“Hace solo un rato arrasé con seis talibanes en Afganistán y ahora me iré a casa a hacer un asado”. Hace poco más de diez años, el piloto de drones, Tom Egan, interpretado por Ethan Hawke, hacía gala de su performance militar en un comercio de Estados Unidos. El hombre no iba con complejos equipamientos tecnológicos, al contrario. Cargaba una bolsa de carbón y acababa de salir de un container convertido en búnker en una base militar desde donde operaba ataques no tripulados a más de 10.000 kilómetros. Desde una oscura y pequeña cabina, se decidía la suerte de peligrosos terroristas y también la de inocentes civiles.

“Máxima precisión” es una de esas películas que se ven en colectivo de larga distancia o en alguna noche de insomnio, sin demasiada trascendencia, pero que de algún modo ayudan a entender el detrás de escena de lo que hoy ya no es ficción. Desde hace dos semanas presenciamos un nuevo conflicto bélico en Medio Oriente que llega por cientos de pantallas en las que estamos viendo cómo los ataques con drones reemplazaron los embates en los que el cuerpo y la presencia eran los factores decisivos.

La guerra alrededor de Irán no es el primer enfrentamiento en el que se despliegan drones como armas tácticas, pero la participación de dicho país persa le imprime un sello especial que hace de este conflicto sin dudas paradigmático. Irán fue el creador de los famosos drones Shahed y durante los últimos años distintos países intentaron replicar la efectividad y bajos costos de algunos de sus modelos como el 136. Estos drones “kamikaze” no están hechos para volver a una base, sino para dirigirse contra un objetivo y destruirlo. A pesar de su escasa carga explosiva, resultan efectivos para viajar hasta 2.000 kilómetros, a baja altura y esquivar los sistemas de detección para bloquearlos. Los Shahed fueron diseñados a finales de la última década en Irán y se vieron por primera vez en 2021, aunque su despliegue masivo fue durante la guerra entre Rusia y Ucrania. Según el presidente Volodímir Zelenski, su país fue atacado por 57.000 drones Shahed desde el inicio de la invasión y todos ellos fueron provistos por Irán al ejército comandado por Vladimir Putin.

Todos los países quieren tener su Shahed, hasta el propio gobierno estadounidense. Según un informe reciente del New York Times, el Pentágono hizo un proceso de ingeniería inversa y desarrolló en poco tiempo su propia copia, conocida como LUCAS. Ahora, ambos sistemas se están enfrentando en lo que muchos especialistas denominan como el puntapié de un conflicto de escala global, donde más de 1.000 drones ya atacaron puntos de Baréin, Dubai, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y toda la zona del Golfo en un intento de Teherán por intimidar y castigar a los aliados regionales de Estados Unidos e Israel.

Los especialistas en conflictos bélicos destacan el bajo costo de este tipo de drones. Según distintas estimaciones, cuestan un promedio de 35.000 dólares por unidad, mientras que drones estadounidenses de alta gama, como el MQ-9 Reaper, cuestan cerca de 30 millones de dólares, aunque estos cuentan con sistemas más avanzados, más horas de vuelo y capacidad de regreso a sus bases. Pero lo que se está evidenciando en esta guerra es un cambio drástico hacia la proliferación de armas baratas y efectivas en el combate contemporáneo. Ya no se trata de cuál es la potencia que impone las armas más sofisticadas, sino las más rentables, y eso es lo que preocupa a las estrategias de guerra.

“Si nunca te enfrentas a tu enemigo ¿Cómo puedes enfrentarte a ti mismo?”, así se vendía el trailer de la película del soldado Tom Egan, cuyo conflicto durante toda la trama es volver a pilotar un avión “de verdad”, para poner el cuerpo y combatir presencialmente en la zona de guerra. Porque para él y para las autoridades, los drones deshumanizan el conflicto, lo multiplican y lo hacen más barato. Pero eso es lo que quieren justamente las partes enfrentadas, que lejos de poner paños fríos sobre la guerra, la convierten en “low cost” y la aceleran hasta borrar sus límites.

Puede que sea también la primera guerra con el auge de la inteligencia artificial -OpenAI firmó un reciente acuerdo para prestarle servicios al Pentágono en materia de ciberseguridad, análisis de inteligencia y logística-, pero lo que está marcando por ahora la escalada del conflicto no son los ataques basados en algoritmos, sino con armas que parecen de juguete y son descartables. La tecnología también es eso, una herramienta de destrucción que, lejos de hacernos mejores personas, sirve para matar más y con menos presupuesto. Otra trampa del progreso, que por estos días, no hace otra cosa que decepcionarnos.