Todo tiene un comienzo. En abril de 2017, estuve en la Universidad de Austin, Texas, una semana antes de que un estudiante apuñalara a cinco alumnos, matando a uno de ellos, a pocos metros de las aulas donde había tenido lugar un congreso de periodismo del que yo había participado. Al conocer la noticia, inmediatamente recordé una caminata por el campus en el que iban y venían estudiantes en sus bicicletas o caminando despreocupadamente y sonriendo en grupo, cruzándose con otros que aceleraban su paso para no llegar tarde a una clase. Ese tipo de imágenes de jóvenes en movimiento -vibrantes, lozanas, vitales- es lo que genera tanto contraste con la interrupción precoz, abrupta y absurda de la vida.
Uno de los profesores nos señaló con su dedo índice la torre del reloj, símbolo de la universidad y de la ciudad. “Allí fue donde todo empezó”, dijo, cuando iniciaba su relato sobre la primera matanza estudiantil de la historia. Charles Whitman, estudiante de ingeniería, subió al campanario de 90 metros de altura y empezó a disparar indiscriminadamente con un fusil. Ese 1 de agosto de 1966, minutos antes de ser abatido por un policía, después de haber matado a 14 estudiantes y herido a más de 30, Whitman inauguró lo que se convertiría en una epidemia en su país. En la última década hubo más de 200 episodios de violencia armada en universidades y colegios norteamericanos.
Caminamos hacia el Capitolio de Austin, la sede del poder legislativo texano, donde ocho meses antes, en el quincuagésimo aniversario de la matanza, se había aprobado una controvertida ley que permitía a profesores y estudiantes portar armas en el campus. En esos días en Austin, los extranjeros nos sorprendimos con los carteles coloridos de las armerías, con una fisonomía similar a la de los locales de comida rápida, y las vitrinas en las que se desplegaban armas de guerra. Antes de tomar mi avión en Houston, encontré en la contratapa del principal diario local un aviso de media página que promocionaba a 399 dólares, para “tiro recreativo”, una M 16 adaptada a 22. Las armas “serias” del anuncio eran un AR 15 a U$S 549 y un rifle de precisión, con alcance “hasta 1.000 yardas”, a 1.249.
Las cifras son contundentes en un país que consagra en su segunda enmienda constitucional el derecho a portar armas. Unas 40.000 muertes al año son producidas por armas de fuego en un territorio en el que hay casi 400 millones de revólveres, pistolas, fusiles y escopetas.
Teatro del absurdo
Ese mismo año, después de mi estadía en Austin, viajé a Las Vegas. Me encontré, a pocos metros del emblemático cartel de la ciudad, con un memorial de la masacre más reciente. Allí conocí la historia de Chris Roybal, cuya foto estaba colgada de una de las 59 cruces de madera que conformaban una fila irregular, cubierta de banderas norteamericanas y recuerdos de familiares, a 500 metros del hotel Mandalay Bay. Ese día se cumplía un mes de su muerte. “Era un chico pero también un veterano con varias misiones en Afganistán”, me comentó Michael, un jubilado que había venido desde Seattle a festejar su cumpleaños. Lo mismo estaba haciendo Chris, acompañado por su madre, cuando una de las balas que disparó Stephen Paddock, desde el piso 32 del Mandalay Bay, le atravesó el pecho. En los días previos al ataque, Paddock había acumulado en la habitación de su hotel 22 valijas que escondían 14 fusiles AR-15 con acelerador de disparos, ocho AR-10, un fusil de cerrojo y un revólver, que fue el arma que usó para suicidarse. Mató a 59 e hirió a 441 espectadores de un recital de música country, en lo que configura el mayor tiroteo de masas de la historia de Estados Unidos.
Violencia y bullying en Santa Fe: tres desafíos urgentes que advierten los especialistas“¿Saben cómo es que te disparen? Una pesadilla”, contaba Chris a sus amigos en un post de Facebook, tres meses antes de su muerte, a raíz de su experiencia en una misión en las montañas afganas. Entré al casino del hotel, al que el asesino solía ir a jugar a la ruleta. Uno de los croupiers recitaba los números del azar. Se sucedieron distintos números, mientras escuchaba -absorto en los laberintos de mi psiquis- sus cánticos. De pronto anunció “negro, el 28”, un número ridículo, el de la edad que tenía Chris.
La tragedia absurda no concluye aquí. Más de un centenar de sobrevivientes de la matanza –los asistentes habían venido desde distintos puntos del país- se reunían periódicamente a 400 kilómetros de Las Vegas, en un bar estudiantil de Thousand Oaks, en California, para escuchar música como la de la noche oscura del recital, en lo que constituía un reencuentro terapéutico. Más de cincuenta sobrevivientes se congregaron la noche en que un veterano de guerra desquiciado entró al bar con un fusil y mató a trece de los asistentes. Uno de ellos era otro veterano de guerra, sobreviviente de la masacre de Las Vegas. Un final de una película de terror clase B.
Un país bañado en sangre
El subtítulo es la frase que eligió Paul Auster para titular su penúltimo libro, publicado algunos meses antes de su muerte. El escritor descubrió, tardíamente, que su abuela paterna había matado de un tiro a su abuelo, resolviendo recién entonces las lagunas de la biografía de su padre. El ensayo expone una refutación indirecta de la primera frase de Anna Karenina, que postula que las variantes de la felicidad suelen parecerse siempre, a diferencia de las singulares formas de las vidas infelices. Los tiradores, dice Auster, suelen seguir un patrón. Son chicos u hombres jóvenes ensimismados –casi nunca mujeres-, “recluidos en un sombrío santuario interior de agravio personal”, movidos por un odio fermentado a lo largo del tiempo que los impulsa –en un estado en el que parecen sustraerse de la “vida consciente normal”- a matar a aquellos que no necesariamente están relacionados con las causas de su sufrimiento. “¿Por qué demonios querrá alguien matar a gente que no conoce, sobre todo a personas que no le han hecho ningún daño?”, plantea Auster, brindándonos una clave de la profunda conmoción que generan estas historias. Es la lógica del terror. A cualquiera –a nosotros mismos o, mucho peor, a cualquiera de nuestros hijos- le puede pasar.
Horror en Santa Fe: el portero que desarmó al adolescente en la escuela de San Cristóbal reveló que el chico le apuntó pero no llegó a dispararStephen King, el novelista que con más eficacia literaria ha recorrido las tramas del terror, escribió cinco novelas entre 1977 y 1984, buscando despegarse del peso de su propio nombre, con el seudónimo de Richard Bachman. Una de ellas es Rabia, una historia -narrada en primera persona- de un adolescente de un secundario norteamericano que, después de matar de un tiro a su profesora, retiene a todos sus compañeros de clase en un aula. La trama despliega lo que ocurre en esa aula, de un colegio rodeado por policías, en la que el grupo de estudiantes secuestrados empieza a confesar sus más íntimas debilidades, coaccionados por el compañero que los amedrenta con una pistola. La historia de este dramático ajuste de cuentas se parece a la de “Juniors”, el adolescente de Carmen de Patagones que en 2004 causó la mayor masacre escolar de nuestra historia.
“Las reglas sirven hasta que alguien decide que no”, dice Charlie Decker, el protagonista de Rabia. Atormentado por un orden de cosas que lo asfixia, decide dinamitar ese equilibrio intolerable.
¿Alguien escucha?
En la reciente tragedia de San Cristóbal, las principales víctimas –obviamente- son el adolescente Ian Cabrera y los padres que despidieron en la mañana del fatídico lunes a su hijo de trece años para, horas después, caer en un abismo infinito, en un dolor absoluto.
La tragedia se potencia por la irracionalidad que la impregna. El tirador le voló la cabeza de un escopetazo a un chico con el que no tenía relación –alejado e ignorante del bullying que aparentemente sufría por parte de algunos de sus compañeros de curso-, al que quizás solo conocía de vista. Fue un disparo azaroso, apuntando a quien quizás hubiera estado dispuesto a ayudarlo. Lo que lo torna más insoportable es la imposibilidad de encontrar una respuesta clara.
Después del horror, la palabra: cómo hablar con los chicos sobre la tragedia en Santa FeLa pregunta que retumba, una y otra vez, es si hubo señales, si se pudo prevenir, si alguien tendría que haber detectado la anomalía que incubaba el horror.
Michael Moore, director de Bowling for Columbine, el documental más visto sobre matanzas escolares, entrevista al cantante Marilyn Manson, autor de las canciones preferidas de los asesinos de la secundaria Columbine. “Si hubieras podido hablar con ellos, ¿qué les hubieras dicho?”, le pregunta Moore. “Nada, absolutamente nada –responde Manson-; solamente los hubiera escuchado, algo que nadie hizo”.