En la Fundación Miguel Lillo la ciencia suele avanzar con pasos pacientes, casi silenciosos. Pero esta vez el horizonte es otro, ya que no se trata de mejorar cultivos en suelos áridos o de entender cómo una planta resiste condiciones adversas en la Tierra. La pregunta es más audaz: ¿puede la quinoa crecer en la Luna o en Marte? Embarcados en esta fascinante propuesta están el doctor Juan González, la doctora María Inés Mercado -especialista en morfología vegetal- y el licenciado Sebastián Buedo, integrantes de la red internacional liderada por Pamela Such Stelzer.
“El lema de la UNT dice Pedes in terra ad sidera visus (los pies en la tierra y la mirada en el cielo). Creo que acá se concreta”, resume González. Detrás de la afirmación hay décadas de trabajo acumulado en la Fundación, iniciado con estudios básicos y que luego se expandieron hacia la agronomía en colaboración con el INTA. “Se han cumplido las dos etapas principales: el conocimiento experimental y el agronómico. Todo eso generó un corpus que, unido a la red internacional que armó Pamela, nos proyecta al espacio”, explica González.
Durante años, la quinoa fue estudiada como una alternativa frente a contextos adversos. Por ejemplo, apenas entre 15 y 20 especies sostienen la base alimentaria global, y su dependencia resulta cada vez más riesgosa. El cambio climático, con sus alteraciones en los regímenes de lluvia, temperatura y radiación, empuja a buscar nuevos cultivos capaces de adaptarse. “Nos hemos vuelto prisioneros de esas pocas especies -advierte González-. Y la variación climática viene a decirnos que quizás ya no van a funcionar como antes”.
En ese contexto, la quinoa emergió como una candidata ideal. Su capacidad de adaptación y su alto valor nutricional la convirtieron en objeto de misiones internacionales. Hubo ensayos en Egipto y Marruecos, donde las condiciones parecían imposibles. “Muchos decían que no iba a crecer en esos suelos, sin embargo creció”, recuerda.
“Ya hemos probado condiciones extraplanetarias para ver cómo resistían los granos. Por ejemplo, simulamos lo que ocurriría si una semilla quedara expuesta dentro de una nave espacial”, apunta Mercado. Los resultados fueron sorprendentes. Las semillas fueron sometidas a alto vacío, temperaturas bajo cero y radiación solar intensa. Aun así, conservaron su viabilidad. “Eso significa que, incluso después de haber pasado por esas condiciones extremas, la semilla puede germinar”, explica.
En ese proceso, el aporte de la Fundación es específico y fundamental. “Nosotros trabajamos desde el punto de vista ecológico y fisiológico -agrega Mercado-. Estudiamos cómo la planta toma agua, cómo se alimenta, cómo crece, qué radiación necesita y hasta qué punto puede soportar condiciones de estrés”.
Buedo, que trabaja directamente con quinoa, subraya otra de las virtudes de la planta: su capacidad de mantener la calidad del grano incluso en condiciones adversas. “A pesar de situaciones estresantes, se puede seguir cosechando un producto de buena calidad nutricional”, afirma. Ese atributo resulta clave si se piensa en misiones espaciales de larga duración, donde los recursos son limitados y cada cultivo debe ser eficiente.
La historia de la quinoa, en este sentido, parece condensar un ciclo poco habitual. “Hemos hecho el camino al revés -reflexiona González-. Primero investigamos en profundidad, desde el laboratorio, rescatando variedades locales, estudiándolas en invernadero, llevándolas al campo, probándolas en condiciones extremas como las de Egipto... Y recién después avanzamos hacia nuevas aplicaciones”. Mientras, en Tucumán, los investigadores siguen trabajando con la misma lógica. Con los pies en la tierra, pero con la mirada puesta -cada vez más- en el cielo