Desde Tafí del Valle, donde los cerros se inclinan como antiguos monjes y el viento escribe salmos invisibles sobre los pastizales, uno comprende que la belleza no es un accidente: es un lenguaje. Aquí, donde la luz amanece despacio y la tarde cae como una bendición tibia sobre las pircas, aprendí que la naturaleza también ora. Los cardones levantan sus brazos espinosos al cielo, los arroyos murmuran letanías de piedra, y las nubes -esas ovejas errantes - parecen buscar pastor entre las cumbres. En este escenario sagrado del Norte argentino, pienso hoy en Carlo Acutis. Carlo fue un muchacho del siglo digital, pero con alma medieval. Supo convivir con internet sin perder el silencio interior; abrazó la tecnología sin soltar el rosario; caminó entre pantallas, pero miraba siempre hacia el altar. Mientras muchos buscan likes, él buscó milagros. Mientras el mundo le ofrecía distracciones, él eligió la hostia. Carlo entendió -como lo entendieron los grandes- que la verdadera modernidad es la santidad. Aceptó ser despojado de su juventud con una serenidad que sólo poseen los elegidos. Su cuerpo descansa en la tierra de Asís, junto al eco eterno de Francisco de Asís, pero su espíritu viaja sin fronteras, como una oración en movimiento. Fue joven. Amó el deporte, la naturaleza, la informática. Pero fue conquistado por algo infinitamente mayor: el milagro humilde y cotidiano de Jesús presente en la Eucaristía. Carlo nos enseñó que la hostia no es símbolo, sino presencia viva. Que el sagrario no es un mueble, sino un corazón latiendo. Que Cristo no es recuerdo, sino compañía. Decía que la Eucaristía es la autopista al cielo. Y tenía razón: no hay atajo más directo que arrodillarse. Desde estos cerros de Tafí, donde el alma aprende a escuchar, le pedimos hoy que nos enseñe a ser originales y no fotocopias; a no vivir de modas sino de fe; a descubrir a Dios en cada criatura, pero sobre todo en los más pobres; a volvernos artesanos de esperanza en un mundo cansado.
Jorge Bernabé Lobo Aragón
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