En otras épocas, la llegada a esta página en blanco tenía algunos libros abiertos esperando sobre el escritorio y hasta una que otra frase subrayada. En estos tiempos acelerados los vagos no abrimos casi los libros y nos conformamos hojeando uno que otro diario. Ayer, el diario La Vanguardia publicó una entrevista a de Ima Sanchís al filósofo Bernat Castany.
-¿La risa hermana a los humanos?, preguntó la periodista.
-Victor Borge decía que la risa es la distancia más corta entre dos personas. Cuando reímos juntos, bajamos las defensas y nos sentimos más iguales, respondió el ensayista.
-La risa también es política.
-Mucho. La democracia consiste en convivir con personas que piensan y sienten de manera diferente. El humor permite mantener esas tensiones sin convertirlas en hostilidad ni exigir una reconciliación absoluta.
¿Por qué no ríen?
Es inevitable mirar la comarca. En Tucumán, los políticos no ríen. ¿No pueden? ¿No quieren? ¿No saben? Tienen respuestas, pero no certezas. Osvaldo Jaldo rápidamente diría que no puede hacerlo cuando las políticas nacionales no permiten llegar a fin de mes y las deudas acucian a los argentinos. Lisandro Catalán ensayaría rápidamente que con los despilfarros que hizo el peronismo a lo largo de tantos años mientras otras provincias vecinas crecían. Respuestas armadas para instalar el discurso. Pero, ¿por qué no ríen?
Retrocedamos algunas líneas. Plantea Castany, este barcelonés de 48 años, que la risa de alguna manera diluye las hostilidades. Ahí está el problema. Los principales actores de la política tucumana y nacional disfrutan del ejercicio de su violencia, verbal al menos. El insulto, que es el hermano menor de la trompada, es el axioma preferido por los políticos que quieren ser votados el año que viene. En la búsqueda del agravio, otro pariente cercano a la violencia, se inscribe la ambición de fortalecer el ego y debilitar la empatía o la capacidad de construir algo por el bien común que tanto les gusta declamar a quienes aspiran a ejercer el poder.
En Tucumán hace pocos días, ahí, perdidos entre los útiles, los alumnos llevaron armas para apoyar sobre los pupitres. De eso no se habla en campaña salvo que sirva para dañar al otro candidato, pero no para interpretar que esa herida de la sociedad es una tarea pendiente de todos y una búsqueda de solución para todos. Lo mismo ocurre con los suicidios que crecen y proliferan como un virus letal. Los argumentos que inventamos que podrían brotarle tanto a Jaldo como a Catalán servirían para una primera explicación de estas cuestiones. Sin embargo, no alcanzan, ni solucionan. Sólo echan culpas.
Cuando una sociedad empieza a convivir con chicos que llevan armas a la escuela o con personas que no encuentran otra salida que quitarse la vida, la política debería sentirse interpelada. No porque pueda adjudicársele cada tragedia, sino porque gobernar también consiste en construir una sociedad donde vivir siga pareciendo una posibilidad. Y, así poder reír.
En el reportaje de marras, la periodista recuerda que Charles Chaplin decía que “un día sin reír es un día perdido”.
¿Por qué no ríe el candidato oficialista? “Reírnos de lo que tememos, supersticiones, obsesiones, paranoias- nos hace más libres. Resta importancia a aquello que acaba bloqueándonos y, por tanto, nos hace más capaces”, le advierte desde Barcelona el filósofo Castany. Jaldo, en realidad, está preocupado. No puede reír. Sabe que hay una larga alfombra roja que desemboca en el altar de la Corte Suprema de Justicia. Es el camino que le espera recorrer si quiere seguir sentado en el sillón de Lucas Córdoba.
Ser o ejercer. Jaldo fue elegido una sola vez gobernador. Sin embargo, va a terminar ejerciendo casi seis años como titular del Poder Ejecutivo provincial. El artículo 90 de la Constitución provincial establece: El gobernador y el vicegobernador duran cuatro años en sus funciones y podrán ser reelectos por un período consecutivo. El vicegobernador, aún cuando hubiese completado dos períodos consecutivos como tal, podrá presentarse y ser elegido gobernador y ser reelecto por un período consecutivo. Si el gobernador ha sido reelecto para un segundo período consecutivo, no puede ser elegido nuevamente, sino con el intervalo de un período. Lo mismo resulta de aplicación para el cargo de vicegobernador”.
“Al momento de las elecciones habrá ejercido el Poder Ejecutivo durante casi seis años consecutivos, aunque sólo cuatro correspondan a un mandato para el cual fue elegido gobernador.” Pero, como no hay dos sin tres, habrá una palabrita que entrará en el juego: “duran”. Sobre ella hay varios abogados trabajando. A priori, en el conocimiento de un lego, no habría razones jurídicas ni constitucionales; sin embargo, estas discusiones se instalarán en el barro político. Los jaldistas especulan con que un planteo en la justicia electoral que lideran Edmundo Jiménez, Washington Navarro Dávila y Daniel Leiva les será favorable. También auguran que en la Corte Suprema de Justicia de la provincia correrían la misma suerte. No pueden estar seguros de cuál será el resultado en la Corte de la Nación aún cuando sienten que la razonabilidad los acompaña. Aunque al fin y al cabo la resolución final sería política. Tal vez por eso no ríe Jaldo.
¿Adónde vivo?
Otras dos palabras son las que han paralizado el risorio de Santorini en La Libertad Avanza. Ese pequeño músculo facial que promueve las sonrisas confunden el domicilio con la residencia. El domicilio es el lugar designado por una persona para ejercer sus derechos. La residencia es el lugar donde vive alguien. Vamos de nuevo las reglas de juego. Cualquiera sea el reglamento que se aplique exige que los candidatos tengan por los menos dos años residiendo en el lugar. A esa cuestión el diputado nacional Federico Pelli no tiene cómo explicarla. Cuando este dirigente empezó a actuar en las lides políticas tuvo especial cuidado en marcar las diferencias que él tenía con las mañas propias de la vida política tucumana. En un puñado de meses terminó envuelto en la misma red. Sea por la falta de candidatos en Yerba Buena, sea por la necesidad de aprovechar la popularidad de Pelli, La Libertad Avanza retrocedió. En la denuncia presentada por el concejal Mauricio Argiró incluye también a Lisandro Catalán. Pero los planteos no son electorales aunque tengan ese fin, sino penales.
Los de atrás
No hace falta ser mago para adivinar que detrás del edil yerbabuenense está el diputado Mariano Campero. Tampoco sería descabellado elucubrar aunque no se lo vea, que quien aventa los expedientes contra Jaldo es Juan Manzur. El senador vivió algo parecido cuando intentó ser candidato a vice de Jaldo. Tenía en su manga a Miguel Acevedo, “Miguelito” para jaldistas y para manicuristas. Si ocurriera algo parecido, Jaldo no tiene su “Miguelito” y si lo tuviera no parece tener el consenso general. Los líderes de estos tiempos ya no tienen herederos, por el contrario, suelen ser enemigos disfrazados de compañeros.
Manzur suele reír. Bernat Castany reflexiona: “lo importante no es cuánto reímos, sino cómo reímos. En las redes domina una risa jerárquica, agresiva, defensiva, la que humilla”. Algo de eso hay en la risa manzuriana.
Juan Manzur fue el político que José Alperovich inventó, parafraseando al poeta tucumano Osvaldo Fasolo que escribió “El hombre que yo inventé”. Aquel poema termina diciendo: …y tuve miedo de que dijeran loco/ y no me creyeran./ Por eso, miré la corbata otra vez, hice un nudo distinto/ y apreté,/ apreté”. Cuando fue gobernador Manzur apretó, apretó y desarmó a Alperovich apoyándose en “enemigos”, como el dirigente bancario, hoy diputado Carlos Cisneros. Hoy la sombra de Alperovich se asoma sobre Manzur, que amenaza con competir por fuera del peronismo, como alguna vez lo hizo aquel gobernador que lo inventó.
El otro fantasma, aunque más concreto y poderoso es Javier Milei. El presidente que tampoco sonríe envuelto en su incompetente violencia verbal, une a todos los candidatos a gobernador. Ni Jaldo, ni Catalán ni Campero pueden escapar a la consideración presidencial a la hora de desarrollar su estrategia electoral.
Los dirigentes políticos de estos tiempos se ríen del adversario, lo ridiculizan, lo humillan, lo convierten en enemigo. Castany dice que la risa puede acortar la distancia entre dos personas. Aquí parece ocurrir lo contrario y queda reducida a los afiches de campaña.


















