Mientras Seattle Seahawks disfruta del impacto deportivo de haber ganado el Super Bowl LX, en las oficinas el tema que avanza es otro. La franquicia campeona transita meses decisivos porque el legado de Paul Allen empuja hacia una venta que, cuando se concrete, moverá miles de millones de dólares y modificará el mapa de poder dentro de la liga.
Desde la muerte del cofundador de Microsoft en 2018, el equipo quedó dentro de un fideicomiso administrado por su hermana, Jody Allen. Ese instrumento establece que, llegado el momento, los bienes deben liquidarse y el dinero destinarse a causas benéficas, tal como lo dejó indicado el empresario. En la previa de la final empezaron a multiplicarse los reportes sobre el inminente paso al mercado. Aunque voceros de la familia evitaron fijar fechas, admitieron que el cambio de manos ocurrirá.
La cifra proyectada es gigantesca. Medios estadounidenses hablan de un valor que podría ubicarse entre U$S 7 y 8 mil millones. El reciente campeonato, lógicamente, fortalece la posición de la franquicia en cualquier negociación futura.
A ese escenario económico se suma la presión reglamentaria. La NFL pretende que la mayoría accionaria esté en poder de una persona física y no de una estructura legal como el fideicomiso. Esa exigencia acelera los tiempos para encontrar un comprador que cumpla con las normas internas de la competencia.
En paralelo, la identidad cultural de Seattle mantiene un puente inesperado con el fútbol argentino y particularmente con Boca Juniors. El famoso número 12 que los Seahawks retiraron en 1984 pertenece simbólicamente a sus hinchas, conocidos como el “12º hombre”. Cada partido como local comienza con una ceremonia en la que una personalidad invitada iza la bandera con ese dorsal y activa el fervor del estadio.
La idea remite de inmediato a “La 12” xeneize. El apodo nació en la gira europea de 1925, cuando el plantel reconoció a un acompañante como el jugador número 12 por el impulso que brindaba desde afuera de la cancha. Con el tiempo, ese concepto se transformó en una marca identitaria que viajó de tribuna en tribuna.
Seattle tomó ese camino y lo llevó a su propio lenguaje. La camiseta, las banderas y el ruido ensordecedor del público se volvieron rasgos distintivos, al punto de que la liga debió modificar reglas en el pasado para controlar el impacto del ambiente sobre los rivales.