El “ecosistema de vida” detrás de los que llegan a los 100 años
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Una médica de Tucumán investiga los hábitos de los "superagers", personas centenarias que desafían el envejecimiento manteniendo su memoria y autonomía.
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El estudio analiza cómo el ejercicio constante y un ecosistema de vida saludable previenen la pérdida de masa muscular y el deterioro cognitivo en la vejez.
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La investigación busca redefinir la vejez y promover políticas de salud pública enfocadas en un envejecimiento activo y autónomo para la población.
EN MOVIMIENTO. La actividad física es uno de los factores clave para conservar la masa muscular y la autonomía.
Hay una imagen que se repite cada vez con más frecuencia. Personas de 80, 90 e incluso más de 100 años que siguen viviendo solas, manejan, leen, cocinan, participan de reuniones familiares y conservan una memoria que sorprende incluso a los especialistas. No se trata de una excepción aislada. La ciencia lleva más de una década estudiando ese fenómeno que tiene un nombre: superagers.
¿Cómo hacen para llegar a edades avanzadas conservando la memoria, la movilidad y la independencia? Ese interrogante es el que guía el trabajo de la médica tucumana Graciela Varela, egresada de la UNT y especializada en medicina integrativa y funcional. Aunque mucho tiempo estuvo enfocada en el abordaje biomédico del autismo y otros trastornos del neurodesarrollo, hoy dedica gran parte de su trabajo a investigar la llamada neurolongevidad, un concepto que busca prevenir el deterioro cognitivo antes de que aparezcan los primeros síntomas.
Si bien está aumentando la expectativa de vida en la población, la médica observa que cada vez hay más enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o el Parkinson. “No alcanza con vivir más; necesitamos vivir mejor”, dice Varela, que estuvo recientemente en Galicia, una de las regiones europeas con mayor concentración de personas centenarias. Allí comenzó a colaborar con investigadores que analizan qué factores comparten quienes llegan a edades muy avanzadas en buenas condiciones físicas y mentales. En noviembre volverá para participar de nuevos estudios y entrevistar a adultos mayores que superaron el siglo de vida.
Mucho antes de la vejez
La mayoría de las personas comienza a preocuparse por el envejecimiento cuando aparecen los primeros problemas de salud. Para Varela, ese es uno de los grandes errores. “La longevidad se va construyendo. Lo que hacemos a los 30 o a los 40 años determina en gran medida cómo vamos a llegar a los 70, 80 o 90”, afirma.
La explicación es sencilla. Un infarto no comienza el día en que aparece el dolor de pecho. Tampoco un accidente cerebrovascular (ACV) o una demencia empiezan de un momento para otro. Durante años, el organismo va acumulando pequeños daños relacionados con la alimentación, el sedentarismo, el estrés, la mala calidad del sueño o el tabaquismo. Cuando aparecen los síntomas, muchas veces el proceso ya lleva mucho tiempo instalado.
Eso no significa que sea tarde para cambiar, resalta la experta. “He visto pacientes de 60 o 70 años revertir una diabetes tipo 2, recuperar masa muscular y mejorar enormemente su calidad de vida. Lo que ocurre es que cuanto antes se empiece, mayor será la reserva biológica con la que llegaremos a la vejez”, explica.
Su mirada cuestiona un modelo sanitario que suele intervenir cuando la enfermedad ya está instalada. “Muchas veces el primer paso es indicar un medicamento. Siempre que sea posible, primero hay que intentar modificar el estilo de vida: comer mejor, hacer actividad física, dormir bien, corregir deficiencias nutricionales. Después, si hace falta, incorporar los fármacos”, sostiene. “Los medicamentos son fundamentales cuando están indicados. El problema es creer que pueden reemplazar los hábitos”, apunta.
Tareas cotidianas
Si hay una imagen que quedó grabada en el viaje de la doctora a Galicia es la de una persona mayor trabajando en su propia huerta. No como una actividad recreativa, sino como una tarea cotidiana, integrada a la vida. Plantar, cosechar, caminar, cargar, cocinar, cuidar animales.
En el noroeste de la península ibérica -en zonas de Galicia, Castilla y León y el norte de Portugal- existe una concentración particularmente alta de personas centenarias. Es justamente por eso que Varela puso allí la mirada. La investigación que comenzó busca analizar la influencia de la dieta atlántica, los hábitos de vida, la microbiota y determinadas variantes genéticas.
EXPERTA. Graciela Varela, especialista en medicina integrativa y funcional
“No existe un único secreto”, resume. “No es un gen. No es un suplemento. No es un alimento milagroso. La genética explica apenas una parte. Lo que realmente hace la diferencia es el conjunto”, remarca. Y ahí aparece una idea central de Varela: el “ecosistema de vida”. Alimentación, movimiento, masa muscular, descanso, vínculos sociales, estabilidad emocional, propósito de vida, el contacto con la naturaleza y el acceso a la salud. Todos esos factores, actuando juntos y durante décadas, terminan moldeando la manera en que envejece una persona.
La dieta atlántica
Varela encontró en Galicia otro patrón que merece atención: la dieta atlántica. Tiene puntos en común con la mediterránea (que es muchas veces la más recomendada), pero también características propias. En las comunidades que estudió aparecen con frecuencia el pescado, el pulpo, las legumbres, las verduras y frutas de estación, los productos de las huertas familiares, el aceite de oliva, los lácteos fermentados y los panes tradicionales elaborados con masa madre. También tienen un lugar importante las comidas de olla.
Pero hay algo que para la médica resulta todavía más interesante: la procedencia de esos alimentos y la relación que las personas mantienen con ellos. Los centenarios que encontró todavía conservan huertas de autoconsumo. Comen productos de estación y de proximidad. No necesitan convertir la alimentación saludable en una tendencia ni comprar productos especiales para cumplir con ella. Es, simplemente, la comida que aprendieron a comer.
“Es una alimentación tradicional, que durante generaciones estuvo asociada a una forma de vida en la que cocinar, cultivar y compartir los alimentos formaban parte de la rutina cotidiana”, explica.
Y allí aparece una diferencia fundamental con buena parte de la alimentación actual. La médica cuestiona algunos hábitos que se incorporaron a la vida cotidiana durante las últimas décadas: el predominio de productos ultraprocesados, el exceso de alimentos refinados y la idea de que es necesario comer permanentemente. “Necesitamos horas de reposo digestivo”, sostiene.
Eso no significa, aclara, que todas las personas deban realizar ayunos prolongados. La alimentación debe personalizarse y no existe una fórmula que sirva para todos. El problema aparece cuando una práctica se transforma en una moda y se aplica sin criterio.
Sin gimnasio
Hay una escena que aparece cuando Varela describe a esos adultos mayores: el movimiento. Los centenarios que estudia no necesariamente iban al gimnasio. Pero durante toda su vida tuvieron que caminar, trabajar la tierra, subir y bajar, cargar cosas, cocinar, limpiar, cuidar animales y mantener una casa.
La diferencia parece pequeña, pero es enorme. Hoy muchas personas pasan buena parte del día sentadas y después intentan compensar el sedentarismo con una hora de actividad física. En aquellas comunidades, en cambio, el movimiento estaba incorporado a la vida. Y eso tiene una consecuencia particularmente importante al llegar a edades avanzadas: la conservación de la masa muscular.
Según la profesional, tener músculo no es una cuestión estética. Es una reserva para la vejez. La fuerza y la masa muscular son las que permiten levantarse de una silla, caminar, subir una escalera, sostener el equilibrio y conservar independencia, aclara.
De Galicia a los Valles
El viaje de Varela no termina en Galicia. La pregunta que ahora comienza a hacerse es si algunos de esos patrones pueden encontrarse también en Tucumán. La provincia tiene una historia marcada por la inmigración. Italianos, españoles, sirio-libaneses y otras comunidades llegaron y dejaron sus costumbres. Y Tucumán también conserva otra riqueza: las tradiciones alimentarias de sus comunidades criollas y originarias. Cuando mira hacia los Valles Calchaquíes, la médica encuentra elementos que le resultan especialmente interesantes.
En lugares como Amaicha, Colalao del Valle o Tafí del Valle, según dice, se preservaron durante generaciones algunas formas de vida asociadas al territorio: huertas familiares, animales, maíz, algarroba, zapallo, hierbas serranas y carnes magras. También persisten prácticas de trabajo físico y una fuerte vida comunitaria.
No significa que sean comunidades idénticas ni que exista una relación científica demostrada entre ambas. Varela es cuidadosa en ese punto: todavía falta investigar, dice. Pero las similitudes le parecen suficientemente interesantes.
La comparación entre Galicia y Tucumán lleva a otro concepto central: la epigenética. Varela plantea que tener determinados genes no determina por sí solo que una persona vaya a enfermar o a vivir más años. Los factores ambientales, alimentarios y emocionales pueden influir en la expresión de esos genes.
Por eso, incluso cuando una comunidad comparte determinadas características genéticas, el entorno puede modificar el resultado. Es una idea particularmente importante para entender la longevidad: no somos solamente aquello que heredamos. El lugar donde vivimos, lo que comemos, cuánto nos movemos, cómo dormimos, nuestras relaciones y el modo en que enfrentamos las dificultades forman parte de ese “ecosistema de vida” que Varela considera decisivo.
Y allí aparece un problema para quienes viven en las ciudades. La especialista se pregunta qué ocurre cuando las personas migran desde esas comunidades hacia los centros urbanos. Un inmigrante gallego puede conservar una receta familiar, preparar determinado plato o mantener algunas tradiciones. Pero probablemente pierda otras partes del ecosistema: deja de cultivar su huerta, camina menos, cambia sus horarios, incorpora alimentos ultraprocesados y comienza a vivir en un ambiente con más contaminación y estrés.
“La costumbre puede mantenerse, pero no siempre se mantiene todo el ecosistema”, plantea. Y aclara que en San Miguel de Tucumán, además, hay otro factor que la médica considera necesario estudiar: la contaminación ambiental.
La alimentación ultraprocesada, el sedentarismo, la polución, el ritmo urbano y el aislamiento social pueden terminar formando un ecosistema completamente diferente al que acompañó durante décadas a aquellos centenarios. “No obstante, estemos donde estemos, podemos procurar hacer todo lo necesario para preservar nuestra salud, nuestra biología. Aún cuando nos encontremos en ambientes que no nos favorezcan”, aclara.
Viviendo más, ¿y mejor?
El desafío es enorme: no se trata solamente de conseguir que las personas vivan más, sino de conseguir que esos años adicionales sean años de autonomía, lucidez y calidad de vida, según Varela. Sostiene el futuro puede ser extraordinario. Pero también puede profundizar desigualdades que ya existen. Para quienes tienen un alto poder adquisitivo, prolongar la vida puede significar acceder a suplementos, terapias, máquinas, sueros, inyecciones y tratamientos cada vez más sofisticados.
El avance de la inteligencia artificial, particularmente, podría acelerar cambios profundos en la forma de prevenir, diagnosticar y acompañar enfermedades. Sin embargo, advierte que la tecnología no garantiza por sí sola un futuro mejor. “Casi todo lo que sostiene la longevidad saludable cuesta poco, hasta es gratis”, señala. Y reitera: comer comida real, elegir alimentos de estación, moverse, dormir, mantener vínculos, tener un propósito.
La tecnología puede complementar ese camino, pero no reemplazarlo, destaca la médica, quien no rechaza el uso de suplementos. Tampoco los presenta como una solución universal. En su práctica utiliza distintas herramientas de la medicina funcional, integrativa y de precisión, pero sostiene que deben indicarse según las necesidades particulares de cada persona.
Tucumán
¿Cómo estamos envejeciendo los tucumanos?, le preguntamos. La respuesta, para la experta, todavía necesita investigación. En la provincia, según dice, no existen datos suficientes para establecer cómo envejece específicamente la población ni un relevamiento sistemático de centenarios de la provincia. Pero hay algo que sí puede observarse: el aumento de las enfermedades crónicas no transmisibles y de factores como el sobrepeso, la obesidad y los trastornos metabólicos.
Por eso, mirar hacia los centenarios de Galicia no significa copiar su dieta ni intentar reproducir exactamente su estilo de vida. Significa hacerse una pregunta mucho más cercana: ¿qué cosas de nuestra propia cultura -la comida de olla, las huertas, los productos de estación, el movimiento cotidiano, las reuniones familiares, la vida comunitaria- todavía podemos recuperar antes de que desaparezcan?
Porque quizá el futuro de la longevidad no implique solamente descubrir nuevas tecnologías para prolongar la vida. Quizá también consista en recordar algunas de las cosas que ya sabíamos hacer.























