Por Alfredo Ygel

Para LA GACETA - TUCUMÁN

“Si un joven es dejado ‘en banda’ por el adulto, su alternativa será agruparse en bandas”.

El ataque a un adolescente por parte de un grupo de jóvenes que lo golpeó con trompadas y patadas a la salida de un boliche en Tafi del Valle nos convoca a interrogar sobre las posibles determinaciones subjetivas que se ponen en juego en estas situaciones de violencia. Viene a nuestra memoria el ataque a Fernando Báez Sosa. Estos hechos expresan por vía del acto aquello que no puede decirse con palabras, eso que no puede significarse simbólicamente respecto de la problemática que atraviesan los adolescentes en ese difícil tiempo que les toca atravesar. Lo que nos interesa es realizar una lectura de estos actos violentos desde la perspectiva de la lógica colectiva a fin de entender qué expresan de la subjetividad de los adolescentes, su relación con sus pares y con el mundo. Trataremos de dilucidar a partir de este caso algunas variables que se presentan en la vida de los jóvenes en el tiempo actual del malestar en la cultura.

Amor, odio, violencia

Sigmund Freud sitúa la constitución de los grupos a partir de la identificación de un ideal común representado por un líder o una idea. Jacques Lacan agrega -considerándolo fundamental para la estructuración de lo colectivo- la segregación del otro, del diferente. Podemos considerar así al amor y al odio como las dos condiciones estructurales del agrupamiento. Entonces lo grupal se constituye por ligazón a un ideal común y la identificación entre sus miembros por medio del amor y, al mismo tiempo, el odio al extraño, al extranjero. Estas condiciones coadyuvan a la formación de grupos, instituciones, comunidades, naciones, como también clanes, sectas, bandas. El diferente puede ser negro, blanco, judío, musulmán, migrante, o simplemente el hincha del club rival, o el habitante de un pueblo vecino. Cualquiera en su diferencia puede constituirse en enemigo, en merecedor de desprecio y por lo tanto factible de ser segregado y expulsado.

Las riñas o peleas en los boliches se desencadenan muchas veces a partir de la acusación de que alguien externo al grupo se llevó, o intentó tocar a la chica de alguno de los miembros del grupo. Se trata en estos casos de una rivalidad viril a partir de la suposición de que hay otro que intenta apoderarse de su goce.

Grupo y segregación

Debemos considerar que estos ataques se efectúan en contra de un solo sujeto desprotegido y externo al grupo. Se hace presente la segregación de aquel que es diferente, como si el grupo necesitara situar a un otro que se debe denigrar, expulsar, maltratar, y finalmente eliminar.

Los jóvenes, a partir del tiempo estructural por el que atraviesan, intentan cernir eso que como un rayo los golpea con el despertar sexual. Si bien cada chico o chica adolescente realiza un procesamiento singular de la sexualidad que cae sobre su cuerpo y su psiquismo, es también en el lazo con sus pares donde irá atravesando este tiempo de pasaje, consolidándose así los lazos de amistad y fraternidad. Agrupados en lugares de encuentro en la entrada de los shoppings, en las fiestas, con sus after o en las previas, en escuelas y clubes, en las esquinas de los barrios o en boliches, se les hace necesario tramitar la posibilidad del encuentro con el cuerpo del otro. Los grupos hacen de apoyatura para el acercamiento adquiriendo consistencia a través de la cohesión grupal y al mismo tiempo la segregación del diferente, del que “no es como nosotros”. Junto a los lazos de fraternidad van a aparecer manifestaciones sintomáticas o actings como el bullying y episodios de violencia que muestran conductas segregativas hacia otro, extraño al grupo, al que se maltrata o expulsa.

La función del adulto

Es el adulto quien debe ejercer la función de terceridad frente a la irrupción de esta violencia especular. La función paterna encarnada por el mundo adulto, en tanto restricción de las pulsiones sexuales y agresivas, en el “no todo se puede”, debe ser ejercida a fin de ayudar a que el joven realice su tránsito adolescente pudiendo, a su tiempo, incorporarse al mundo adulto.

En el malestar cultural actual los adultos han declinado en su función frente al joven. Apremiados por las exigencias de la vida, adolescentizados en sus formas de transitar el mundo, reprimido su paso por la propia adolescencia, tanto en su rol de padres como en sus roles en instituciones formativas, desdicen de su función de límite y de proyección del joven hacia su futuro lugar como adulto. Se hace necesario el ejercicio del “no” del padre, el tiempo de la espera y del esfuerzo, a fin de acompañar al joven en este pasaje.

En tanto los adultos no cumplen con su función el joven queda entregado a su propia suerte. El adulto deja “en banda” al joven, sin otra alternativa que agruparse en bandas que le den cobijo e identidad. Su alternativa será agruparse al modo de manada o de diferentes formas ejercer la violencia con aquel que se les aparece diferente. Estas bandas funcionan por fuera de los códigos y normas sociales empujando a los jóvenes a un goce ilimitado y sin ley.

La violencia en los jóvenes se presenta como un llamado al Otro, al adulto, a que cumpla su función y se manifiesta allí donde falta la palabra como mediación entre el sujeto y el Otro. El acting violento muestra aquello que los adultos no están dispuestos a escuchar.

En tanto eso no se escucha las manifestaciones de violencia crecen. Es en los espacios públicos donde aparece con crudeza la violencia adolescente con el consecuente malestar.

Responsabilidad

El Psicoanálisis sitúa al sujeto como responsable de su padecimiento y en tanto tal debe responder por sus actos. Si un sujeto se piensa como víctima, el otro es culpable de lo que le pasa. Se trata de salir del lugar de víctima para convertirse en protagonista de la propia vida, de producir un cambio de perspectiva sobre lo que le pasa a uno como sujeto. Es esto lo que le posibilita un “saber y hacer” con eso. Así un sujeto podrá sostener una posición diferente a las formas de segregación y violencia, posibilitando que el otro pueda constituirse en un prójimo con el cual acceder a las formas del placer y acompañar y ser acompañado en el inevitable dolor de existir.

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Alfredo Ygel - Psicoanalista. Ex docente y Director de la Diplomatura en Prácticas del Psicoanálisis en la UNT.