Afuera, la ciudad de Salta descansa con la indiferencia de los años, pero en este rincón del hotel la vigilia de un hombre persiste como una guardia eléctrica que se niega a pactar con el olvido. Sentado en un sillón que parece devorarlo, Jean-Michel Bouvier es una presencia mineral. Todo en él es blanco: el cabello ralo, la barba espesa que le llega al pecho y esa remera donde el rostro de su hija, Cassandre, lo observa desde una juventud que el barro de San Lorenzo congeló hace quince años.

Aquel julio de 2011, cuando los cuerpos de Cassandre Bouvier y Houria Moumni fueron hallados en la Quebrada, el mundo de este hombre se astilló para siempre. Desde entonces, su vida ha sido un desfile de tribunales, pericias de ADN y una lucha solitaria que terminó por torcerle el brazo a la justicia argentina: hace apenas unos meses, la Corte Suprema de la Nación dictaminó la libertad de Santos Clemente Vera, el hombre que pasó más de 10 años en una celda clamando una inocencia que solo Bouvier parecía creer.

Hoy, Jean-Michel está solo. Visiblemente agotado, con el peso de los años hundiéndole los hombros, conserva sin embargo una entereza que incomoda. Habla en su francés natal, una lengua que utiliza como un escudo contra el olvido. Mientras las palabras fluyen, sus brazos se agitan con urgencia, dibujando en el aire siluetas de una verdad que todavía siente incompleta.

"Hay asesinos, y esos asesinos están en libertad”

En este escenario de vigilia, Jean-Michel Bouvier mantuvo una entrevista extensa con LA GACETA. Con un tono que osciló entre la fragilidad física y una lucidez cortante, desglosó el mapa de sus batallas actuales. Sus ojos, de un azul transparente y vidrioso, no parpadearon al ser consultado sobre el impacto interno de este nuevo regreso a Salta después de tanto tiempo transcurrido.

“Es difícil responder. Yo estoy en combate. Y cuando uno está en combate, se olvida de sus propios sentimientos”, sentenció con una lógica de trinchera. Para él, la paz es un lujo que no se puede permitir mientras la memoria de su hija no sea tratada con la dignidad que exige. “No tengo odio. Simplemente pido que se respete la memoria de mi hija y de su amiga. Las familias de las víctimas merecen respeto, los muertos merecen respeto y, por lo tanto, la justicia debe respetarlos”.

Bouvier se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio con una urgencia eléctrica. Para él, el destino de Cassandre quedó indisolublemente atado a esta tierra de una manera que excede lo burocrático. —“Para mí, Cassandre está en todas partes. Pero ya lo he dicho antes: las familias repatriaron los cuerpos por la fuerza, pero en lo que respecta a mi hija —porque solo puedo hablar en nombre de ella— Argentina conservó su alma. Y ustedes son responsables de su alma”.

Sombras sobre la investigación: ¿una verdad orientada?

Para Bouvier, el juicio de 2014, que terminó con la condena de Gustavo Lasi a perpetua pero con la absolución de los otros sospechosos, fue apenas una "verdad parcial". Su lógica es aritmética y brutal: "Es imposible que dos jóvenes sean violadas y asesinadas por un solo hombre frente a otros dos".

Bouvier no oculta su desprecio por las irregularidades que plagaron la instrucción inicial. Califica la labor judicial de aquel entonces como una "investigación orientada", un proceso que pareció más preocupado por encontrar culpables rápidos que por hallar a los verdaderos responsables. Esta convicción lo llevó a convertirse en el aliado más inesperado de Santos Clemente Vera, quien pasó más de 10 años encarcelado injustamente hasta que la Corte Suprema de la Nación ordenó su libertad tras detectar una "doble inconstitucionalidad" en el proceso.

"Hubo jueces de quienes se espera competencia que parece que nunca leyeron la Constitución de la provincia", dispara Bouvier. Para él, la libertad de Vera es un acto de justicia, pero también la confirmación de su peor temor: los verdaderos asesinos de su hija siguen libres.

El misterioso ataque en París

Poco antes del viaje que tenía programado a Salta en noviembre, el destino le asestó un golpe físico. Bouvier relató un episodio oscuro ocurrido en las calles de Francia: fue empujado violentamente por un hombre de "tipo latino", sufriendo una caída que le provocó cuatro fracturas y una semana de hospitalización.

"La cronología es curiosa: fue 10 días antes de viajar", reflexiona. Aunque evita la acusación directa, el contexto es inquietante. Pero Bouvier, fiel a su naturaleza, no se detuvo: "Cuando uno lucha por un hijo, por definición, sube de marcha. Si no fuera así, uno sería un robot".

Un pacto de silencio y documentos clave

En esta visita, Bouvier no llegó con las manos vacías. Trajo consigo dos documentos que considera fundamentales para desentrañar el "contexto franco-argentino" de 2011, sugiriendo que la relación entre los gobiernos de la época pudo haber condicionado el curso de la investigación.

Sin embargo, el avance es cauteloso. "Existe un pacto de confidencialidad con el Ministerio Público Fiscal", advierte. Por este compromiso legal, el padre de Cassandre se ve obligado a callar los detalles técnicos de las nuevas pruebas para no entorpecer la reapertura de la causa que hoy lidera el Procurador General de Salta.

El encuentro

El cierre de la jornada llegó con una imagen que ninguna sentencia judicial podría igualar. Jean-Michel miró hacia la puerta y su rostro se iluminó con una sonrisa paternal. Santos Clemente Vera entró al hotel acompañado de su hijo pequeño, un niño que nació mientras su padre habitaba una cárcel.

Bouvier se levantó ignorando el dolor de sus fracturas. El abrazo entre ambos hombres fue largo y silencioso. El niño se acercó y le entregó a Bouvier un dibujo de la selección francesa de fútbol. Jean-Michel lo tomó con una delicadeza extrema y apoyó su mano sobre el hombro del pequeño.

—“Buen viaje, Bouvier”, alcanzó a decir Vera con la voz quebrada.

—“Cuidate mucho”, respondió el francés en un castellano mínimo, casi un susurro.

La entrevista con LA GACETA se apagó en el silencio del hall, pero Jean-Michel permaneció allí, estático, custodiando el dibujo del niño como si fuera el documento más sagrado de su larga procesión. En esa vigilia de blanco sobre blanco, el hombre que llegó a Salta persiguiendo una verdad esquiva terminó entregando una última lección de humanidad: que el amor por una hija no es un recuerdo, sino un combate que se libra con el cuerpo roto y la mirada limpia. Al final, mientras se alejaba hacia la penumbra del hotel, quedó la certeza de que mientras Bouvier respire, Cassandre no estará sola; su alma tendrá un padre que no conoce la rendición y una ciudad que, por fin, empieza a mirarlo a los ojos.