Donde el tren abría sus surcos de riel germinando la semilla del trabajo, hoy sólo existe una soledad que penetra en las venas. El frío demoledor del invierno, el calor abrazador del verano que nunca acaba marcan el pulso de Totoralejos, en la provincia de Córdoba.
Hay tucumanos que quizás recuerden el nombre de esta localidad enclavada en medio de las Salinas Grandes, muy cerca de los límites con Catamarca y con Santiago del Estero. Por la estación Totoralejos pasaba el “Cinta de Plata” (mote que nace de su pintura gris metálico con una guarda azul en los laterales), convoy del Ferrocarril Belgrano que era un servicio expreso que desde los años 60 cubría el trayecto hacia Buenos Aires. Ese tren dejó de traquetear en 1992, al igual que “El Norteño”, su compañero de trocha. Justo el año en el que el pueblo en cuestión recibió su estocada final.
Hay una chacarera, que reza en un estribillo: “Totoralejos, ya dormido en las salinas, su luz se apagó”. Una sentencia actual clara sin dudas sobre un lugar donde llegaron a vivir más de 100 personas. En el presente sólo quedan allí escombros, durmientes, algún vagón, vías, y un último habitante, de quien nos ocuparemos más adelante. Según el libro de Enrique Udaondo, el nombre remite a “un diminutivo de totorales, parajes donde abunda la totora, vegetal que se utiliza para techar los ranchos”.
Al lugar lo habitaban empleados del ferrocarril y sus familias. Ellos hacían allí el mantenimiento de las vías, los cruces de trenes e iban en auxilio de alguna anormalidad de los convoyes. Era una estación de segunda categoría habilitada para pasajeros, encomiendas, cargas y hacienda, contando con telégrafo.
Pueblos fantasmas: La Casualidad nació de un hallazgo y murió por decretoEnclavado en el kilómetro 940 de la original vía del Ferrocarril Central Norte, que a partir de 1876 comenzó a unir las ciudades de Córdoba y Tucumán, Totoralejos era una de sus estaciones principales. En los mapas del Instituto geográfico militar figuraba como caserío o apeadero. Hay quienes lo consideraban una estación con algunas casas. Pero en definitiva era un pueblo, donde en las vías auxiliares se dejaban vagones tanque para el aprovisionamiento de agua en épocas de tracción a vapor. Así, las estaciones Lucio V. Mansilla y Recreo no quedaban tan aisladas al cruzar las áridas salinas.
En sus años de esplendor, Totoralejos era sitio de guitarreadas y bailes en el boliche de Taborda o en el de doña Angélica Soria. Había una pulpería, la de los hermanos Eduardo y Luis Torres, también guitarreros y cantores. Al lugar acudían los braceros que extraían leña o fabricaban carbón en Palo Santo, el obraje más grande y famoso. También llegaban los peones y capataces de La Sirena, otra finca cercana.
A este pueblo fantasma ubicado a 230 kilómetros de Córdoba capital, en el departamento Tulumba, se llega transitando las rutas 9 y 60. Luego hay que desviarse por un precario camino de tierra de tres kilómetros.
Pueblos fantasmas: las leyendas populares de Villa Río HondoComo tantos otros sitios ferroviarios argentinos, acusó el impacto letal del decreto 666/89 y otras disposiciones complementarias. Fue cuando el Poder Ejecutivo Nacional, en ese tiempo a cargo de Carlos Menem, ordenó a la intervención de Ferrocarriles Argentinos para el cumplimiento “de un plan de coyuntura (...) para racionalizar los gastos de explotación” y una “fuerte disminución de la necesidad de financiamiento” de la empresa.
Hay un detalle que no se puede obviar de la vida en pueblos cercanos a las salinas, más allá de las dificultades que se sufren en el invierno y en el verano. Habitantes de estas localidades sufren enfermedades endémicas como el bocio debido al sodio en el agua. Además, el viento trae aparejado enfermedades cardíacas a los niños y graves trastornos de tiroides.
La paradoja de este (casi) deshabitado lugar es que hoy es objetivo de visitas de todo tipo y su nombre está muy ligado a videos, fotografías y relatos que se pueden ver en redes sociales. La curiosidad que despierta es grande. Hasta fue objeto de estudio para una tesis en la maestría de gestión del patrimonio.
Pueblos fantasmas: Villa Epecuén, las ruinas de un balneario de épocaQuienes practican un tipo de turismo poco convencional, ese de visitar lugares olvidados o perdidos en el tiempo, suelen visitarlo y se instalan en carpas. También hay quienes llegan haciendo travesías en bicicleta. Eso sí, para ponerle un halo de misterio, de aquellos que se quedan a pernoctar surge un comentario generalizado: no es un pueblo fantasma, es el pueblo de los fantasmas. Es que allí se hace difícil dormir. Quizás sea que por la cercanía de las salinas el viento sopla distinto, tal vez por la amplitud térmica o por el salitre. Quizás sea que el ruido de las ciudades malacostumbra al oído. O probablemente se dé que aquello que no se ve en las soledades, se siente.
De vuelta al único habitante hoy de Totoralejos. Se llama Miguel Palacio y tiene más de 80 años. Cría vacas, cabras y algunas gallinas para subsistir. A quienes visitan el pueblo les cuenta: “Nací aquí en 1944, mi infancia la pasé aquí, incluso hice la escuela primaria. Luego me mudé con mis padres y hermanos durante un tiempo a Deán Funes para poder seguir estudiando. Volví al pueblo a cuidar a mi mamá, y luego de que falleciera, me quedé. En la década del 70 se fueron agotando los obrajes, que eran la fuente de trabajo en la zona. Y después, cuando el ferrocarril cerró, la mayoría decidió irse”.
La vivienda de Miguel no tiene conexión a la red eléctrica, aunque cuenta con paneles solares que algún visitante le ayudó a instalar. Se sirve de un celular para contactarse con el mundo, también de la radio, que escucha todo el tiempo. Todos los meses va a Deán Funes a cobrar su jubilación, o visita Recreo, donde tiene parientes. Algún familiar le acerca víveres, agua y otros elementos.
Uno de esos familiares, su hermano Roberto, mencionó en alguna entrevista qué siente al ver hoy el pueblo que lo vio nacer. “Cada vez que paso siento una angustia en el pecho cuando veo todo en ruinas: las casas, la estación, la posta de la policía. No miento si digo que me dan ganas de llorar de tristeza”.
Como testigo inerte de aquel tiempo de trabajo ferroviario, un vagón abandonado colorea con su herrumbrado aspecto el paisaje, en una vía muerta.
Cómo se ve el lugar: no hay calles, las construcciones están derruidas y hay un aljibe en cada casa
En Totoralejos no hay calles, sólo pasos entre los pastos secos y duros. Entre los restos de construcciones derruidas se destaca una, que fue el puesto policial de control de entrada a Córdoba. Nunca llegó a inaugurarse, ya que la ruta quedo abandonada al construirse la nueva, pavimentada, a pocos kilómetros. También se ve el edificio abandonado de la escuela rural. Las viviendas construidas por el ferrocarril son cuatro módulos de cuatro casas cada uno, y tres chalets. De ellas sólo quedaron las paredes: techos y carpinterías fueron depredadas. Todas las casas son parecidas, levantadas en ladrillo. Tienen una pileta para lavar la ropa, una galería, piezas con amplios ventanales con vistas a las vías, cocina que funcionaba a leña. Y también un aljibe, ese que en los tiempos de vida del pueblo se llenaba con agua traída en vagones cisterna.
La vía todavía se usa: antes pasaban trenes con pasajeros, hoy sólo se usan para transportar cargas
El Ferrocarril General Belgrano, formado en 1949, tiene su origen en el remoto Ferrocarril Central Norte que desde 1876 comenzó a unir Córdoba con Tucumán. Era el primer ferrocarril de “trocha métrica” (1.000 mm) levantado en la Argentina, decisión que se escogió por razones de economía. Su construcción y administración corrió por cuenta del Estado y su objetivo era ampliar el Ferrocarril Central Argentino (Rosario-Córdoba), de “trocha ancha” (1.676 mm), en ese momento en manos británicas. Hoy, por Totoralejos pasan los convoyes del Belgrano Cargas, cuyo recorrido comienza en Villa Rosa, Buenos Aires y se extiende hasta Tucumán, generalmente con servicios de transporte de mercancías agrícolas e industriales.