¿Qué ocurre cuando se le dice no a un narcisista? Tenemos la respuesta a través de todos los medios periodísticos en un personaje empeñado, desde hace más de un año, en que nadie duerma tranquilo en ningún rincón del planeta: reacciona con ira, insultos, amenazas, intimidaciones, venganzas, detenciones ilegales, bombas o, como poco, con un juego sucio de difamación hacia quien lo desafía o simplemente prefiere mantenerse al margen de sus arbitrariedades. Sobre todo, ve insolente e intolerable que alguien no acepte o, por el contrario, cuestione su pretendida superioridad. Hablamos por supuesto del presidente de Estados Unidos, aunque hay otros malos imitadores en los que se reconocen los mismos rasgos ya en avanzado desarrollo. Casos de manual.
Pasó con España cuando se le negó el uso de las bases militares compartidas en Rota (Cádiz) y Morón (Sevilla) para las operaciones contra Irán. Trump llamó entonces “un socio terrible” al gobierno y prometió cortar las relaciones comerciales o echar mano a un embargo, recursos que chocan frontalmente con los acuerdos entre Estados Unidos y la Unión Europea. Como las amenazas no surtieron efecto, hizo circular al día siguiente, a través de su portavoz, la versión de que España había dado un paso atrás atendiendo a la claridad y firmeza de su mensaje. En otras palabras, que le había torcido el brazo al rebelde. Desmentido de inmediato por el ministro de Exteriores español, recurrió al agravio y llamó “perdedor” al país que se resiste a su voluntad (o capricho) Y ahora en cada conferencia de prensa pinta para España un nuevo apocalipsis. El precio de decir no.
Más allá de las polémicas, este es en cifras el panorama comercial que podría sufrir turbulencias en el futuro próximo: España exportó 16.716 millones a Estados Unidos en 2025, un 8% menos comparado con el año previo, e importó 30.174 millones. Entre las exportaciones, se destacan la maquinaria y aparatos eléctricos por un valor de casi 4.000 millones de euros, en tanto que de las importaciones un tercio corresponde a productos energéticos. Pese a que esto muestra que sólo el 4,3% de las exportaciones españolas tiene como destino aquel país, hay sectores más expuestos que otros. Uno de ellos es el del aceite de oliva. El año pasado ingresaron 970 millones de euros por este rubro, lo que hace que la preocupación en el sector se acerque a un ataque de nervios.
No es este el primer desencuentro entre el gobierno de Pedro Sánchez y la actual administración estadounidense. Hace algunos meses Trump exigió a los socios de la OTAN, con argumentos propios de Tony Soprano, que subieran sus aportes hasta llegar a un 5% de su Producto Bruto Interno en una década. Casi sin negociación, los miembros de la Unión Europea aceptaron el chantaje, en su mayoría poniendo en alto riesgo sus finanzas (Alemania está saliendo de dos años de recesión y Francia apenas crece al 0,8%) España, en tanto, dijo no desde el principio con un doble argumento. El primero, basado en los números: esto significaría elevar su gasto en defensa en alrededor de 350.000 millones de euros adicionales hasta 2035, algo sólo posible si se aumentan los impuestos a los trabajadores en alrededor de 3.000 euros anuales, además de recortar o eliminar prestaciones tan esenciales como las de desempleo o maternidad; o bajando un 40% las jubilaciones y reduciendo casi a la mitad la inversión estatal en educación. El segundo, basado en razones prácticas: las obligaciones militares que se le exige como miembro de la OTAN pueden cumplirse con un aporte del 2%, a donde se llegó con gran esfuerzo desde el 0,8% en 2018.
Aunque todo o nada puede ocurrir con este presidente tan distanciado de la verdad y del equilibrio, en los círculos políticos hoy se habla de una de las mayores crisis de las últimas décadas en las relaciones bilaterales. La respuesta del presidente del gobierno Pedro Sánchez fue: “nuestra posición se resume en cuatro palabras: no a la guerra”, liderando un criterio en principio minoritario en la Unión Europea, aunque con buen consenso interior (las encuestas de esta semana señalan que dos de cada tres españoles rechazan participar directa o indirectamente en el conflicto) y subrayado en la prensa internacional por su audacia y, tal vez, por su exposición a los peligros que podría acarrear su actitud. Como contraste se podría recordar al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, llamando “daddy” (papaíto o papito) a Trump o a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, viajando hasta Escocia un domingo para reunirse con él en su campo de golf.
Las cuatro palabras que remarcó Sánchez tienen su antecedente y escuecen la piel de la derecha y la ultraderecha. Precisamente fue el lema usado como estandarte de multitudinarias manifestaciones en 2003 durante la guerra de Irak, cuando el gobierno de José María Aznar (Partido Popular) decidió, sin consultar al Parlamento, acompañar la aventura militar de George W. Bush con la falsa excusa de que Sadam Husein tenía armas de destrucción masiva. Hoy todos saben que aquello no era cierto y a la vista está el desastre en el que acabó la operación llamada “Libertad iraquí” (una cruel ironía). Producto o consecuencia de aquella alianza, el 11 de marzo de 2004, España sufriría como represalia los mayores atentados de su historia con un saldo de 192 muertos y más de 2.000 heridos. En aquella jornada sangrienta, comandos yihadistas harían explotar bombas en cuatro trenes interurbanos de Madrid provocando pánico, dolor, luto y luego mucha rabia en la población. Días después, el Partido Popular, hasta entonces favorito en las encuestas, perdería las elecciones generales. Aunque con el tiempo los protagonistas modularon las razones que llevaron a aquella guerra o invasión, sólo Aznar sigue aferrado a la mentira inicial.
Actualmente, el mismo Partido Popular critica la no adhesión del gobierno a los ataques a Irán y como guinda del pastel, una de sus figuras más controvertidas, Isabel Díaz Ayuso, propone entregarle la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid que preside a Estados Unidos, la misma que le otorgó a Milei hace un año. Más allá va la formación ultraderechista Vox con un raro nacionalismo que acepta de Trump tanto los aranceles a los productos españoles como ahora la ruptura de relaciones comerciales.
Pero nada es casual ni espontáneo. Sánchez sabe que oponerse a la guerra da réditos a la izquierda en momentos en los que no cuenta con mayoría parlamentaria para aprobar sus iniciativas, lo que lo obliga a avanzar haciendo difíciles equilibrios. Por su lado, la oposición, sin digerir aún que a pesar de haber ganado las elecciones en 2023 no pudo formar gobierno y sí, en cambio, lo hizo Sánchez en alianza con siete formaciones, pide cada día volver a las urnas. Esto hace que la paz que hoy no existe en grandes regiones del mundo también esté ausente en la vida política española.
Mientras tanto, y a la espera de las venganzas prometidas, nos queda el cotidiano y peligroso show televisado de Trump. En estos días de guerra, apelando a cuanto se repite la historia, muchos han recordado una vieja entrevista al escritor Antonio Gala refiriéndose entonces a la de Irak. En ella decía: “Los enemigos de la paz son los ambiciosos. No hay ninguna guerra que no se haga por ambición. No se puede decir voy a quitar al tirano y para eso voy a invadir vuestro país. Eso no es así”. “¿Y ahora qué?”, le preguntó el periodista. “Ahora -respondió- cuando acabemos de destruir empezaremos a reconstruir y le daremos una parte a cada uno de los colaboradores de la destrucción”. ¿Nos suena familiar?