NOVELA: AUGE Y CAÍDA DEL CONEJO BAMANDRÉS BARBA / (Anagrama-Buenos Aires)

Andrés Barba, nacido en Madrid, en 1975, y establecido en Posadas, Argentina, donde vive con su mujer, la escritora misionera Carmen Cáceres, con quien ya ha gestado dos hijos, debe de ser considerado uno de los más grandes narradores del siglo en curso. Sabrán perdonar lo imperativo del “debe”, pero en todo caso el autor de estas líneas ejerce el derecho de su pequeña parcela de saber y cadena argumentativa.

Es que la obra de Barba supone un vendaval de producción y un banquete de confituras que no están a la mano de cualquier hijo de vecino. Ni siquiera, cabe ser subrayado, a mano de muy buenos escritores.

Barba, si se permita la jerga futbolera es “un distinto”. ¿Y qué es un distinto en la nomenclatura del juego de la pelota número cinco? Pues un distinto es aquel capaz de destacar en la multitud y en los púlpitos medianos o pequeños, de la mano de herramientas, recursos, imaginerías que escasean en plaza.

Carisma y memoria

O, ya que estamos con su obra más inmediata, un distinto es quien lo más campante va y saca conejos de la galera, como el Andrés Barba que acaba de alumbrar una obra llamada a ser historia y que ha causado un no sé qué de asombro y admiración en más de cuatro entendedores de prestigio.

Resulta que al prolífico madrileño-posadeño un buen día se le metió en la piel un devenir animal en general y un devenir conejo en particular. Y nos desayunamos con las bondades carismáticas del líder Bam y las bondades memoriosas de su principal idólatra, Copito, la voz que nos cuenta de pe a pa las vicisitudes, los tiempos felices y los no tanto, los hábitos del ser conejo y los sentires de esa comunidad a la que las criaturas humanas asociamos con la franca simpatía.

Auge y caída del conejo Bam, los sucederes de la Gran Madriguera y aledaños, amén de ser un libro extraordinario por lo infrecuente y extraordinario por lo fascinante, conlleva un fuerte componente ideológico y político, cuyas elucidaciones son aquí omitidas so pena de insultar la inteligencia de sus eventuales lectores.

Mejor será quedarnos con un puñado de sentencias del imponente Bam: “quien ve mucho, ve mucha belleza”. “Entender es como hacerse una herida”. Y acaso la que más sobresalta: “quién puede asegurarnos que la alegría no es miedo, que el hambre no es miedo, que el placer no es miedo, que el sueño no es miedo, que la furia no es miedo, y también, valga la obviedad, que la indignación es solo eso, miedo, un miedo que se apodera de nosotros”.

© LA GACETA