Hasta no verte Jesús mío (1969), primera novela de Elena Poniatowska, reeditada por Seix Barral, se basa en extensas entrevistas a Josefina Bórquez, transformada en el personaje de Jesusa Palancares. La obra se construye sobre una productiva ambigüedad entre testimonio y ficción: entrevista antropológica, relato de vida, picaresca y crónica costumbrista se entrecruzan en una “confusión creativa”. Jesusa es sujeto y narradora de su historia, mientras la autora se inscribe en el texto como destinataria. La conversión de Josefina en personaje no anula su autonomía.
El nombre elegido remite tanto a la religión como a la cultura popular mexicana. A lo largo del relato el cuerpo de Jesusa es atravesado por la violencia, pero ella no habla por otros: afirma una subjetividad desconfiada, orgullosa y desafiante. Poniatowska se sintió atraída por su lenguaje y su indignación; durante meses —confiesa— la oyó resonar en su interior. Entre la mestiza pobre, vieja y combativa y la periodista extranjera se establece un tenso diálogo que define la enunciación.
El epígrafe enfrenta literatura y muerte: “Algún día que venga ya no me va a encontrar; se topará con el puro viento”. Aunque la voz se extinga, la narración persiste en el duelo entre verdad y mentira. El yo anciano se escinde del yo juvenil; la novela se abre con un sueño de reencarnaciones donde Jesusa imagina haber sido reina. Ese alarde es resistencia ante un destino marcado por deudas, culpa y violencia. Sus vínculos con la ley y la autoridad —padre, marido, patronas o líderes espirituales— son conflictivos; en su mundo lo natural y lo sobrenatural conviven.
La muerte de la madre inicia la diáspora familiar en tiempos de Revolución. Convertida en soldadera, Jesusa recorre un país inestable; el cruce a Estados Unidos marca el pasaje de soldadera a soldada. Tras la guerra comienza el nomadismo urbano. En la Ciudad de México pierde lo poco que posee y reinicia la lucha por sobrevivir. Cambia de oficios y casas; la narración funciona como trance salvífico donde experiencia y palabra se funden. Aunque declare su rareza y su resistencia al habla, el relato fluye en un diálogo constante entre memoria propia y ajena.
Marcada por el abandono, se define como “arrimada”. Acepta la violencia aunque la distinga; alterna silencio y réplica, y reivindica una independencia “hombrada”. Cuestiona su destino de mujer y asocia la libertad con lo masculino. En la escritura permanece la huella del vínculo tenso entre Elena y Jesusa: ¿quién es dueña de la palabra? La novela adhiere al gesto testimonial sin fijarlo del todo. La escritora afirma su autoridad mientras la protagonista niega pertenencias y patria: “yo no tengo patria… no soy nada”.
La exhibición de pobreza se compensa con la prodigalidad narrativa. Aprende a contar historias en la cárcel; en el convento aprende a rezar; más tarde la Obra Espiritual orienta su vida. Desconfía de lealtades permanentes y concluye que la Revolución no cambió nada. Sin embargo, conserva ironía, orgullo y deseo de autoconocimiento. Si hubiera otra revolución, dice, volvería a la guerra.
Uno de los mayores logros del libro es su lengua mestiza y multiforme. Jesusa lega su única herencia —la historia de su vida— a una catrina desconocida y la despide con desdén: “Ahora ya no chingue. Váyase. Déjeme dormir”.
Elena Poniatowska nació en París en 1932, pero con tan solo nueve años se trasladó a México, donde se nacionalizó. Doctora honoris causa por ocho universidades, entre sus obras destacan: Hasta no verte Jesús mío (1969, Premio Mazatlán), La noche de Tlatelolco (1971, Premio Xavier Villau-rrutia), Querido Diego, te abraza Quiela (1978), La piel del cielo (2001, Premio Alfaguara), Leonora (2011, Premio Biblioteca Breve) y El amante polaco (2019, 2021). Su obra ha sido traducida a más de 15 idiomas. Ganó el Premio Cervantes en 2013.
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Carmen Perilli