“Si pudiera evitaría las grabaciones simplemente para poder decir ciertas cosas que, cuando se fijan en el tiempo, son mamarrachos, o no hacen gracia, pero en el momento me ayudan a conversar”. La frase pertenece a Lucrecia Martel y fue dicha en una entrevista a Infobae a fines del año pasado. Citándola, casi que vamos en contra de su deseo, pero resulta tan exacta que merece el recuerdo. Sobre todo si LA GACETA es la que tuvo la oportunidad en este caso de obtener sus declaraciones “fijadas en el tiempo”, con el gusto que eso significa para sus seguidores y, por qué no también, los no lo son.
El motivo es el inminente estreno en el país de su primer largometraje documental “Nuestra tierra”, el relato de una historia sucedida en Tucumán. La película, que se proyectó en los festivales de Cannes, Venecia y San Sebastián, cuenta el crimen y el juicio posterior en nuestra provincia a los asesinos del comunero Javier Chocobar. El caso, ocurrido en 2009, se viralizó en un video cuando un grupo armado intentó desalojar a miembros de la comunidad indígena de Chuschagasta, y mataron a su líder. Tras nueve años de protestas, finalmente se abrieron los procedimientos judiciales en 2018. Desde hace 14 años, la directora salteña trabaja en este proyecto. El guión es de Martel junto con María Alché.
-¿Qué tuvo la historia de Javier Chocobar para llevarte a hacer tu primer documental?
-Estaba buscando en la web videos de pueblos no contactados en Brasil, como parte de una serie de investigaciones que estaba haciendo para la película Zama. Ahí apareció el video del crimen de Javier Chocobar. Ya habían pasado muchos meses del crimen, pero las imágenes y lo que se dice es tan violento que es difícil olvidarse. Sin embargo, cuando vi el video recordé que ya lo había visto en algún lado. ¿Cómo me había olvidado de esto? Un hombre lleva una cámara y un revólver. Otro dice que hablando nos vamos a entender y casi inmediatamente dispara. Del otro lado había personas desarmadas, mujeres, niños. Empecé a investigar. Me contacté con el diario Contrapunto que estaba cubriendo el caso, con Santiago Camuña, periodista de ese medio. Me acompañó a la comunidad. Ahí conocí a la familia Chocobar, a la familia Cata, a la familia Mamaní. Había tanto dolor. Javier era una persona muy querida. Sus nietas, que eran muy chiquitas, habían visto todo. Demetrio Balderrama, que en ese momento era cacique, me facilitó todos los documentos que tenía. Y ahí me di cuenta de que la lucha venía de hacía décadas, y que la violencia que la historia, el Estado y los vecinos habían ejercido sobre ellos era una vergüenza. Fueron muchos años de investigación de mucha gente que piensa que estas cosas tienen que terminar en este país. Esta mezquindad, esta mediocridad de la historia argentina.
-¿Cómo es trabajar con un proyecto cuya realización se extiende tanto en el tiempo como “Nuestra Tierra”?
-Es bueno porque podés mejorar mucho las ideas, mejorar las conversaciones, ampliar la investigación, conocer más gente. Pero hubiéramos deseado que la comunidad disponga de esta película antes. Investigar nos llevó mucho tiempo. Ahora es un archivo ordenado de documentos, mapas, fotos que va a ser útil para que la comunidad pueda contar su historia, hacer trámites. No hay ninguna industria que pueda esperar 14 años por un resultado. Sin embargo hay mucha gente que confió en la película y nos apoyó en la espera, como los productores de Rei Pictures. Esta película es una prueba de que hay gente que está dispuesta a arriesgar para ir más lejos.
-¿Desde hace mucho tiempo se escuchan insultos como “mono”, “boliviano”, “indio”. ¿En qué etapa creés que está el racismo en nuestro país y globalmente?
-El racismo es un invento muy útil. Nadie nace racista. No existe la raza. La ciencia ya se ha expresado suficientemente sobre eso. El racismo es un invento para otra cosa. Si vos querés sacarle a una persona su tiempo, digamos sus horas de trabajo, y su espacio, o sea su tierra donde vive, necesitás excusas morales. Porque es muy difícil matar, amenazar, castigar sin motivos. Uno necesita excusas morales. La colonia española inventó unas y Dios estaba entre ellas. Esa excusa fue cambiando con el tiempo: que los indios son vagos, que los indios son asesinos. Pero, ¿quiénes hicieron los caminos, quiénes cultivaban la tierra, quiénes cuidaban el ganado? La patraña era insostenible. Entonces fue preciso borrar toda posibilidad que acredite a los indios virtudes y saberes. El papel, la hoja de papel, fue de gran ayuda. Como dice María Rasguido, parte de la comunidad Chuschagasta, el papel permite lo que le quieran poner. De mil maneras distintas, sin ningún eufemismo, la colonia y después los criollos escribieron en los papeles que los indios eran vagos, que no merecían la tierra ni participar en las decisiones públicas. Quitarle derechos a la gente la deja vulnerable, lista para cualquier abuso. Eso es el racismo, inventar algo, para abusar de alguien y sentir que estás haciendo lo correcto. Cuando eso se sostiene en el tiempo, las expresiones racistas se naturalizan en el lenguaje. Y todos los sectores de la sociedad aprenden a usarlo para menoscabo de otra persona. No dejemos que tanta barbarie se prolongue por más generaciones en nuestro país.
-La película aborda el racismo y, por supuesto, la temática de la propiedad, la usurpación y la situación de las tierras en general. En Tucumán desde hace años es un tema de estado. ¿Cuál es tu mayor aprendizaje sobre este tema después de tanto tiempo?
-En esta ciudad se declaró la Independencia: “Declaramos solemnemente a la faz de la Tierra que es voluntad unánime e indudable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente”. ¿A qué se refiere con los derechos de que fueron despojadas estas provincias? En muchos textos de la independencia se alude a las comunidades indígenas para fraguar cierto americanismo. Quizás sea hora de que terminemos con la colonia. Queríamos inventar una nación independiente, bueno, intentémoslo. Inventemos un país donde no haya ciudadanos de segunda. Eso es lo que me enseñaron que queríamos en 1816 en Tucumán.
-¿Cómo analizás la actuación de la justicia en el caso Chocobar?
-Creo que lo más interesante sería saber cómo percibió la comunidad Chuschagasta este juicio. Mi opinión es que el Tribunal fue justo en su sentencia. Un juicio es un despliegue de dramaturgia como no he visto ni en la ópera. Es algo extraordinario. Plagado de pequeñas faltas de respeto a los comuneros, ni siquiera con mala intención, sino por esa inercia horrible que hay en nuestra cultura. Los juicios orales deberían ser obligatorios para los ciudadanos, por lo menos asistir a uno en la vida. En un juicio de esta naturaleza, donde subyace un reclamo de tierra de una comunidad indígena, debiera permitirse a la comunidad hablar de su tierra del mismo modo que los imputados pudieron hablar de sus títulos decenas de veces afirmando que eran perfectos. Menciono esto porque la razón parece siempre estar relacionada con la posesión de papeles. Es difícil confiar en los papeles cuando las instituciones que los legitiman son tan vulnerables a la corrupción, al amiguismo, al parentesco. Entiendo que el objeto del juicio era determinar quién había matado a Javier Chocobar y no de quién era el territorio, pero los imputados mencionaron decenas de veces sus derechos como propietarios.