Escribo con la urgencia que impone la realidad de nuestro Tucumán. La excelente nota publicada el 11/02 sobre el trabajo del Dr. Edgardo Pero (Conicet) pone luz sobre una verdad que los ingenieros no podemos seguir callando: para frenar las inundaciones y el avance de los ríos, necesitamos dejar de pelear contra la Naturaleza y empezar a trabajar con ella. Como ingeniero civil de orientación Estructuras, veo con preocupación que las soluciones de cemento ya no alcanzan. El clima cambió y las crecientes son hoy mucho más violentas que las que figuran en nuestros viejos manuales. Proyectar con las recetas del pasado es condenarnos al colapso de mañana; lo vemos cada vez que sufrimos la angustia de los diques al límite y los puentes que se caen. Necesitamos resiliencia, que no es otra cosa que la capacidad de volver a levantarnos. Los ingenieros civiles sabemos que ninguna construcción es más fuerte que el suelo que la sostiene: cuando el río se lleva la tierra, el hormigón más caro se vuelve inútil. Por eso, árboles como el sauce criollo o la tipa no son simples adornos; sus raíces funcionan como una “armadura” que teje el suelo y sus ramas frenan la furia del agua. Es una defensa viva que el cemento, por sí solo, no puede igualar. Aquí hay una cuestión de responsabilidad. No podemos quedarnos de brazos cruzados viendo cómo se degrada nuestra tierra. Es urgente que la UNT, sus Facultades y nuestro Colegio de Ingenieros Civiles dejen de trabajar aislados y unan fuerzas. La ciencia ya nos mostró el camino para protegernos de manera inteligente; ahora falta la voluntad de usar esos árboles como los verdaderos guardianes que nuestros ríos, nuestros caminos y nuestra gente necesitan con urgencia.

Rogelio E. Giraudo                                         

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