Mientras para muchos el verano es sinónimo de reposera, mar y descanso, para otros se transforma en una oportunidad de trabajo intenso y de sacrificio lejos de casa. Cada año, cientos de tucumanos hacen las valijas rumbo a la costa atlántica para aprovechar la temporada alta y juntar unos pesos que les permitan encarar proyectos personales, estudios o simplemente aliviar el año económico que vendrá.

Facundo Mendoza es uno de ellos. Tucumano, trabajador gastronómico y artista, hoy vive el verano desde el otro lado del mostrador, en Villa Gesell. “Yo vine a trabajar a principios de diciembre, como muchísima gente. Más de la que imaginaba cuando vine la primera vez”, cuenta en diálogo con LA GACETA desde la ciudad balnearia.

El movimiento es masivo y sostenido. Según relata Facundo, durante diciembre llegaron a salir entre seis y 10 colectivos semanales desde Tucumán hacia la costa, cargados de jóvenes que viajan con un objetivo claro: conseguir trabajo. “Me hablaban de unos 360 colectivos en total entre diciembre y enero. Es una locura”, dimensiona.

A diferencia de otros programas organizados, la modalidad es directa y sin intermediarios. “Venís, imprimís currículums y salís a repartir donde puedas. No hay nada asegurado”. Gastronomía y comercio concentran la mayor demanda, aunque hay tucumanos insertos en distintos rubros. Facundo trabaja como mozo en una cafetería céntrica de Villa Gesell, pero asegura que hay comprovincianos “en heladerías, bares, locales comerciales y restaurantes”.

Las jornadas son largas y exigentes. “La costa necesita gente del norte que haga turnos de 10 o 12 horas. Es un montón”, admite. No todo es postal de Instagram. Es que detrás de alguna foto en la playa hay cansancio, rutina y, muchas veces, nostalgia. “Pasás las fiestas lejos de la familia, extrañás. Y también está la incertidumbre: hay gente que llega y tarda semanas en conseguir trabajo. Eso te juega en la cabeza”, confiesa.

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En su caso, el esfuerzo tiene un objetivo claro. “Trabajo para juntar plata para un proyecto personal”. Otros buscan cambiar el auto, comprar una moto, pagar estudios o sostener un emprendimiento durante el año. “Hay gente que tiene dos trabajos, vuelve a la casa solo a dormir y se hace la temporada así. Hay de todo”, describe.

El fenómeno no es nuevo. Tucumanos  llevan décadas viajando a la costa en verano. Algunos vuelven año tras año; otros terminan quedándose a vivir. “Conocí mucha gente que se instaló acá, que rehízo su vida. Esto pasa desde hace muchísimo”, señala Facundo. Aunque aclara: “Hoy no es tan redituable como antes, pero la diferencia sigue estando”.

Las propinas, por ejemplo, marcan un contraste fuerte con el norte. “Son muchísimo mejores que en Tucumán”, afirma sin dudar. Y sonríe al describir una escena habitual: “Cuando escuchás el acento tucumano o cordobés, ya sabés que no te van a dejar propina”.

Facundo viajó con amigos, todos vinculados a la gastronomía, una decisión que considera clave. “Venir solo o con gente que no conocés puede ser complicado. ¿Qué pasa si uno no consigue trabajo? Todo eso hay que hablarlo antes”, reflexiona.

La temporada sigue su curso, entre días nublados, largas jornadas laborales y un mar que se disfruta de a ratos. “Yo ya extraño Tucumán”, admite. Pero sabe que la experiencia vale la pena. Porque detrás de cada tucumano que sirve un café o atiende una mesa en la costa, hay una historia de esfuerzo, de proyectos y de trabajo que desmiente, una vez más, el prejuicio fácil sobre los jóvenes.