En la Argentina actual, la tarjeta de crédito dejó de ser un instrumento asociado al progreso, la planificación o el consumo aspiracional para convertirse, en demasiados hogares, en un recurso de supervivencia. Aquello que alguna vez permitió financiar un electrodoméstico, aprovechar cuotas sin interés o anticipar una mejora en la calidad de vida, hoy funciona como un salvavidas precario para llegar a fin de mes cuando el ingreso familiar ya no alcanza para cubrir lo básico.
Los datos son elocuentes. El Estudio sistemático de medios de pago de D’Alessio Irol revela que el 35% de los deudores tiene dificultades para pagar el saldo de su tarjeta de crédito. Más grave aún: dentro de ese universo, dos de cada 10 destinan el 75% de sus ingresos mensuales a cubrir la deuda del plástico. Esto deja al descubierto el nivel de asfixia financiera que atraviesan miles de familias, con salarios que se evaporan antes de cubrir gastos esenciales (transporte, servicios o alimentación).
El fenómeno no surge de un consumo desmedido ni de una supuesta “irresponsabilidad” individual. Los ingresos reales no logran seguirle el ritmo al costo de vida. El resultado es un círculo vicioso, porque se paga un mes con lo que se cobra al siguiente, se acumulan intereses, se posterga cualquier posibilidad de ahorro y se pierde margen de maniobra ante imprevistos.
La consecuencia más profunda es la desaparición del ahorro como herramienta de resguardo y movilidad social. El Observatorio de la Deuda Social de la UCA advierte que la capacidad de ahorro, medida de forma perceptual, se mantiene estructuralmente baja desde hace más de una década. Entre 2010 y 2025, apenas entre el 8% y el 16% de la población declara poder ahorrar, con una tendencia descendente persistente. Sin ahorro no hay inversión, no hay proyectos a mediano plazo ni colchón frente a las crisis.
La morosidad en el financiamiento con tarjeta, que ya alcanza el 8%, confirma que la tensión económica golpea de lleno a la clase media. Cuando este sector empieza a incumplir pagos el mensaje es inequívoco: los ingresos dejaron de ser suficientes incluso para los consumos indispensables. No se trata de un problema marginal, sino de una señal de deterioro profundo del entramado económico.
El impacto es especialmente fuerte en la franja de entre 35 y 45 años, personas que están formando una familia y enfrentan gastos crecientes con ingresos estancados. Para ellos, el “tarjetazo” es la única manera de sostener el mes. Las consecuencias de este proceso no se limitan al presente. A mediano y largo plazo, una sociedad atrapada en el endeudamiento cotidiano reduce su capacidad de consumo futuro, debilita su tejido social y limita sus posibilidades de desarrollo. Normalizar que la tarjeta de crédito reemplace al salario es aceptar una economía frágil, sin horizonte. Y ese es un costo que la Argentina difícilmente pueda seguir pagando.