La respuesta a una pregunta básica del examen de manejo parece haberse desvanecido en el asfalto tucumano. En teoría, todo conductor conoce la norma: quien circula dentro de una rotonda tiene prioridad sobre quien intenta ingresar. En la práctica, sin embargo, esa regla clara se diluye en un caos donde prima la ley del más decidido, transformando estas intersecciones en zonas de riesgo más que de fluidez. Este no es un problema menor de tránsito; es el reflejo de una falla profunda en nuestra cultura vial, que nos aleja de la convivencia civilizada y nos acerca al peligro constante.

La comparación, aunque incómoda, es inevitable. Cruzar a provincias vecinas como Salta o Santiago del Estero ofrece una lección objetiva: allí, las rotondas funcionan. Los vehículos ingresan y egresan con orden, los conductores ceden el paso sin necesidad de gestos agresivos y la circulación se desarrolla con una previsibilidad que aquí parece una utopía. Esta diferencia no habla de un diseño vial superior, sino de un respeto colectivo a la norma. Mientras en otras jurisdicciones la regla se internaliza como un pacto social, en Tucumán se percibe como una sugerencia optativa, sujeta a la audacia individual.

La ingeniería vial diseñó las rotondas con un propósito preciso: organizar cruces complejos, reducir la velocidad forzada y aumentar la seguridad mediante una prioridad clara y circular. Su funcionamiento es lógico y universal. Sin embargo, en el “Jardín de la República” esta lógica choca contra una cultura del “sálvese quien pueda”. El resultado es predecible: el conductor dentro de la glorieta frena, invadido por la duda; el de afuera acelera, apostando a una ventaja momentánea; y el peatón asiste a un ballet de chapas y bocinazos donde la incertidumbre es la única constante.

Este desorden no es casual. La Ley Nacional de Tránsito es explícita en su artículo 43: la prioridad la tiene quien ya circula por la rotonda, y la circulación debe ser ininterrumpida, dejando la zona central libre. Las señales luminosas, la reducción de velocidad y los gestos manuales no son formalismos, sino protocolos de seguridad.

Pero el problema trasciende lo legal y se instala en lo cultural. Lo que falla en la provincia no es el conocimiento de la norma, sino la voluntad de cumplirla cuando esta se cruza con la conveniencia personal o la impaciencia. El tránsito se convierte así en un espejo de nuestras prioridades sociales: el “yo primero” sobre el bien común, la urgencia sobre la cortesía, la confrontación sobre la cooperación.

Resulta paradójico avanzar en tecnología vehicular e infraestructura mientras el componente humano queda rezagado. Los radares y las multas son herramientas necesarias, pero paliativas. La solución de fondo es educativa y cultural. Requiere una campaña sostenida que trascienda el manual para el examen y se instale en la conciencia cotidiana, reforzada desde la escuela, los medios y, sobre todo, el ejemplo. Necesitamos desnormalizar el caos y reconocer que la eficiencia del tránsito no se mide en segundos ganados en un cruce, sino en la seguridad y el respeto con que todos llegamos a destino.

La eficiencia del tránsito no se mide en segundos ganados en un cruce, sino en la seguridad y el respeto con que llegamos a destino