Daniel Medina*

Cuando estaba por terminar el secundario yo no estaba muy seguro de qué estudiar. Oscilaba entre Historia, Letras y Periodismo. Lo único que sabía con certeza era que quería formar parte de un mundo hecho de libros, palabras e historias.

Yo era —y sigo siendo— alguien capaz de disfrutar casi cualquier artefacto construido con palabras: novelas, cuentos, crónicas, stand up, tuits y hasta los chistes de los chicles Bazooka. Pero también cualquier lugar donde se cuenten historias: el cine, el teatro, las marionetas, cómics, los videojuegos, incluso las publicidades.

Si bien en algún momento escribí guiones de historietas y de cortometrajes, básicamente soy alguien que escribe novelas y cuentos. Y, sobre todo, crónicas y notas periodísticas. De hecho, cuando terminé el secundario estudié periodismo.

Y después de estudiar periodismo, estudié Letras.

Pero no terminé. Nunca presenté la tesis.

No vengo a hablar de por qué nunca presenté esa tesis. Esa charla quedará para mi psicóloga o para mi tarotista. Pero sí creo que puedo decirles algo sobre aprovechar esta universidad.

Así que hoy, como fracasado estudiante de Letras, vengo a soltar algunos consejos.

Primero quiero dirigirme a quienes vinieron acá porque quieren escribir ficción.

Están en el lugar equivocado.

Pero no hace falta que se vayan: porque todos los lugares son equivocados.

No existe una institución que construya escritores. Algunos espacios dan más herramientas, otros las dan más rápido, pero ninguna trayectoria es recta y ningún espacio educativo es completo. La literatura no funciona así. Cada escritor termina armando su propio recorrido, con lo que encuentra, con lo que aprende y también con lo que le falta.

Ahora quiero hablarles a quienes están acá porque aman la lectura y porque, además, sueñan con ser profesores.

A ustedes van estos consejos.

Es probable que en algún momento alguno de ustedes se sienta más inteligente que sus profesores. Puede ser que lo sean. Pero hay algo que casi seguro no va a pasar: no pueden ser más leídos que sus profesores.

Ustedes están acá para absorber el conocimiento que brindan personas que llevan veinte, treinta o cuarenta años leyendo y estudiando.

Internet nos acostumbró a una lógica peligrosa: los algoritmos nos muestran solamente aquello que ya se parece a lo que nos gusta. Así construimos una burbuja muy cómoda… pero muy limitada.

La universidad debería ser exactamente lo contrario. Un lugar para romper esa lógica. Para ir a contrapelo de nuestros gustos. Para leer cosas que no elegiríamos por nuestra cuenta. Para aventurarnos en mares desconocidos.

Recuerdo que cuando yo era estudiante hubo un año en que el centro de estudiantes impulsó una iniciativa para que los alumnos opinaran y tuvieran poder de decisión sobre los contenidos de las materias.

Por suerte fracasó.

Supongo que todos los que han leído algunos libros de literatura argentina sienten la tentación de decirle al profesor qué autores deberían estar en el programa y cuáles no. Pero hay que confiar en los profesores.

Todo recorte va a parecer injusto. Y lo es. Pero también es inevitable.

No se pueden estudiar doscientos años de literatura de un país en un cuatrimestre. Ni siquiera se puede leer bien a Borges en un año.

La universidad está llena de pantallazos, aproximaciones, mapas incompletos. Siempre van a quedar huecos. Y cada uno tendrá que llenarlos por su cuenta.

Pero en ese camino también ocurre algo hermoso: uno descubre autores que ni siquiera sabía que existían. O, peor todavía, autores a los que uno despreciaba sin haberlos leído.

Yo, por ejemplo, detestaba a Sarmiento. Sin motivos. Lo odiaba visceralmente.

Sin embargo, leer Recuerdos de provincia fue una de las mejores cosas que me pasó.

Lo mismo me ocurrió con Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla.

O con el teatro de Discépolo. Muchos de esos escritores de ficción me enseñaron a mirar de otra manera y, por ende, a ser un mejor periodista.

Por eso creo que la soberbia no es una buena compañera en esta etapa de sus vidas.

Este es el momento de absorber.

Algunos de los que hoy están sentados en esta aula se convertirán en críticos. Yo, antes de entrar a la universidad, detestaba a los críticos. Repetía una frase que escuché en un programa de Jorge Lanata (2) cuando estaba en el secundario: “los críticos son como los eunucos, gente que sabe hacer bien eso que no puede hacer”. Pero en la universidad entendí que las reseñas de libros, la crítica de cine o los ensayos son una forma muy refinada de arte. Un buen crítico no se limita a opinar: ve lo que otros no ven. Descubre sentidos ocultos, ilumina detalles, abre caminos de lectura. Gracias a muchos grandes críticos y escritores comprendí que leer un libro —o leer las imágenes de una película— puede ser también un acto creativo. Un arte en sí mismo. Fue en la universidad donde vencí ese gran prejuicio.

De las profesoras —y de los profesores— hay que aprender, sobre todo, ese amor inconmensurable por los libros y por la lengua.

Yo tuve profesoras extraordinarias. Recuerdo a una que entró al aula llorando cuando se enteró de que había muerto Saer. Y otras —como Elena Altuna o Alicia Chibán— irradiaban tanto conocimiento que uno quería acercarse para ver si, por ósmosis, se le pegaba algo de esa sabiduría. Y así como el poeta Fernando Pessoa escribió alguna vez: “Mi patria es la lengua portuguesa”, estoy seguro de que la profe Lilila podría haber dicho “Mi patria es la lengua castellana”. Y lo hubiera dicho completamente en serio.

A los futuros profesores les diría, entonces, algo simple: traten de transmitir esa pasión.

No será fácil. (1)

Probablemente se enfrenten a aulas donde no todos aman leer. Y menos todavía ahora, en un mundo donde la literatura parece ir a contrapelo de todo lo que nos rodea: la velocidad, la inmediatez, la ansiedad de las redes sociales, la lógica de lo fácil.

Vivimos en un tiempo extraño, en el que la cultura del esfuerzo ha sido reemplazada por la cultura de la visibilidad. (3)

Y para eso la literatura puede ser un antídoto. Porque la literatura es lenta, obstinada. Y sin embargo resiste.

Les dejo un último consejo: busquen equilibrio.

Conozco profesoras que solo leen autores clásicos, como si estar muerto fuera un requisito para ser considerado escritor. Y también conozco gente que solo lee autores jóvenes contemporáneos, como si la literatura hubiera empezado hace diez años.

Ninguno de los dos caminos alcanza. Hay que ser lectores omnívoros y prestar atención tanto a lo nuevo como a lo viejo.

Porque la literatura es, en el fondo, una conversación enorme que atraviesa siglos (4).

Y ahora ustedes —los que están sentados en estas aulas— acaban de entrar en esa conversación.

Tal vez alguno de ustedes escriba un libro. Tal vez otro enseñe literatura durante cuarenta años. Tal vez alguien descubra un autor que cambie su vida.

No es poco.

Porque al final, cuando todo lo demás pasa —las modas, los algoritmos, las redes— lo único que queda son las historias que seguimos leyendo.

Porque mientras todo alrededor nos empuja a producir rápido, a consumir rápido, a olvidar rápido, la literatura sigue haciendo exactamente lo contrario: nos obliga a detenernos. A leer despacio. A pensar. A imaginar.

Y cada vez que alguien abre un libro (5) —en una biblioteca, en una escuela, en una casa— esa conversación vuelve a empezar.


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(1)He tenido compañeras de Letras que, antes de empezar a dar clases, soñaban con emular al profesor de Robin Williams en La sociedad de los poetas muertos. Pero al final del cuatrimestre, abatidas —oh captain, my captain—, terminaban empatizando más con los métodos pedagógicos de la Tronchatoro. Pero, por favor, ustedes no tiren la toalla. Siempre quedarán un par de alumnos que las recordarán con admiración, incluso décadas después.

(2)El programa Día D fue contestatario en los años noventa, un espacio de resistencia frente al menemismo. Pero el tiempo lo erosiona todo, y Jorge Lanata mutó. Lo mismo ocurrió con otras figuras y espacios que en su momento parecían subversivos: Mario Pergolini, MTV… y la lista sigue.

(3)Isabel Coixet usa este concepto para hablar de la decadencia del cine actual, más pensado para las alfombras rojas.

(4)Esto que voy a decir puede parecer tonto —entre otras cosas, porque lo es—, pero en Salta el diálogo a través del tiempo ocurre poco. El manifiesto de La Carpa lo deja ver con una frase contundente: “Tenemos conciencia de que en esta parte del país la Poesía comienza con nosotros”. Con esa declaración, aquellos jóvenes ningunearon a Juan Carlos Dávalos, como si nunca hubiera existido. Y sospecho que, desde entonces, el ninguneo forma parte del ADN del campo cultural: cada grupo cree que la literatura empieza y termina en sí mismo. De ahí la importancia de los profesores: hacer dialogar libros que ni sus propios autores estarían dispuestos a cruzar.

(5)Me quedé con ganas de decir unas palabras más a quienes quieren ser escritores; después de leer esto, varios me pidieron consejos. Podría ser un libro aparte. Pero, en este pie de página tardío, van un par: no deseen ser escritores; reformulen el deseo. Sueñen con escribir. “Ser escritor” tiene algo de pose, de etiqueta prestigiosa —(risas)— en ciertos ámbitos, y además depende de que otros decidan concederla o no. Lo importante es escribir: una o dos horas todos los días. Parece fácil y no lo es, porque tal vez —quizá lo más probable— nada de lo que escriban se publique; o, si se publica, lo leerán quince o veinte personas y hasta reciba críticas despiadadas. Por eso, lo que tiene que gustarles es escribir, y proteger esa pasión de todos, especialmente de los seres queridos. Con los años, nadie entenderá muy bien por qué siguen levantándose a las cinco de la mañana para batallar con una hoja en blanco, si eso no da plata ni prestigio. Pero uno escribe porque no puede dejar de hacerlo. En los mejores días, como un niño con sus juguetes. En los peores, como un adicto que necesita, con desesperación, golpear las teclas. Lo importante —no me canso de repetirlo— es escribir.

Sobre el autor


* Daniel Medina nació en Metán, Salta, el 11 de noviembre de 1981. Estudió Ciencias de la Comunicación y Letras. Trabaja, desde los 18 años, en distintos medios de comunicación. Realizó talleres de cine y guion con Alejandro Arroz y Lucrecia Martel, entre otros, y de crítica de cine con Claudio Huck. Dirigió y escribió guiones de varios cortometrajes. En 2013 participó de la antología de crónicas A 26 manos, editada por el semanario Cuarto Poder. En 2014 publicó el libro de cuentos Oparricidios a través de la editorial jujeña Intravenosa, y en 2018 la novela Detrás de las imágenes, con la editorial Nudista. Fue jurado del concurso provincial de cuentos organizado por la Cámara de Diputados de Salta en 2015, y también del concurso de la misma categoría de la Universidad Nacional de Salta en 2018. En 2017 obtuvo la Beca Nacional de Creación, otorgada por el Fondo Nacional de las Artes. En 2023 uno de sus cuentos fue seleccionado para la antología Modus Operandi. Policial contemporáneo argentino, publicada por Falta Envido Ediciones. En 2024, de la mano de Editorial Nudista, publicó la novela La felicidad de los normales.