Mientras en la cancha el Seven de Tafí del Valle acelera tackles, tries y aplausos, fuera del rectángulo de juego hay otro movimiento constante, más silencioso, que también hace al pulso del evento. Entre mochilas, cajas y pasos largos aparece Catrel Ariano Tello, 29 años, vendedor ambulante. Vende cubanitos. Y vende, sobre todo, presencia.

Catrel vive en San Miguel de Tucumán y llegó a Tafí siguiendo la lógica que rige su trabajo desde hace años: “Usualmente yo voy a los festivales, ya sea acá en Tafí o allá en Santa María o hasta Trancas. Eso depende de la fecha”, explica. El calendario no lo marca un fixture, sino el boca en boca y los avisos que van circulando.

Empezó a trabajar muy chico, a los ocho años, acompañando a su madre, también vendedora ambulante. “Antes yo iba a los festivales a acompañar a mi vieja, que también es vendedora, y desde esa vez que empecé con la nieve me fascinó”, recuerda. Con el tiempo, cambió el producto, pero no el oficio: “Usualmente antes vendía más nieve, pero ahora vendo más esto”, dice, señalando los cubanitos.

Llegar hasta Tafí no es sencillo. No hay traslados organizados ni comodidades aseguradas. “Yo vengo en colectivo, después en taxi. Vivo en San Miguel y tengo una pariente acá que me avisa si hay fiesta”, cuenta. Cada viaje implica costos, tiempo y una apuesta: que el evento funcione, que haya público, que la jornada valga la pena.

El trabajo tampoco termina en la venta. Está la logística, el traslado de la mercadería, el armado del día. “Yo traigo una caja y una mochila para poder traer las cosas”, resume. Si el evento dura más de una jornada, busca dónde quedarse. “Si son varios días, me quedo en un camping o en la casa de algún familiar, si lo tengo cerca”, explica. Esta vez está por el día, aunque no descarta quedarse si hay actividad al día siguiente: “Si hay fiesta mañana, me quedo en la casa de una prima”.

Mientras el público disfruta del rugby, del paisaje y del clima festivo, Catrel camina entre la gente ofreciendo lo suyo. No aparece en los programas oficiales ni en las fotos principales, pero forma parte del paisaje tanto como la cancha y las tribunas. Tiene 29 años, pero más de dos décadas de oficio encima. “Trabajo desde los ocho años”, repite, casi como una forma de ubicarse en el mundo.