En la plaza San Martín, entre senderos transitados, juegos infantiles y bancos gastados por el sol, crece un árbol que no está ahí por casualidad. Tiene seis años, ya floreció cuatro veces y, como dice Alba Herrera Pesoa, es un “digno hijo” de un ejemplar notable de la ciudad. Pero su historia es mucho más íntima.
“Desde hace algunos años planto árboles en memoria de mi bebé”, contó, con una mezcla de serenidad y emoción. En 2018 recolectó semillas de un palo borracho -una ceiba speciosa- y comenzó a germinarlas en silencio, como quien cuida algo más que una planta.
Un año después, en agosto de 2019 y con los permisos correspondientes, plantó uno de esos retoños en el sector de los merenderos de la plaza, donde por las tardes se reúnen familias y chicos a jugar, muchas veces con poca sombra.
Antes, en ese lugar, había un jacarandá añoso que había caído. Intentaron reemplazarlo con una tipa blanca, pero fue dañada. El árbol de Alba, en cambio, creció rápido. Hoy supera la altura de los juegos cercanos y estalla en flores rosadas que captan la atención de quienes cruzan la plaza sin conocer su historia.
Su caso resume, en pequeña escala, lo que ocurre con los llamados árboles notables. Porque no son sólo especies, sino que son recuerdos plantados, historias que crecen con los años y puntos de referencia emocional para quienes habitan la ciudad.
Qué hace “notable” a un árbol
En San Miguel de Tucumán, un árbol se vuelve “notable” por múltiples razones como su longevidad, su porte imponente, su valor ecológico o el vínculo afectivo que construye con la comunidad.
“Los hace especiales su longevidad, belleza, importancia ecológica y el sentimiento que despiertan en los ciudadanos”, explicó Alba, que además es viverista.
Algunos se destacan también por sus características botánicas o por las historias que los rodean. Entre ellos aparecen especies como el ibirá pitá, el palo borracho, el lapacho blanco, el eucalipto limón o el churqui. Muchas lograron adaptarse sin dificultad al clima tucumano, especialmente aquellas provenientes de regiones subtropicales como el Chaco o la selva paranaense.
Su presencia no es sólo ornamental. Durante la floración, tiñen calles y plazas de rosa, amarillo o blanco y transforman el paisaje urbano en un espectáculo estacional.
“El ibirá pitá, los palos borrachos, los lapachos y el churqui brindan una floración que es una gran fuente de alimento para polinizadores”, detalló la viverista. En el caso del churqui, además, su perfume dulce puede percibirse a varios metros, especialmente en las tardes cálidas, lo que lo convierte en uno de los árboles más singulares del entorno urbano.
Una tradición con más de 20 años
La figura del “árbol notable” no es casual. Está respaldada por una ordenanza municipal sancionada en 2002, que creó la elección anual del Árbol Notable del Año con el objetivo de reconocer ejemplares significativos del patrimonio urbano.
El proceso combina criterios técnicos con participación ciudadana. La Municipalidad organiza la elección junto con la Sociedad Amigos del Árbol, que realiza una preselección de especies candidatas.
Tras la caída del gomero: solicitan informes sobre el estado de los "Árboles Notables" de la capitalCon el paso del tiempo, algunos aspectos de la iniciativa fueron cambiando, ya que en los comienzos había escuelas que recibían pequeños ejemplares del árbol elegido que plantaban en sus instituciones. “Hoy sí se invita a las escuelas a participar de la actividad, pero ya no se entregan plantines”, explicó Luciano Chincarini, titular de Servicios Públicos de la Capital.
Sobre la posibilidad de entregar retoños, Chincarini aclaró que existen limitaciones técnicas. “No siempre se pueden reproducir los árboles mediante esquejes. Hay especies que se reproducen por semilla y eso dificulta la entrega”, indicó. Y agregó: “Los esquejes suelen tener sistemas radiculares débiles; por eso se prefiere la reproducción desde semilla, que permite un mejor anclaje y desarrollo”.
Una organización clave
La Sociedad Amigos del Árbol, que este año cumplió 70 años, es una de las instituciones que sostiene este trabajo a lo largo del tiempo.
Fundada el 12 de enero de 1956 en San Miguel de Tucumán, surgió en un contexto donde la preocupación ambiental era casi inexistente, impulsada por la necesidad de frenar la explotación irracional de los bosques nativos. Hoy, su mirada está puesta en el arbolado urbano. “El árbol en la ciudad no es sólo un elemento decorativo: es parte de la calidad de vida”, resumió su presidente, Pedro Buiatti, en el marco del aniversario.
La organización mantiene un rol activo debido a que asesora a vecinos, recibe consultas y participa en procesos de selección y protección de ejemplares.
Además, impulsa conceptos como el “reverdecimiento” y la “renaturalización” de las ciudades, en línea con los desafíos del cambio climático.
A pesar de su valor, actualmente los árboles enfrentan múltiples riesgos. Las obras urbanas, muchas veces, no contemplan su presencia. “No se planifica teniendo en cuenta la preexistencia del árbol”, advirtió Buiatti, al recordar casos como el del ibirá pitá de Salta y Marcos Paz, que debió ser preservado para evitar su extracción.
A esto se suman intervenciones inadecuadas. “Una intervención mal hecha puede restar años de vida, comprometer su salud y volverlos más vulnerables a enfermedades o a eventos climáticos”, enumeró Buiatti.
En este contexto, los concejales Gustavo Cobos y José María Canelada impulsan medidas para relevar el estado del arbolado notable. “Pedimos la nómina íntegra y pública de los árboles notables, con su ubicación y estado”, señaló Cobos.
El objetivo es contar con información clara sobre su condición sanitaria y posibles riesgos. “Tenemos que saber si están enfermos o si presentan peligro de caída”, insistió.
Los árboles que frenan al río: el plan de un científico tucumano para evitar inundacionesLa preocupación creció tras la caída del histórico gomero del parque Avellaneda. “No perdimos sólo un árbol que daba sombra. Perdimos un testigo de la memoria y la historia de Tucumán”, afirmó, y advirtió: “Si no intervenimos a tiempo, vamos a seguir lamentando pérdidas como esta”.
Por qué importan
Más allá de su valor simbólico, los árboles cumplen funciones esenciales en la vida urbana. “El arbolado impacta directamente en la calidad de vida y en la temperatura de la ciudad”, remarcó Cobos.
Su presencia reduce el efecto de isla de calor, mejora la calidad del aire y sostiene la biodiversidad. Pero también construye identidad. “Cuando estos árboles desaparecen, recién empezamos a valorar lo que significaban”, reflexionó.
Por eso, especialistas insisten en que el primer paso para cuidarlos. “Porque al conocer podemos valorar, y así conservar nuestra biodiversidad”, sostuvo por su parte Alba.
En la plaza San Martín, mientras tanto, el árbol que ella plantó sigue creciendo. Sus ramas todavía son jóvenes, pero ya ofrecen sombra. Porque cada árbol que se planta hoy puede convertirse, con el tiempo, en parte de la memoria viva de la ciudad. En un testigo silencioso de historias que todavía no ocurrieron.