En mi reciente carta (“Gestión de inundaciones: dos enfoques”, 03/02) abogaba por una gestión hídrica que favorezca la prevención por sobre la administración del desastre. Explícitamente la nota recalcaba la utilidad de instalar lagunas de laminación para mermar caudales de crecida. La reciente crecida del arroyo Nueva Esperanza, que erosionó el cauce y dañó casas en el barrio Calpini, constituye un lamentable recordatorio de la importancia de prevenir. El caudal del Nueva Esperanza proviene de dos cuencas hídricas que en creciente proveen unos 80 m3/segundo de agua (nuestros cálculos hidrológicos). Años atrás se propuso instalar lagunas en José Colombres y Laprida, y en Av. del Perú y el canal, con una capacidad conjunta de unos 200.000 m3 de agua. Desviando la mitad del caudal a las lagunas, estas tardarían unos 80 minutos en colmatarse, tiempo suficiente para que pase el pico de la creciente y el torrente haya perdido mucha capacidad de erosión. Administrar el desastre implicaría revestir el canal, costo que las mismas autoridades consideran excesivo. Prevenirlo es más económico. Hay que evitar sobrecargar la paciencia, la resiliencia y la entereza de los vecinos. Existen soluciones al alcance del erario para estos graves inconvenientes. Se requiere cambiar el enfoque de la gestión hídrica.

Gustavo González Bonorino                                     

Geólogo/hidrólogo                                                          

Santa Fe 245 - S. M. de Tucumán