La pregunta quedó adherida como la espina de un cadillo de identidad en medio del campo. Maira Cruz se la formuló al director de Cultura de Tafí del Valle, Daniel Sánchez, y la frase abrió un camino que hoy avanza con entrevistas, relevamientos, tintes naturales y telares plantados en la tierra. “Daniel, ¿cuándo vamos a tener un poncho que nos identifique?”, planteó la artesana tejedora. “Y… si te animás, hacelo”, respondió él. Ese intercambio marcó el inicio del poncho tafinisto, una prenda que busca representar a los habitantes de la villa y que ya tiene meses de trabajo colectivo detrás.

Maira integra Warmipura, un grupo de tejedoras cuyo nombre en quichua significa “entre mujeres”. A su alrededor se conformó una red de cerca de una veintena de colaboradores, entre artesanas, diseñadoras e integrantes de áreas municipales, que acompañan la investigación y que también participarán de la confección final.

Inicio de una búsqueda

La decisión no partió de un diseño previo, sino de una ausencia. Maira explica que el proyecto comenzó con una pregunta básica, casi documental. “Estoy a cargo de la coordinación de la creación del poncho tafinisto del municipio. Estamos en la etapa de investigación. Relevamientos de los diseños, los materiales y las técnicas de los ponchos que históricamente se usaron en el valle”, contó.

La primera dificultad apareció rápido. No había registros de un poncho típico local. “En Tafí del Valle no existe información sistematizada. No hay registros fotográficos ni referencias en enciclopedias sobre un poncho típico local. Entonces comenzamos desde cero, convocando a los vecinos para que se acerquen con los ponchos que conservan en sus familias y nos cuenten quiénes los tejieron y en qué contexto se usaban”, señaló.

La convocatoria se transformó en archivo vivo: familias que guardan piezas heredadas, recuerdos transmitidos de boca en boca y datos que solo sobreviven en la memoria doméstica.

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35 ponchos

El relevamiento ya permitió reunir alrededor de 35 ponchos. Son piezas antiguas, diversas y cargadas de relatos. “Hasta ahora reunimos alrededor de 35 ponchos. Son piezas que tienen entre 70 y 140 años de antigüedad y que pertenecen a familias del valle. Muchos fueron tejidos por tatarabuelas o bisabuelas y se transmitieron durante cuatro generaciones. Son ponchos que no se hacían para vender, sino para el uso familiar, sobre todo para el trabajo en el campo”, explicó Maira.

El número no sólo reúne prendas: expone una trama comunitaria donde cada poncho tiene origen, uso y sentido. También habilita preguntas técnicas, como los materiales, los pesos, los tamaños y los modos de armado.

Mil rayas

Dentro de ese conjunto, uno de los modelos aparece como marca de identidad histórica. “El llamado poncho inca o poncho de mil rayas. Es un poncho muy tupido, tejido en telar de patio con técnica de pala, pensado para resistir el granizo en el cerro más que la lluvia. Ese sería uno de los ponchos más autóctonos del valle”, dijo Maira.

El mapa no se detiene en una sola pieza. Maira ubicó una evolución que combina historia cultural y cambios materiales. “Luego aparecen ponchos contemporáneos, vinculados a la llegada de la cultura santamariana y la continuidad de los diaguitas. Ahí cambian las guardas, los colores y también el material. Con la colonización y la llegada de los jesuitas se empieza a usar lana de oveja, que reemplaza a otras fibras”, detalló.

Los materiales también hablan del tiempo y del territorio. “Los ponchos más livianos que vimos están hechos con fibra de vicuña o de guanaco, aunque no son impermeables. De todos modos, hoy es inviable pensar un poncho institucional de vicuña, porque su valor sería altísimo”, advirtió.

Peso, medidas

En la reconstrucción del oficio, las tejedoras mayores, conocidas como “maestras teleras”, aportaron datos concretos que hoy funcionan como referencia para el proyecto. “Según coinciden varias tejedoras del valle, como doña Justiniana Arjona, Bettina Rodríguez y Clotilde Romano, se necesitan alrededor de tres kilos de lana para un poncho completo”, afirmó Maira.

También existe una medida aproximada para el paño. “El paño del poncho, sin contar los flecos, mide alrededor de 3,20 metros de largo. El ancho varía según el telar, pero se mantiene dentro de medidas estándar para adultos”, precisó.

Con esas referencias, el grupo define un poncho que dialogue con la tradición sin copiar una sola pieza. “Tomamos como base los ponchos contemporáneos, porque son los que más predominan y los que mejor representan al tucumano vinculado a los cerros de Tafí. Las guardas serán diaguitas y los colores deberán representar la flora y la fauna local. Los tintes serán naturales, obtenidos de plantas del valle”, indicó.

El proyecto también exige decisiones prácticas. La fibra, la disponibilidad y el sentido identitario se cruzan en la elección del material. “La base podría ser lana de llama en su color natural, combinada con lana de oveja teñida con tintes naturales. La llama es un material accesible y tradicional”, sostuvo la tejedora.

El color no se define solo por gusto. Parte de lo que puede ofrecer la tierra. “Predominan los amarillos, que van desde tonos más brillantes hasta los mostaza. Se obtienen de plantas como la micuna y el ruibarbo, que crecen de forma natural en la zona”, describió.

El teñido natural ocupa un lugar central en la construcción del poncho tafinisto. Lo detallan como un procedimiento que combina estación del año, cálculo de cantidades y fijación del color. “Primero se recolecta la planta en su estación adecuada. Por ejemplo, la micuna se poda en invierno. En el caso del ruibarbo se utiliza la raíz. Se calcula la cantidad de lana que se va a teñir y se pesa tanto la lana como el material vegetal. Para teñir un kilo de lana se necesitan alrededor de un kilo y medio de planta”, explicaron.

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El siguiente paso exige fuego, paciencia y pruebas de tonalidad. “La planta se muele, se coloca en agua y se hierve. Luego se introduce la lana y se va probando la tonalidad. El hervor dura unos 40 minutos. Después se agrega el mordiente, que en nuestro caso suele ser vinagre, porque es más natural. También se pueden usar alumbre, sulfato de hierro, limón o sal”, relataron.

El mordiente cumple un papel clave. Dicen que sirve para fijar el color a la fibra y hace que el color perdure muchos años sin perder intensidad.

Un trabajo en cadena

El poncho tafinisto no se proyecta como una obra individual. El plan se organiza por etapas y por manos. La idea de las mujeres es que sea un trabajo en cadena. Algunas tejedoras se encargarán del preparado de la lana y el teñido, otras del urdido y el tejido en telar de patio lo realizarán dos personas. Otras se ocuparán de las terminaciones, como el fleco torcido, que es una técnica que pocas personas dominan.

Esa mirada colectiva también aparece en la investigación. Jaqueline Rodríguez, diseñadora de interiores e investigadora textil, acompaña en el relevamiento histórico y en la lectura social de las piezas. Cuenta que el trabajo se ordenó con criterios amplios: técnica, color y uso. “Primero analizamos técnicas de tejido, tendencias, colores y diseños. Después salimos a conocer a muchas tejedoras y a escuchar sus historias. Fue un trabajo de entrevistas y observación directa de las piezas que las familias conservan”, señaló.

“Encontramos 35 diseños diferentes: no hay dos iguales. A veces se repiten guardas parecidas o materiales, pero cambian la combinación de colores, el diseño y las terminaciones”, dijo la diseñadora. Y agregó: “vimos que los colores no se elegían al azar. Encontramos ponchos de niños muy vibrantes y llamativos, como naranjas, rojos y verdes, incluso combinaciones con rosa. También identificamos ponchos de gala, que eran para fiestas y salidas, con combinaciones fuertes, como azul con rojo o azul con amarillo. Eran ponchos llamativos, no los usaba cualquiera: muchas veces estaban asociados a gente joven o a personas con vida social activa”.

La terminación

En el final del proceso aparece un detalle que completa la pieza y exige técnica precisa: el fleco. Silvina Herrera, artesana tejedora, explicó cómo se realiza ese acabado. “Los flecos son el acabado que lleva el borde del poncho. Se hacen con una técnica especial que permite que el tejido quede firme y bien terminado”, afirmó.

El trabajo requiere herramienta y medida. “Se utiliza un peinecillo. Con esa herramienta se toma la medida que se le quiere dar al fleco. Después se trabaja directamente con la mano, introduciendo el hilo entre la urdimbre y la trama del tejido”, detalló.

Silvina explicó que no alcanza con cortar y soltar la lana. “El hilo tiene que estar torcido para que, al soltarlo, no se desarme y se mantenga la forma”, señaló la tejedora.

Un saber antiguo

Maira ubica el proyecto en un punto más amplio que una prenda institucional. Para ella, el poncho tafinisto también busca proteger un oficio que se pierde. “Busca reconocer a las tejedoras que todavía están vivas, visibilizar un saber que se está perdiendo y dejar una base para que este trabajo tenga continuidad. El telar de patio y las técnicas ancestrales forman parte de la identidad del valle y no pueden desaparecer”, afirmó.

El impulso inicial nació de una conversación breve. La construcción, en cambio, exige meses de visitas, fichas, lana, plantas, fuego, urdido y telar. El poncho tafinisto avanza como una pieza colectiva que toma forma a partir de la historia que todavía guardan las casas del valle.