Hay eventos que trascienden lo deportivo para arraigarse en el paisaje social de una provincia o de una región. El Seven de Tafí del Valle es uno de ellos. Más que un torneo, es una ceremonia anual que convoca a familias, amigos y aficionados en torno a un ritual compartido. El rugby como lenguaje común bajo el cielo cambiante de la montaña. Esta cita, que cumple 26 ediciones, supo conservar su esencia mientras sus organizadores enfrentan un desafío contemporáneo: cómo crecer sin traicionar el espíritu que le dio vida.

En el campo de juego, la fórmula permanece fiel a sus orígenes. Equipos representativos del noroeste argentino y de provincias vecinas disputan la copa en partidos rápidos y de alta intensidad. La competencia es seria, pero no es lo único. Exhibiciones como el encuentro de veteranos o el Clásico de los Valles actúan como hilos que tejen continuidad entre generaciones, recordando que el rugby es, también, un legado de comunidad.

A esto hay que sumarle la implementación de la tecnología. La nueva aplicación para seguir el torneo no se trata solamente de un simple gesto tecnológico. Es un acto de consideración. Busca respetar el tiempo del público ordenando la información que antes dependía de avisos verbales y pizarrones. Esa herramienta, en esencia, declara que la experiencia del asistente es fundamental.

Pero quizás la enseñanza más valiosa de este evento sea su modelo de acceso. En un contexto donde el deporte espectáculo suele monetizar cada aspecto de la experiencia, el Seven se mantiene fiel a la entrada libre y gratuita, complementada por una contribución voluntaria con fines solidarios. Esta decisión no es ingenua; es una postura. Afirma que es posible sostener un evento de calidad sin erigir barreras económicas, privilegiando la inclusión y el encuentro social por sobre la rentabilidad inmediata.

La organización de una jornada así no es tarea menor. Exige una planificación meticulosa que va desde la habilitación de estacionamientos hasta la coordinación con servicios y vecinos. Son gestiones invisibles que, sin embargo, determinan la fina línea entre el caos y la fruición colectiva. El hecho de que el torneo se consolide año a año habla de un aprendizaje organizativo silencioso pero constante.

Este torneo no busca imitar el formato de los grandes espectáculos globales; prefiere enraizarse aún más en su identidad, demostrando que la tradición, cuando es consciente y generosa, no tiene por qué ser estática. Su éxito reside en comprender que el valor último de un evento comunitario no se mide solo en trofeos, sino en su capacidad para honrar el tiempo y la confianza de quienes lo habitan, temporada tras temporada.