El 8 de febrero se cumplieron 50 años del estreno de Taxi Driver, la película en la que Martin Scorsese retrató con crudeza la soledad urbana, la alienación y la violencia incubada en silencio dentro de una sociedad que parecía mirar hacia otro lado. Medio siglo después, esa incomodidad no solo persiste: se ha expandido. Ya no vive únicamente en las calles nocturnas de una gran ciudad, sino también en las pantallas, en las redes sociales, en una cultura digital que amplifica el enojo, acelera los impulsos y convierte cada conflicto en espectáculo.
Las escenas recientes resultan demasiado cercanas como para pensarlas en abstracto. La pelea de adolescentes en Tafí del Valle, en un entorno que debía ser de encuentro y celebración, y el episodio ocurrido hace tres noches en Buenos Aires, donde un chico de 18 años mató a un hombre de una patada, irrumpen con la crudeza de lo que ya no puede explicarse como excepción. No son postales lejanas ni hechos aislados: son fragmentos de una misma tensión que atraviesa a los jóvenes, pero también a los adultos que los rodean y a la sociedad y al estado que, muchas veces, solo reaccionan cuando la violencia ya ocurrió.
Sería cómodo buscar explicaciones simples: la falta de límites, el consumo de alcohol, la presión de grupo, la impunidad. Todo eso existe, pero no alcanza. La violencia que hoy vemos en las calles dialoga con otra, menos visible pero igual de persistente, que circula en las redes sociales: discursos de odio normalizados, humillaciones públicas, desafíos virales que celebran el daño, algoritmos que premian lo extremo. Allí también se aprende a deshumanizar, a reaccionar sin pausa, a confundir exposición con poder.
En ese cruce entre lo físico y lo digital se forma una sensibilidad distinta. Jóvenes que crecen en una cultura de inmediatez, donde la frustración no encuentra mediaciones y la palabra pierde terreno frente al impacto. Adultos que observan con preocupación, pero muchas veces sin herramientas para intervenir más allá del castigo o la condena moral. Instituciones que llegan tarde o que hablan un idioma que ya no interpela.
La pregunta, entonces, no es solo qué les pasa a los jóvenes, sino qué nos está pasando como sociedad. Qué espacios de contención se debilitaron, qué formas de comunidad se erosionaron, qué modelos de éxito o reconocimiento estamos ofreciendo. Porque la violencia rara vez aparece de la nada: suele crecer donde faltan horizontes, donde la empatía se vuelve frágil y donde el otro deja de ser alguien para convertirse en obstáculo.
Si bien se trata de un tema que ya está presente en distintos organismos del Estado, creemos que necesita ser profundizado y sostenido en múltiples frentes. Y más allá del espacio público, también es una responsabilidad que debe asumirse dentro del ámbito familiar, donde se construyen -o se debilitan- los primeros vínculos, los límites y las formas de convivencia.