La violencia en el ámbito escolar, en sus múltiples manifestaciones, se afianza como una de las mayores preocupaciones dentro de la agenda educativa y social. Hechos extremos, como el ocurrido recientemente en una escuela de Santa Fe -donde un adolescente asesinó a un compañero-, junto con cifras que generan alarma, reflejan una problemática que no solo se mantiene vigente, sino que además adquiere niveles crecientes de complejidad.
Según datos difundidos por Unicef en 2025, el 70% de los adolescentes afirma haber atravesado situaciones de discriminación o conocer a alguien que las padeció. A esto se suma que dos de cada 10 jóvenes fueron víctimas de acoso en entornos digitales, como redes sociales o internet. Sin embargo, apenas un 33% habla de estas experiencias en el ámbito familiar, mientras que otro porcentaje igual opta por el silencio absoluto, lo que evidencia escenarios de soledad y falta de contención.
La imagen de un adolescente que ingresa armado a una institución educativa y provoca consecuencias fatales genera conmoción, miedo y una pregunta urgente: ¿cómo abordar estas situaciones con los chicos y, sobre todo, cómo hacer para llegar antes de que ocurran?
Para reflexionar sobre este escenario complejo, dialogamos con Marcela Juárez Sánchez, coordinadora del Circuito 1 del Gabinete Pedagógico Interdisciplinario del Ministerio de Educación, quien planteó una mirada profunda que se aleja de las explicaciones simplistas y pone el foco en el rol de los adultos, la escuela y la sociedad en su conjunto.
Lejos de buscar una causa única, Juárez Sánchez advierte que estos hechos nos interpelan como sociedad y deben entenderse dentro de un entramado mucho más amplio. “No hay una única causalidad. A veces aparece la necesidad de explicar rápidamente lo ocurrido, y se señala, por ejemplo, el acoso entre pares. Pero eso es una respuesta simplista frente a una situación profundamente compleja”, explica.
En ese sentido, señala que hoy se vive en un contexto social atravesado por múltiples formas de violencia: desde los conflictos internacionales hasta las expresiones cotidianas en redes sociales, donde la agresión verbal muchas veces se naturaliza. “La escuela funciona como una caja de resonancia de todo lo que ocurre en la sociedad”, afirma, y agrega que ese malestar social se traduce en problemas vinculares dentro de las aulas.
Sin embargo, la especialista destaca que el sistema educativo no está desprovisto de herramientas. “Las escuelas cuentan con programas, recursos y equipos técnicos preparados para abordar estas situaciones”, sostiene. El verdadero desafío, aclara, no es solo intervenir cuando el conflicto estalla, sino “llegar antes”.
Pero ese “antes” no debe pensarse en términos de prevención mecánica, como si se tratara de aplicar una fórmula. “No es una vacuna. Se trata de generar condiciones institucionales que permitan que las cosas se digan, que haya espacios de escucha”, explica. Y en ese punto, la palabra aparece como eje central: “hay que reivindicar el diálogo”.
Hablar con los chicos no solo es recomendable, sino necesario. “Estos hechos muchas veces son la expresión de un padecimiento subjetivo que no pudo ser tramitado. Algo que no encontró palabras”, sostiene. En este marco, advierte también sobre el crecimiento de los problemas de salud mental, especialmente después de la pandemia, como uno de los grandes desafíos actuales. “Las dificultades vinculadas a la salud mental atraviesan todos los ámbitos: la escuela, la familia, el trabajo. Y muchas veces se manifiestan a través de la violencia”, señala.
Detectar a tiempo esos padecimientos no siempre es sencillo. Las señales pueden ser sutiles: el silencio, el aislamiento, cambios en la conducta. “Pero para ver ese silencio hay que mirar”, subraya. Y allí aparece una de las problemáticas que atraviesan muchas familias: la falta de tiempo o de registro sobre lo que les sucede a niños y adolescentes. “A veces no se sabe ni a qué hora llegan, si comen o no. Las infancias y adolescencias pueden quedar invisibilizadas en medio de la vorágine cotidiana”, advierte.
En ese contexto, la escuela suele convertirse en un espacio clave de detección. “Hay docentes que miran, que acogen, que generan confianza. Y es ahí donde muchos chicos encuentran un lugar para expresarse”, destaca.
Lejos de la idea de que el docente debe asumir múltiples roles, Juárez Sánchez reivindica la tarea pedagógica en su esencia. “No se trata de que el docente sea psicólogo o trabajador social. Se trata de que sea docente, que construya un vínculo pedagógico basado en la hospitalidad, en reconocer al otro en su singularidad”, explica.
No obstante, insiste en que la escuela no puede sola. “La familia, los medios de comunicación y otros actores sociales tienen un rol fundamental en generar condiciones para que los chicos puedan ser escuchados”, afirma.
Otro punto clave es la diferencia entre conflicto y violencia. “El conflicto es inherente al ser humano, siempre va a existir. El problema es cuando ese conflicto no encuentra canales de resolución basados en la palabra, la escucha y la empatía, y se transforma en violencia”, explica.
Frente a este escenario, el mensaje para transmitir a niños y adolescentes es claro: cuando algo duele o enoja, hay que hablar. “Buscar un adulto de referencia: en la familia, en la escuela, en un club. Siempre tiene que haber alguien que escuche”, remarca.
Incluso los propios pares pueden cumplir un rol importante. “Si un chico ve que un compañero está mal, puede acercarse, preguntarle qué le pasa o avisar a un adulto. Eso también es parte del cuidado”, señala.
En la misma línea, otros integrantes del equipo interdisciplinario destacan la importancia de la figura del “referente significativo”, especialmente en el ámbito escolar. Un docente atento, cercano, que se interesa por sus alumnos, puede marcar una diferencia decisiva. “A veces un simple ‘te extrañamos’ o ‘estamos con vos’ puede cambiar cómo un adolescente se siente y ayudarlo a no sentirse solo”, ejemplifican.
"Son muchos ojos los que tienen que mirar"
“Acá son muchos ojos los que tienen que mirar”, plantea Carlos Gaspa, también miembro del Gabinete Psicopedagógico Interdisciplinario. Para Gaspa, el desafío no recae solo en la institución escolar, sino en una red más amplia que incluye a docentes, familias y también a los propios estudiantes. “Todos tenemos que posicionarnos en un lugar de compromiso y responsabilidad. Desde la escuela hay que preguntarse: ¿qué tenemos que mirar mejor?, ¿en qué tenemos que estar más atentos?”, sostiene.
En ese sentido, uno de los puntos clave es lo que ocurre entre pares. Las situaciones de acoso o maltrato no solo involucran a quien agrede y a quien lo padece, sino también a quienes observan. “Eso que llamamos bullying o acoso no se daría si no hubiera también una pasividad que lo sostiene. Hay que trabajar para que todos puedan intervenir y cortar esas situaciones”, explica.
Gaspa advierte que muchas veces los adolescentes logran ocultar lo que les sucede. “Un chico puede disimular muy bien en la casa que la está pasando mal en la escuela. Por eso es clave una mirada atenta a cuestiones básicas: si come, si cumple con las tareas, si hay cambios en su conducta. Son señales que a veces pasan desapercibidas”, señala.
En un contexto donde también crecen los casos de sufrimiento psíquico y situaciones extremas, como los suicidios en jóvenes, el especialista subraya la importancia de la intervención temprana. “Una mirada a tiempo puede cambiar el destino de alguien. Puede ser desde ayudar a un chico a sentirse contenido hasta evitar situaciones mucho más graves”, advierte.
Desde su formación como pedagogo, Gaspa propone volver a pensar el lugar de la escuela en la formación de los futuros ciudadanos. “La escuela es un espacio privilegiado donde los chicos aprenden a convivir”, afirma. Y en esa línea, introduce una idea clave: la convivencia no debe abordarse solo cuando surge un conflicto, sino como un eje transversal de la tarea educativa.
“Es importante que la convivencia atraviese todas las propuestas pedagógicas. No se trata solo de hacer un taller cuando hay un problema, sino de trabajarla en el día a día, en la forma en que el docente se posiciona, en cómo mira a sus alumnos, en cómo habilita la palabra”, explica.
Para ilustrarlo, menciona situaciones cotidianas que muchas veces pasan inadvertidas, pero que encierran oportunidades pedagógicas. Un comentario despectivo, una burla, un gesto de exclusión pueden ser el punto de partida para intervenir. “Ahí es donde el docente puede hacer un alto y darle lugar a lo que está emergiendo, trabajar desde lo pedagógico para construir otras formas de vincularse”, sostiene.