Un adolescente entra armado a la escuela. Dispara. Un alumno muere y otros resultan heridos. La escena, que remite de inmediato a tragedias que durante años parecían lejanas y propias de otros países, ocurrió en un establecimiento de Santa Fe. El hecho, que según los primeros testimonios podría haber sido planificado y estar vinculado a situaciones de acoso escolar, dejó a toda la comunidad en estado de shock.

No se trata de algo frecuente en la Argentina. El antecedente más grave sigue siendo la masacre de Carmen de Patagones, ocurrida hace 22 años, ocasión en la que murieron tres estudiantes. Sin embargo, el episodio reciente reabre un debate incómodo y necesario: ¿estamos frente a un caso aislado o ante una señal de alerta sobre lo que ocurre en las escuelas?

Para los especialistas, lo sucedido no puede leerse como un suceso excepcional. “Lejos de ser un episodio aislado, estos acontecimientos nos interpelan a todos. Vivimos en una época donde la violencia, en sus distintas formas, se vuelve cada vez más visible y, en muchos casos, naturalizada”, advierte la psicóloga Cecilia López. En el ámbito escolar, agrega, esto se traduce en vínculos frágiles, dificultades para gestionar emociones intensas, baja tolerancia a la frustración y, en algunos casos, expresiones de agresividad que preocupan, remarcó.

Señales que no se ven

Una de las preguntas que aparece inevitablemente tras una tragedia de este tipo es qué falló antes. ¿Había señales? ¿Se podría haber evitado?

Los especialistas coinciden en que ninguna conducta violenta aparece de un día para el otro. Según López, existen indicadores previos que pueden ayudar a intervenir a tiempo: aislamiento social, cambios bruscos en el estado de ánimo, retraimiento, enojo persistente, dificultad para expresar lo que se siente, antecedentes de violencia -ya sea como víctimas o testigos- e incluso manifestaciones verbales o simbólicas relacionadas con el daño hacia otros o hacia sí mismos.

A estos signos se suman otros indicadores vinculados a la salud mental: caída del rendimiento académico, pérdida de vínculos sociales, exclusión, autolesiones o un cambio marcado en la conducta habitual, enumera la magíster en Acoso Escolar, Agustina Cosentini.

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Sin embargo, detectarlos no siempre es sencillo. En la adolescencia, el sufrimiento suele ocultarse. A diferencia de los niños, los adolescentes tienden a replegarse, a no expresar lo que les ocurre o a sentir vergüenza de hacerlo.

Muchas veces, incluso, quienes atraviesan situaciones de acoso no logran identificar que están siendo víctimas o no se animan a contarlo por miedo, vergüenza o para no preocupar a sus familias. De allí la importancia de que existan adultos disponibles, atentos y capaces de leer entre líneas, señalaron.

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¿Hay más violencia en las escuelas? Los expertos reconocen que sí. Y Tucumán no es la excepción. Profesionales de distintas áreas intervienen cada vez con mayor frecuencia en situaciones de acoso escolar, conflictos de convivencia y problemáticas vinculadas a la salud mental de niños y adolescentes, remarcaron. En ese contexto, el caso de Santa Fe obliga a mirar más allá del hecho puntual y a preguntarse qué está pasando en los entornos educativos y sociales.

El bullying aparece rápidamente como explicación. Sin embargo, las especialistas advierten que reducir estos episodios a una sola causa es simplificar una problemática compleja.

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La psicóloga Silvina Cohen Imach sostiene que el acoso escolar es hoy uno de los síntomas más graves en la infancia y la adolescencia, ya que genera baja autoestima, inseguridad, frustración, impotencia y enojo. Pero no es el único factor en juego.

Cosentini plantea que el bullying no es el único problema, aunque sí uno muy relevante. Según explica, para que una situación llegue a ese punto hubo múltiples instancias previas que no fueron detectadas o abordadas a tiempo. “La violencia escolar suele ser el resultado de una combinación de factores: historias personales, contextos familiares, ausencias emocionales, dificultades no tratadas, falta de redes de contención y entornos donde la violencia ya está presente”, señala.

Según Cosentini, por ley en las instituciones tucumanas están obligados a formarse sobre cómo afrontar el bullying y hablar con los chicos. En ese sentido, advierte sobre un aspecto que muchas veces queda invisibilizado: el rol del entorno. No sólo están la víctima y el agresor, sino también los espectadores, que muchas veces quedan atrapados en la “ley del silencio”. Trabajar con ellos, enseñarles a pedir ayuda y a intervenir de manera segura, es clave para prevenir situaciones más graves, resalta.

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Los especialistas coinciden en un punto central: la escuela no puede sola. La prevención y el abordaje de estas problemáticas requieren un trabajo conjunto con las familias.

Sin embargo, ese vínculo no siempre funciona como debería. Muchas veces, cuando las instituciones convocan a los padres, estos no asisten o minimizan lo que ocurre. En otros casos, las conductas que se observan en la escuela no se replican en el hogar, lo que dificulta aún más la intervención.