, pero replicado con decenas de millones de “me gusta”. Esa es la savia que alimenta a los generadores de “contenidos” y de allí que se derrame como una catarata. Es difícil saber lo que realmente piensan de nuestro país o si les importa el tema. Lo único seguro en estos tiempos es que el odio es un motor poderoso que proporciona visibilidad, genera comunidades y permite a sus profetas monetizar cada una de sus intervenciones. Hacer de Argentina la villana del momento fue la estrategia. Y funcionó.

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Lo fundamental en esta lógica es la escalada, y la idiosincrasia argentina es una alfombra roja en ese sentido. Por allí se desliza, sobre patines, la mezcla de arrogancia y victimización que suele caracterizarnos. Eduardo Feinmann, se parapetó en ese escenario para enfatizar “detesto a los mexicanos con toda mi alma”, comentario respondido nada menos que por la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, quien condenó públicamente al periodista al acusarlo de xenófobo. Es la más acabada muestra de las escaladas que inundan las redes, potenciadas por la inminencia de la final.

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La cuestión del Mundial robado es particularmente molesta. Nació durante Qatar 2022 a caballo de tres discutidos penales que cobraron a favor de Argentina (Países Bajos, Croacia y Francia fueron los damnificados) y se extendió con el correr del tiempo. El argumento siempre fue sencillo: Messi es la cabeza del producto que vende la FIFA y por eso era necesario regalarle un Mundial. Primero se lo decía un poco en broma y un poco en serio; hoy el #ArgenFIFA es un hashtag que siempre rankea alto. No hablemos de streamers e influencers, que lo dan por seguro y así convencieron a sus seguidores. Hasta Ibai, uno de los más populares influencers españoles -quien se jacta de su amistad con Messi- dijo hace unos días que el Mundial de Qatar no debería tener validez (aunque luego sostuvo que lo habían sacado de contexto; ya era tarde). Pero más allá de los streamings, en muchísimos medios, varios tradicionales y prestigiosos, ya han dejado de usar el potencial para referirse a este tema y con naturalidad afirman que Argentina robó la Copa y que hoy vuelve a jugar sucio. Por eso los memes del planisferio pintado con los colores del ocasional adversario de la Selección. En esa comunidad global de internet, hinchar en contra de los malvados argentinos es una obligación moral.

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Pero volvamos a la pregunta del título. ¿Realmente nos odian tanto? ¿Puede hacerse extensivo un fenómeno comunicacional como el descripto a la totalidad de una opinión pública? ¿Todos los chilenos nos odian? ¿Todos los mexicanos? ¿Todos los españoles? ¿En todos los países? Hay señales que indican lo contrario y no pasa exclusivamente por la locura albiceleste en Bangladesh. En el mundo de carne y hueso, ese en el que no penetra la virtualidad de un algoritmo, las camisetas de la Selección se multiplican. La mayoría tiene el 10 estampado en la espalda y un apellido que es sinónimo de Argentina. No debe ser tanto el odio cuando lo que aflora del otro lado es un amor tan puro e incondicional como el que genera Lionel Messi. Y no debe ser tanto el odio cuando la Selección ofrece el maravilloso espectáculo del fútbol jugado y ganado con el corazón. Hinchas de todo el mundo lo aprecian y lo resaltan. Y también la prensa que hace su trabajo despojada de prejuicios. Seguramente prefieren dedicar su tiempo al disfrute de los goles y de la pasión que los partidos de la Scaloneta proponen que a prestarse a la toxicidad de los mensajes de odio.

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Hay una tensión permanente en las conversaciones públicas. Las redes son protagonistas, claro que sí, y está demostrado que cuando allí se agrede, se desinforma o se descalifica sube la espuma de las interacciones. ¿Por qué? Hay mucho que decir sobre la condición humana; el tema es materia de estudio y las primeras conclusiones no son para nada positivas. Lo incuestionable, frente a ese escenario, es cancelar la violencia, fortalecer el pensamiento crítico, verificar la información antes de compartirla, denunciar los contenidos abusivos y promover el diálogo respetuoso. La educación digital es una herramienta esencial para impedir que el discurso de odio se normalice. El mundo no está marchando en ese sentido y es gravísimo, lo que no implica que haya que entregarse.

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Umberto Eco renegaba de las redes sociales. Decía que habían llegado para darle voz al tonto del pueblo, ese que históricamente estaba relegado a la mesa del fondo del bar y ahora, gratis, por el sólo hecho de apretar un botón, accedía a una audiencia. El problema es que los discursos de odio son mucho peores que la opinión necia del tonto del pueblo. Por eso, por más que estén en todos lados, lo más sano es no escucharlos. Y tener una certeza: en Chile, en México, en España y más allá hay de todo. Los que nos quieren y los que no. La vida misma.

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