Militares en Uber: otra herencia envenenada de los K
El último aumento salarial que otorgó el gobierno de Milei a los integrantes de las Fuerzas Armadas no alcanza para resolver una postergación que lleva décadas. El rol del kirchnerismo en la debacle actual. Las políticas de defensa a largo plazo son una deuda pendiente en Argentina.
CAZAS DE COMBATE. Una formación de seis aviones F-16 sobrevuelan el Obelisco porteño; la imagen fue tomada el año pasado, poco después de la llegada de los cazas al país. ARCHIVO
¿De qué sirven los aviones caza F-16 u otros sistemas modernos de armas si quienes deben operarlos están pensando en empezar a trabajar como choferes de Uber para llegar a fin de mes? Es posible que esta sea una de las dudas que aparezcan cuando alguien se detenga a observar los salarios de los miembros de la Fuerzas Armadas. Especialmente ahora, que el Gobierno nacional anunció un aumento del 12,22% dividido en dos partes hasta fin de año para todo el personal sin distinción de grados ni jerarquías (inclusive para los retirados). Hay consenso en el mundo castrense: es insuficiente. Pero este incremento nos brinda la oportunidad de reflexionar sobre varias cuestiones vinculadas con la vida militar y también acerca del daño que le hicieron algunos gobiernos a una de las instituciones estratégicas del país. Veamos por qué.
Frente a los repetidísimos reclamos salariales, esta semana se anunciaron aumentos para las Fuerzas Armadas (Ejército, Armada y Fuerza Aérea) y para las Fuerzas Federales de Seguridad (Policía Federal, Gendarmería, Prefectura, Servicio Penitenciario Federal y Policía de Seguridad Aeroportuaria, de las cuales nos vamos a ocupar en otro momento). El incremento se suma al 17,62% otorgado entre enero y agosto, lo cual llevará la suba a fin de año a un total de 32%, aproximadamente. No es un porcentaje despreciable dadas las circunstancias que atraviesa el país. Pero cuidado: no hay que dejarse engañar.
Comparar el salario castrense con la canasta básica o con los ingresos del resto de los empleados públicos es un error, porque se trata de datos coyunturales. La carrera de las armas posee características específicas que la hacen única. Y la remuneración de quienes se consagran a ella debería estar pensada como un modo de incentivar ese compromiso, de generar expectativas a largo plazo y de evitar la fuga de vocaciones, que es lo que ocurre ahora.
Del cuartel a la motito de las apps
La vida militar acarrea una dedicación exclusiva inexorable. Además de los traslados a diversos destinos -el desarraigo permanente no es un tema menor: entre otros dolores implica que si el uniformado está casado, a su pareja se le hace muy difícil conseguir un trabajo estable y sumar un salario más a la familia-, los horarios son difusos y muchas actividades están supeditadas a situaciones coyunturales. Es decir, el militar no puede decir “por la mañana trabajo en el regimiento y por la tarde hago consultoría”. Ahí encaja aquella imagen viral que mostraba a un soldado con la mochila de Pedidos Ya y la polémica que trajo aparejada. Por un lado, se trata de una actividad (digna, claro) que, al fin y al cabo, podría ser compatible con la vida de cuartel, porque es autogestionada y no depende de horarios fijos, pero al mismo tiempo es el signo cabal de la degradación de las condiciones laborales de la sociedad argentina en general y de la castrense en particular.
JAVIER MILEI. El presidente, que otorgó un aumento salarial a los militares esta semana, observa a un soldado vestido con un equipo de camuflaje. ARCHIVO
Por otro lado, existe una cuestión central: el militar se prepara toda la vida para circunstancias que quizás sucedan una sola vez o que no ocurran nunca, como una guerra. Y este no es un detalle menor. Pensemos en lo siguiente: al auto hay que asegurarlo antes de salir a la calle, porque si uno choca y sale a buscar un seguro será tarde. Con la defensa ocurre algo parecido, si los militares de carrera siguen pidiendo el retiro para irse a la actividad privada -como ocurre con una frecuencia pasmosa desde hace algunos años- y se produce un conflicto armado, no vamos a contar con gente capacitada para enfrentarlo. Porque atención: a raíz de los bajos sueldos se está acelerando una fuga grande de recursos altamente capacitados -con fondos públicos, es decir, de toda la sociedad- que recalan en empresas privadas que los valoran y los buscan especialmente por su formación integradora en áreas estratégicas, como la seguridad y la planificación. Hoy, quienes ocupan los cargos más altos en las tres fuerzas armadas cobran salarios que raspan los $4 millones, muy por debajo de lo que pueden ganar en el sector privado por roles de menor responsabilidad, inclusive. Ojo: estamos hablando de la remuneración de aquellos que llegaron a los puestos más importantes de la carrera; a la luz de este ejemplo no es difícil imaginar lo que reciben quienes integran los escalafones más bajos. Aquí cabe recordar lo de las expectativas que consignamos más arriba. Para que el militar quiera seguir siendo militar hay que generarle la esperanza de una carrera ascendente, y en ese sentido, la calidad del salario es clave.
Pero no todo es plata; la discusión es aún más amplia. Nosotros vivimos en una región de paz. Sin embargo, eso no es una garantía imperecedera. Tampoco podemos caer en la inocencia de pensar que no existen intereses sobre esta parte del planeta, porque si fuese así, las Malvinas ya habrían vuelto a manos argentinas hace rato. La realidad es que en este mundo globalizado, los conflictos muestran derivaciones inesperadas, tal como venimos observando en los últimos años. En ese contexto, las Fuerzas Armadas argentinas poseen un rol disuasivo. Es decir, si alguien está pensando en atacarnos, la simple presencia de nuestras tropas debería llevarlo a analizar dos veces la decisión que está por tomar (estamos hablando, claro, de enemigos con capacidades militares parecidas; contra una potencia, como EEUU o China, no tenemos nada que hacer). En otras palabras, si el Gobierno quiere poner a la Argentina como protagonista en el plano internacional, necesita de la economía, de la industria, de los recursos naturales, de Vaca Muerta, del litio y de un largo etcétera, pero también de la capacidad para defender esos recursos mediante la disuasión. Y para eso hace falta una política de defensa a largo plazo. Ahí entran los aviones F-16, las divisiones blindadas, los vehículos modernos de transporte de tropas, los drones, los misiles, los barcos y también los salarios de aquellos que deben operar todos esos sistemas, entre muchísimas otras cuestiones.
Sólo les importan los votos (y la caja)
Ahora bien: ¿cómo llegamos hasta acá? La debacle responde a varias causas, pero la ideología y la irresponsabilidad política aparecen como algunas de las principales. Durante casi 20 años, el kirchnerismo ha desfinanciado, perseguido y estigmatizado a las Fuerzas Armadas y a sus integrantes con una saña atroz. Envueltos en las banderas de los derechos humanos (a los que han desvirtuado) y mientras se enriquecían con el dinero de todos nosotros -tal como ha quedado demostrado en la Justicia- dejaron a la Argentina prácticamente desprotegida. Pero más allá de las maldades de Néstor, de Cristina y de Alberto Fernandez, desde la vuelta a la democracia se advierte un desinterés notabilísimo respecto de la defensa, que debería ser una política de Estado que ningún gobierno, sin importar el color político, ha concretado. Tal vez por impericia o tal vez por la incapacidad real de pensar una nación más allá del calendario electoral. Volver de ahí será muy complicado.


















