Entrada la noche del martes 23 de marzo, un grupo de dirigentes de mucho peso en el justicialismo salía de la Casa Rosada tras entrevistarse con María Estela Martínez de Perón. Se improvisó una conferencia de prensa, cuyas respuestas se sintetizaron en un párrafo: “no hay golpe. La Presidenta se traslada ahora a la residencia de Olivos a descansar. El diálogo no se interrumpirá. Más tarde la Presidenta va a convocar a una reunión de ministros y dirigentes gremiales. No existe ultimátum alguno. El Gobierno no negocia”. Lorenzo Miguel, líder del sindicato metalúrgico y figura clave del movimiento obrero, apeló a la metáfora turfística del caballo favorito para reafirmar su optimismo: “el Gobierno paga 2 con 50”.

Fue el último acto de una dirigencia a la que sólo le quedaba el voluntarismo como arma para capear la tormenta. O no querían ver lo que todos sabían o mantenían la pantomima de una presunta salida política a la crisis. La realidad indicaba que en ese momento, mientras los capitostes del PJ hablaban con la prensa, unidades del Ejército, de la Marina y de la Fuerza Aérea ya estaban movilizadas y tomando posiciones en todo el país. “No hay golpe”, afirmaba ese núcleo del poder, mientras el golpe ya estaba en pleno desarrollo.

La crónica de aquella jornada expone, en primer lugar, lo encarnizado de la violencia política. El día previo a la asonada militar dejó un reguero de sangre y un conteo de víctimas interminable: hombres y mujeres acribillados, policías asesinados, enfrentamientos entre grupos armados, bombas. No había tiempo para consignar, en cada caso, si los victimarios eran de derecha (la triple A) o de izquierda (la guerrilla).

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El arco político estaba entregado. “La desembocadura militar es irreversible”, sostenía el radical Ricardo Balbín. Oscar Alende, respetado líder del Partido Intransigente, hizo uso de la cadena nacional ese martes para proponer un plan de unidad nacional de nueve puntos. “Podemos poner de pie al país en dos años”, aseguraba. Pero ya no había margen para maniobrar en ese sentido. Fue, apenas, la expresión de deseos de un hombre honesto que la historia pronto olvidó.

En Tucumán, Amado Juri estaba al tanto de la “inminente definición”, como tituló LA GACETA la edición del día siguiente. No sorprendió entonces que el Gobernador suspendiera la agenda que tenía prevista en el interior de la provincia, a la espera del desenlace.

Atilio Santillán

Pero el golpe en ciernes no era el único tema del que hablaban los tucumanos. Los restos de Atilio Santillán, secretario general de Fotia asesinado el día antes en Buenos Aires, llegaron el 23 para ser velados en la sede del gremio. Desde allí fueron trasladados a Bella Vista, donde se realizó el sepelio en medio de una manifestación popular regada de explícitas muestras de congoja.

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Mientras caía la tarde, las Fuerzas Armadas iniciaban las operaciones. Pasadas las 21, en ciudades como La Plata, Córdoba, Rosario y Mendoza ya se apreciaba el despliegue de efectivos militares en las calles. Antes de la medianoche había tanques circulando. El primero que actuó fue Victorio Calabró, gobernador de la Provincia de Buenos Aires, al avisarles a los intendentes que entregaran las sedes comunales a los militares sin oponer resistencia. A la vez, empezaban a practicarse las primeras detenciones, sobre todo de dirigentes gremiales.

Fue un día tenso, signado por la incertidumbre. La ciudadanía, expectante, apelaba a la radio (sólo existía la transmisión en AM) y a los informativos nocturnos de TV en procura de noticias. La medianoche, 24 de marzo de 1976, fue la hora señalada en la Argentina.

Producción periodística: Guillermo Monti