A lo largo de 10 años, María Lobo fue pensando, escribiendo y catalogando ideas; en especial, preguntas que le surgían a medida que avanzaba con infinidad de lecturas. El resultado es “Tierra acostumbrada”, un salto de la novela al ensayo, al que define como una larga conversación epistolar con América Latina. En esta entrevista, la escritora tucumana habla de ese extenso proceso de escritura, de los desafíos que sorteó y de algunos conceptos que cruzan su obra. Por ejemplo, la importancia de imaginar territorios nuevos, distintos, en el ejercicio literario.

- ¿En qué punto sentiste necesario escribir este ensayo?

- Hace unos días, en una conversación para la revista Lino, Marito Lavaisse me contaba que el nombre de la publicación viene de “Libros del Norte”, pero que ellos no lo dicen en ninguna parte para no autosabotearse. Me decía Marito: “ya sabemos cómo se lee eso desde el centro”, “como cosita menor”. Hablaba también de las marcaciones de inferioridad que, piensa él, alcanzan a la lengua y que, me decía, nos hacen sentir a las y los provincianos como si habláramos una “lengua fallada”. Le decía yo a Marito que mi escritura inicialmente estuvo atravesada por alguna sensación muy parecida a esa, un péndulo entre el enojo y la incomodidad. Pero después pasaron tantos años y tantas lecturas que esa incomodidad, a su vez, se fue desacomodando. Y en un punto aparecieron nuevas perspectivas. Empecé a pensar, por ejemplo, que en la escritura del territorio lo que está en juego son las ideas. Y no el lugar donde hemos nacido. Pienso que no se trata de porteños o provincianos. En el sentido de que se puede haber nacido en una provincia y aun así escribir obras que abonan esta idea de que la provincia es un espacio de atraso, peligroso, inquietante, inferior. Empecé a prestarle atención a una conversación que, me parece, sucede entre unas obras que suscriben a esta idea, y otra literatura del territorio que escribe a la provincia desde su urbanidad compleja. Intento conversar con esa otra literatura, la que piensa a las provincias como ciudades a media altura. Porque pienso que, quizá, aquellas obras que siguen escribiendo a la provincia como si estuviéramos en 1838 son funcionales a un proyecto de país interesado en seguir perpetuando un estado de cosas hasta el infinito.

Un ensayo de María Lobo: “Tierra acostumbrada” se presenta esta tarde en la librería Cúspide

- ¿Y cuál fue ese punto de partida que te movió a pensar a América Latina hoy?

- En esa idea de conversar con las obras que se detienen en las ciudades a media altura, fue sedimentando un proyecto de escritura que siempre tuvo el centro en la provincianía, pensar algunas ideas sobre la existencia del adjetivo provinciano, los modos de habitar los territorios no-centrales. Como no se piensa si no es a través de la lectura de otros autores y autoras que han indagado en las ideas que nos interesa, durante todos estos años no hice más que leer ficciones y ensayos en torno al territorio. Y fue en ese ejercicio donde las fronteras de la provincia se abrieron. Y apareció América Latina como un espacio más amplio, de continuidades, en el sentido de que, a medida que avanzaba en las lecturas, esa manera de pensar a las provincias, para volver a lo de Marito, “como cosita menor”, no parecía exclusiva de nuestro país, sino que se mudaba cómodamente también hacia otros espacios. Podría decir que las fronteras para pensar las fronteras se expandieron. Empecé a conversar con ideas que vinieron de distintos ámbitos, por ejemplo desde la Historia, que trajo la idea de la ciudad como el plan de la Conquista para expandir el capitalismo, o desde el ámbito de la Arquitectura, con la noción de las ciudades continuas.

Se presenta la novela “Ciudad, 1951”, de María Lobo

- ¿Cómo afrontaste ese desafío de abordar grandes temas de un continente tan vasto? ¿Cuáles son los hilos que conducen del Caribe a la Patagonia?

- “Tierra acostumbrada” es un libro breve, pero fue escribiéndose durante diez años. Ese contraste, supongo, habla de la dificultad de su escritura. Tu pregunta me hace pensar en que quizá lo más complejo estuvo precisamente, o quizá, en esos nudos. Encontrar hilos, abordar grandes temas. En efecto, los textos originales del libro buscaban hilos y estaban escritos desde el lugar de “enfrentar” los temas. Y eso implicaba un tono de sentencia que me incomodaba muchísimo. Fue a partir del trabajo que hicimos con Edgardo Scott que pude soltar los hilos y me convencí de que no había necesidad de enfrentar nada. Yo tenía toda una serie de ensayos extensos que intentaban señalar lo arbitrario que puede resultar abordar el territorio tierra adentro desde el imaginario de orden que identifica a la provincia como el espacio del atraso, ¿cómo no iba a ser incómodo situarme en el lugar de la afirmación? ¿Ese señalamiento no era también, acaso, arbitrario? Cuando pude hacerme estas preguntas, la escritura soltó los hilos y cedió el peso de los grandes temas. Y pude moverme del tono de la sentencia hacia lo que María Negroni imagina como la zona del pensamiento desde la lírica, la estructura melancólica que no se propone más que interponer alguna falla en las coherencias. Abandoné la idea de que había que dejar grandes ideas o conceptos. Me abracé a las preguntas. Por eso el libro está escrito como una larga conversación epistolar con América Latina. Porque no funda ni trae certezas. Sólo preguntas, elegías.

PORTADA. El libro fue editado por el Fondo de Cultura Económica.

- Hablando del título y de América Latina; ¿a qué pensás que está acostumbrada esta tierra?

- El libro está estructurado en dos partes. Una primera zona que intenta abrir las preguntas y una segunda, propositiva, que aborda la obra de autores y autoras que han escrito sobre el territorio. Esa primera parte gira en torno a aquellos libros que se escriben desde el imaginario que, aunque han corrido los siglos desde la aparición de “El matadero”, sigue describiendo a la provincia como un territorio rural y que identifican a lo rural con el atraso y con la amenaza inquietante de lo salvaje o como un lugar donde no hay oportunidades. En algún pasaje me pregunto si suscribir a ese mandato es imaginar. Si la Historia ha instalado que la provincia es ese lugar de atraso y peligro e inferior en oportunidades, me pregunto qué es lo que hacemos las autoras y los autores cuando escribimos que, una vez que cruzamos la frontera, ya no se puede respirar o que, tierra adentro, los vientos nos arrasan. O que alguien que busca oportunidades se tiene que ir a la capital, ¿oportunidades de qué tipo? ¿Qué es lo que faltaría aquí? Me pregunto qué es lo que hacemos cuando nuestros personajes van a morir justo después de cruzar la frontera. Me pregunto si eso no es hacerle caso al mandato de la Historia. Me pregunto si nos hemos acostumbrado a pronunciar las palabras de ese mandato. Me pregunto si nos habremos acostumbrado a perder la libertad de pensar otras formas de territorios. Me pregunto si, acaso, nos hemos acostumbrado a no pensar en el peso histórico de las ideas y de las palabras que usamos. Si nos hemos acostumbrado a no leer lo que leemos. A no leer lo que escribimos.

Citas de lectura: “Al abrir un libro espero hallar sabiduría”, dice María Lobo

- La cuestión del territorio -las ciudades, la ruralidad- cruza el ensayo y también es un tema en tu obra de ficción. ¿Cuál es tu interés particular sobre este punto?

- El territorio y la provincianía han sido los temas sobre los que he intentado rodear algunas preguntas. Quizá más solapadamente en los primeros libros. Pero desde “El interior afuera” y luego con “Ciudad, 1951”, el territorio de la provincia fue una cuestión central. En junio se publica mi nueva novela, “El efecto peculiar”, que supongo viene a cerrar una trilogía en torno a las ciudades de media altura, las provincias como ciudades atravesadas por la cultura del capital en una escala particular, de desplazamientos. Nunca pensé en otra cosa más que en abrir preguntas sobre las formas en que pensamos nuestro territorio. Y también sobre los modos en que opera silenciosamente el capital en estos espacios. Ese es mi interés. Como lo conversábamos recién, mi territorio de lecturas se alimentó de las obras que ya se hicieron estas preguntas. Y si alguna idea me ha quedado de esas lecturas es la de que, tal vez, las aproximaciones al territorio que más necesitamos son aquellas que no se arrogan la representación de ningún espacio. Nada me resulta menos interesante que un autor o una autora que se propone hablar de una provincia para “representarla” o para que los lectores se identifiquen en una tonada o en un paisaje. Nada me resulta más arrogante que proponerse como proyecto artístico la representación de un lugar. Proponerse ser la voz de una provincia, como si tal cosa fuera posible. Diría que, más bien, tal vez necesitamos lo contrario. Obras que se escriban desde la idea de no representar nada. Sino imaginar territorios nuevos, distintos. Escribir lugares posibles y que las personas se encuentren a sí mismas en ese lugar no porque ese lugar parece muy real, sino precisamente porque no existe. Tal vez seríamos diferentes. Imaginándonos en lugares que sólo existen en los libros.

- ¿Por ejemplo?

- Tucumán ha sido extensamente, intensamente, bellamente escrita en el pasado y en el presente. Y cuando leemos esas escrituras pasadas y presentes, siempre podemos encontrar nuevos territorios imaginados. Ciudades distintas. Así tenemos una provincia de Tucumán oscura y opresiva desde una Elvira Orphée decepcionada y enojada, y una ciudad otra, urbana, intensa, intelectual, a partir de la mirada de Eduardo Rosenzvaig. Por poner sólo dos ejemplos. Si nos mudamos al presente, esta es una provincia que se sigue escribiendo y repensando desde las voces de muchísimos autores y autoras que se integran a esas conversaciones. Aparece la voz de Santiago Nader en esa maravillosa obra de teatro que se llama “Mi hermano y el puma” y que traza una Tucumán que se desplaza y da lugar a las tragedias humanas que no necesitan de un territorio para extenderse como una gangrena.

- El texto le habla de tu a tu a América Latina, la llena de preguntas y de reflexiones. ¿Cuáles son las respuestas que fuiste encontrando?

- Como te decía recién, “Tierra acostumbrada” se dejó escribir cuando abracé las preguntas. En ese sentido, su tuviera que quedarme con alguna, elegiría una pregunta que no escribí yo sino Nicolás Hochman, mi editor en Fondo de Cultura, cuando planteó el texto de la contratapa. Nicolás dejó una pregunta muy hermosa, en realidad son dos: ¿de qué modo las historias que repetimos moldean la forma en que vemos a nuestra región? ¿Qué pasaría si empezáramos a narrarnos de otra manera? Que son los interrogantes que recuperamos para el booktrailer del libro, y que amorosamente hilvanó Álvaro Simón Padrós con las imágenes de Wim Wenders, sobre quien intenté pensar algunas ideas en el ensayo que cierra el libro.

- Como apuntás en los agradecimientos, el libro no habría sido posible sin los libros y artículos que le aportaron infinitas perspectivas. ¿Cómo fue el proceso de selección de ese material? ¿Qué criterios adoptaste?

- Fueron más de diez años de lecturas, de escritura, de reescrituras. Pero lo que nunca estuvo en duda fue el lugar que tenían que ocupar las obras que pensaron el territorio y que dejaron ideas muy poderosas para seguir imaginando. Hablábamos recién de la arrogancia. Es una tarea, la de escapar de la arrogancia. Difícil. Por eso aparecen por ahí autores y autoras que, aunque hay toda una tradición de escritura detrás y a la par de las ideas que ellas y ellos piensan, se animan a decir que esas ideas les pertenecen. La soberbia de decir que escribimos Tucumán por primera vez. Pienso, humildemente, que una forma de salir de esa trampa es quizá reconocerse en deuda con las lecturas pasadas, las ideas de otras y otros. Dejar bien asentada esa deuda, por escrito. Por eso, el criterio fue siempre dar a esas otras voces el lugar más central posible. Nombrarlas desde la admiración, desde el respeto.

- ¿Dónde y cómo percibís que aparece la novelista en “Tierra acostumbrada”?

- En esa premisa de escritura. La premisa de las preguntas.