La Boca es un barrio que respira fútbol. No hace falta recorrerlo demasiado para percibirlo: los postes de luz están pintados de azul y oro, las paredes tienen murales de Juan Román Riquelme, de Diego Armando Maradona y de tantos otros; las banderas de Boca y de Argentina se repiten en cada cuadra. Tampoco faltan imágenes de Lionel Messi con la camiseta de la Selección. Podría decirse, sin exagerar, que es la “meca del fútbol”: un lugar donde el juego deja de ser apenas lo que ocurre dentro de la cancha y se transforma en un fenómeno cultural. Y aunque es el territorio natural del “Xeneize”, también suele teñirse de “albiceleste” cada vez que juega la Selección, como lo hizo ayer, cuando Argentina enfrentó a Zambia en lo que fue su despedida del país en la previa a la Copa del Mundo 2026. No es lo mismo que un partido del fútbol argentino, claro, pero también tiene su encanto: amplía el mapa, suma miradas, acerca a quienes suelen quedar al margen.
En Argentina, el vínculo con los clubes suele ser más profundo que con la Selección. Se construye en la repetición: cada fin de semana, cada cancha, cada barrio. Pero la Selección juega en otra dimensión. No entiende de fronteras ni de pertenencias estrictas: convoca incluso a quienes apenas siguen el fútbol. Será por la manera en que lo viven los argentinos, por la figura de Messi o por el peso simbólico de la camiseta. Las razones pueden ser muchas. Lo concreto es que, en lugares como La Boca, todo eso convive: la pasión cotidiana y el espectáculo global, el hincha de siempre y el turista que llega con una foto en la cabeza. Porque, antes de que ruede la pelota, el fútbol ya está ahí, y la previa empieza mucho antes de lo esperado.
Previa
No eran ni las 12 y la zona ya estaba repleta de camisetas argentinas. Algunas decían Messi, otras Maradona; algunas eran nuevas, otras vintage; algunas originales, la mayoría imitaciones. Poco a poco, La Boca se convertía en un escenario de historias cruzadas: personas que llegaban con una misma idea, ver a Messi una vez más. De todo lo que hizo feliz a un país en 2022.
La duda flotaba en el aire: ¿y si es la última vez? El “10” ya transita el tramo final de su carrera y cada partido empieza a sentirse como una despedida. Por eso, la expectativa era distinta. No se trataba sólo de un amistoso, sino de una excusa para volver a conectarse con algo que excede lo deportivo.
Poco a poco, el barrio “azul y oro” se fue tiñendo de “celeste y blanco”. Dejó de lado sus colores habituales por algo más grande. Una de las postales fue la de Martín Edgardo y María Isabel Castro, quienes viajaron desde Bahía Blanca para presenciar el encuentro junto a sus hijos. Caminaban por las inmediaciones cuando se detuvieron frente a una bandera con la silueta de las Islas Malvinas. Martín es veterano de guerra. Por eso quiso esa foto.
“Es una fecha muy especial para nosotros”, cuenta. El viaje, además, tuvo algo de sorpresa: fueron sus hijos quienes los llevaron a Buenos Aires sin avisarles demasiado. “Es hermoso estar en el último partido de la Selección”, agrega María, con una sonrisa que mezcla orgullo y emoción.
El arte
Entre bombos, parlantes y guitarras, también se jugaba otro partido. La música toma un rol central cada vez que la Selección se acerca a un Mundial. Después del fenómeno de “Muchachos” en Qatar 2022, muchos intentan crear el próximo himno popular. El método es claro: hacerse escuchar, viralizarse, ganar lugar en la previa.
Así, varios fanáticos llegaron con instrumentos para compartir sus canciones. Algunas con ritmo de cancha, otras más ajenas al oído tradicional del hincha, pero todas con una misma intención: dejar una marca.
La que más aceptación generó hasta el momento fue la de “Palmito Música”, quien tomó la base de “No me arrepiento de este amor” y la transformó en “La Cuarta Estrella”. Durante la previa, incluso, reunió a un grupo de hinchas para grabar un videoclip improvisado en las inmediaciones del estadio.
“Ya hice una canción para la Copa América; me fue bien y ahora estamos probando de nuevo”, cuenta el autor, mientras afina la guitarra y se mezcla entre la gente.
La despedida
Cuando el estadio empieza a llenarse, la previa se transforma en otra cosa. El ruido crece, las camisetas se multiplican y la expectativa deja de ser una idea para convertirse en un cuerpo colectivo. Ya no importa tanto el rival ni el contexto: todo gira alrededor de una posibilidad que nadie quiere nombrar del todo. Porque cada vez que Messi juega en Argentina, la sensación es la misma: puede ser la última vez.
Y entonces todo cobra otro valor. La foto, la canción, el viaje improvisado, la camiseta comprada en la calle. Cada gesto parece cargado de una urgencia distinta, como si todos quisieran guardar algo antes de que se termine.
En La Boca, el fútbol no empieza con el pitazo inicial. Empieza mucho antes.