A cinco días del golpe, el 19 de marzo de 1976, la suerte del gobierno de María Estela Martínez de Perón estaba echada desde hacía rato. Sólo era cuestión de acertar cuándo moverían las fichas las Fuerzas Armadas para alzarse con el poder. Las conjeturas apuntaban a fines de mes o a la primera quincena de abril. Al tanto del rumbo de la asonada, en el “círculo rojo” reinaba la expectativa, mientras que a la Casa Rosada ya habían llegado todas las alertas necesarias. La calle era un hervidero. Y aún así, a pesar de lo enrarecido del clima, la Argentina intentaba construirse un maquillaje de normalidad y hasta se planificaban salidas políticas para la crisis. Un castillo de naipes condenado a ser barrido en cuestión de horas.

Ese 19 de marzo, un viernes, Amado Juri concretó el último acto trascendente de la gestión que había iniciado en 1973, cuando el peronismo recuperó la gobernación de Tucumán con el sello del Frejuli (Frente Justicialista de Liberación). Juri encabezó la inauguración del dique Los Pizarro durante una ceremonia a la que no faltaron representantes de la oposición, con Benito Ferreyra a la cabeza. La preocupación por lo que se venía ya aglutinaba a la clase política, más allá de las ideologías.

Potencial pacto

“Las banderías deben arriarse cuando por delante está la patria”, sostuvo el mandatario, plenamente consciente de la cuenta regresiva que pronto le pondría fin a la institucionalidad. Y ante las versiones que hablaban de un potencial pacto orientado a desplazar a Isabel Perón de la Presidencia para dar lugar a un gobierno de unidad nacional, Juri se declaró verticalista, ortodoxo y alineado a la viuda del General. “No voy a retroceder ni un tranco de pollo”, graficó.

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A Juri no le faltaba acierto en el razonamiento. Mientras en Tucumán cortaban la cinta de Los Pizarro, en Buenos Aires estaban reunidos Deolindo Bittel -una de las espadas del peronismo- y el líder radical Ricardo Balbín. ¿De qué hablaron? “De brindarle al país soluciones flexibles que le aporten convivencia y unidad”, fue el mensaje público. Quedó claro que en privado buscaron los últimos cartuchos capaces de convencer a los militares de frenar el golpe. De allí lo de “soluciones flexibles”. Ya era tarde para esa clase de propuestas.

La violencia desenfrenada, cosa de todos los días a esa altura, había naturalizado los crímenes al punto de que cada jornada se cerraba con el conteo de víctimas. Ese viernes aparecieron siete cadáveres, todos producto de asesinatos, en distintos puntos de la Argentina. Además, dos policías habían sido acribillados; uno en Rosario y el otro en Córdoba. Y la noticia era que habían desbaratado a tiempo un supuesto atentado contra la Presidenta de la Nación, un hecho que no quedaba claro para la prensa. Era lógico: ya no se sabía si los ataques se concretaban por derecha o por izquierda. Las Fuerzas Armadas, la triple A y las organizaciones guerrilleras intercambiaban mazazos todo el tiempo.

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El cerco sobre el Gobierno no daba tregua y la pata civil del golpe en ciernes también operaba al máximo. La semana se cerraba con un lock-out patronal, en protesta por la falta de rumbo económico. Al “paro empresario” se sumaban pymes y pequeños comerciantes. Ese viernes, en numerosas ciudades no abrieron los almacenes, afectados por la inflación y por el desabastecimiento.

Preocupado, el pueblo se fue a dormir, ansioso al menos por encontrar el respiro del sábado y el domingo. Salvo los conjurados y sus socios, no estaba en los planes de los argentinos que sería el último fin de semana en democracia hasta diciembre de 1983.

Producción periodística: Guillermo Monti