“Criar adolescentes ya es intenso de por sí… y si encima hay que aprender un idioma nuevo ni te digo”. Con esa frase, Fiore Míguez, desde su perfil de Instagram @Piquesdemadre, resume con humor la sensación cada vez más extendida entre padres que, sin dudarlo, pedirían subtítulos para entender a sus hijos.
La escena se repite en muchas casas. Un grupo de chicos conversa y, de pronto, aparecen expresiones como “farmear aura”, “red flag”, “alto lore”, “funar”, “dejá de tirar factos” o “beige flag”. Los adultos escuchan, y casi nunca comprenden. “En serio necesito un traductor para entender a los más jóvenes”, reconoce Susana Laborda, poniendo en palabras una brecha generacional que no es nueva, aunque hoy se percibe con mucha intensidad.
Este conjunto de términos forma parte de una suerte de “diccionario sub-18”: un repertorio de códigos compartidos que, además de facilitar la comunicación entre pares, funciona como una marca de identidad y pertenencia.
“Cuando yo era adolescente también teníamos frases inventadas. En todas las épocas los jóvenes tuvieron su propia jerga. Pero realmente hoy son indescifrables”, sostiene Rosario Carabajal, mamá de dos chicos que están en la secundaria. “A cada rato estoy preguntando a Chat GPT las cosas que dicen”, resume la mujer, que trabaja en una escribanía.
La explicación
El interés -y muchas veces la polémica- por la forma de hablar de los adolescentes no es algo reciente. Cada generación, en su tránsito hacia la adultez, construye su propio lenguaje. Puede parecer una forma de tomar distancia del mundo adulto, pero más que nada es la manera de reconocerse entre iguales, destacan los especialistas.
No se trata de una ruptura total ni permanente. “Cada generación construye un código propio, pero no hay que asumir que van a hablar así para siempre”, coinciden los expertos.
Zulma Segura, doctora en Letras, docente de la Universidad Nacional de Tucumán e investigadora, aporta una mirada más profunda: los adolescentes parten de una lengua materna que van enriqueciendo a partir de sus experiencias sociales. “No necesariamente buscan diferenciarse de los adultos, sino validar expresiones propias como herramienta de identificación con otros”, explica.
En ese sentido, el lenguaje forma parte de un proceso más amplio: la construcción de la identidad. Esta no es estática ni individual, sino socio-cultural, con dimensiones personales y colectivas que se entrelazan en procesos de diferenciación e identificación. Por eso, muchas de las expresiones que adoptan los jóvenes responden tanto a elecciones personales como a influencias del entorno, resalta.
Un punto de partida
Las nuevas formas de hablar no surgen de manera aislada. Como señalan distintos estudios lingüísticos, la necesidad de autoidentificación de un grupo puede ser el punto de partida de una variación en el lenguaje que, con el tiempo, puede convertirse -o no- en un cambio lingüístico más amplio.
Un ejemplo claro es el lenguaje inclusivo, que responde a la necesidad de visibilizar identidades que no se sienten representadas por las formas tradicionales del español.
En esta línea, Segura sostiene que las variedades lingüísticas que aparecen entre adolescentes son, en gran medida, construcciones socio-culturales que consolidan el sentido de pertenencia. Estas formas de expresión están atravesadas por el contexto histórico, las condiciones de vida, las experiencias sociales y los vínculos que cada joven construye.
El origen de las palabras
El origen de este “nuevo lenguaje” es tan diverso como el universo juvenil actual. Muchas expresiones provienen del mundo gamer -como “farmear” o “carrear”-, otras nacen de memes virales, algunas tienen raíces en comunidades LGBTQ+ -como “servir” o “slay”- y muchas más surgen en plataformas como TikTok.
El inglés ocupa un lugar central en este proceso. No solo porque es el idioma predominante en internet, sino también porque muchas de estas palabras se importan y luego se adaptan al español local.
El fenómeno, además, es global. Jóvenes de distintos países comparten códigos similares que luego adquieren matices propios según la región.
Hoy resulta difícil entender la forma en que los adolescentes habitan el mundo sin considerar el entorno digital. Si en los años 60 el lenguaje juvenil estaba fuertemente influido por el rock, en la actualidad ese rol se amplió: la música sigue siendo importante, pero convive con redes sociales, videojuegos, plataformas digitales y nuevas tecnologías, especifica Segura.
“Por ejemplo, una de las expresiones del ámbito de las TIC (tecnología de la información y la comunicación) que fue adoptadaspor los jóvenes es ‘ghosting’, término de inglés que alude a la ruptura de un vínculo; que luego de una desnominalización, derivó en un verbo de uso frecuente como ‘ghostear’ (desaparecer, bloquear, etcétera)”, apunta la investigadora.
¿Moda pasajera?
Una de las preguntas más frecuentes es si estas palabras llegaron para quedarse o si desaparecerán con el tiempo.
La respuesta no es lineal. Muchos de estos términos cumplen una función específica dentro de grupos juveniles y por eso, su uso suele limitarse a determinados contextos y generaciones.
Las lenguas, en su complejidad, están en constante transformación. Es probable que en el futuro aparezcan nuevos términos que reemplacen a los actuales o que estos cambien de significado, remarca la experta.
Para los adultos, el desafío no es menor. Comprender estas nuevas formas de hablar implica no solo aprender palabras, sino también adaptarse a cambios culturales y tecnológicos que avanzan a gran velocidad y a los cuales no muchos pueden amoldarse.
Sin embargo, según la experta, lejos de ser una barrera insalvable, el lenguaje también puede convertirse en un puente. El intercambio entre generaciones, basado en el respeto y la curiosidad, permite acercar posiciones y construir entendimientos compartidos.
Como señala Segura, las producciones lingüísticas no solo reflejan la forma en que hablamos, sino también la memoria, la historia y la identidad de una comunidad. Estudiar el lenguaje de adolescentes y jóvenes es, en definitiva, una manera de comprender el presente.
Así se vuelve oficial
Finalmente, surge otra pregunta clave: ¿cuándo un término deja de ser una moda y pasa a formar parte del idioma?
Desde la lingüística, se entiende que la variación es una muestra de creatividad en el uso del lenguaje, señala Segura. Un término puede nacer en un grupo pequeño, pero si logra expandirse y ser aceptado por sectores más amplios y diversos de la sociedad, puede consolidarse como parte del idioma, aclara.
Es lo que ocurrió, por ejemplo, con el “che” rioplatense, que con el tiempo fue incorporado al español formal, ejemplifica.
Entre memes, redes sociales y videojuegos, los adolescentes son una máquina de inventar y repetir palabras y frases nuevas. Y aunque a veces parezca que hablan en clave, lo que en realidad están haciendo es lo mismo que hicieron todas las generaciones antes que ellos: buscar su propia voz.
Distintos casos
Del “re” eterno al “ahre” en retirada
La experiencia demuestra que no todo lo que surge como una moda termina desapareciendo. Un ejemplo claro es el de “re”. Ese prefijo, que se transformó en palabra de uso cotidiano, nació en el lenguaje juvenil y con el tiempo se expandió a todas las generaciones. Nunca más dejó de usarse. No ocurrió lo mismo con “ahre”. En su momento, incluso fue incorporado por la Academia, que entendía que tenía potencial de permanencia. Sin embargo, hoy los más jóvenes casi no lo usan. Dicen que es algo de adultos.
Lo que antes decían todos y hoy suena a mundo adulto
Son muchas las palabras que siguen existiendo, aunque ya no tienen el mismo peso entre los más jóvenes. O pasan a ser usadas solo por adultos, mientras los adolescentes crean nuevas formas para diferenciarse. Algunos ejemplos son: “de una”, “flashé cualquiera”, “careta”, “groso”, “no da”, “alta fiesta”.
La lengua se adapta: tecnología y nuevas palabras
Las palabras que surgen por el uso de las tecnologías de la información y la comunicación son cada vez más; entre ellas figuran:
tuitear, wasapear, selfi, hacker, youtuber, postear, trolear, spoiler, influencer. Estas son algunas de las palabras recientemente incorporadas por la Real Academia Española (RAE): loguearse, milenial y turismofobia. También se sumaron términos digitales que ya usábamos hace años: “Hashtag”, “streaming”, “gif”.
DICCIONARIO
“Dejá de tirar beef”, “Está farmeando aura de misterioso”, “estás en tu prime”, “Te falta lore”, “ella jura” son algunas de las frases que podemos escucharles a los adolescentes, la mayoría de las veces sin saber de qué están hablando. Aquí, una guía para entender mejor.
- Aura: carisma, presencia. Puede asociarse a prestigio, solvencia o autoridad.
- Farmear aura: proviene del verbo inglés to farm (cultivar). En el mundo gamer significa repetir acciones para acumular puntos o recursos. Trasladado a redes, es construirse una reputación o prestigio en redes.
- Lore o Alto Lore: también viene del mundo de los videojuegos. Se refiere a la historia previa o el trasfondo que rodea a alguien o a algo.
- Facto: se usa como validación: algo que es una verdad indiscutible.
- Funar: exponer o denunciar públicamente a alguien en redes sociales.
- Beef: del inglés coloquial, donde significa pelea o disputa. Se usa para referirse a conflictos públicos.
- Ella jura: se usa para burlarse irónicamente de alguien que cree que hizo algo genial, atractivo o importante, cuando en realidad no fue así.
- Six seven: no tiene un significado específico. A veces se usa para describir algo que está “más o menos”, “regular”.
- Frontear: significa alardear, mostrarse con actitud, “hacerse el picante”.
- “Ok mañana”: frase que aparece ante chistes que no funcionan,
- Red flag; señal de alerta, algo que te hace pensar “ojo con esto”.
- Beige flag: ni bueno ni malo, neutro.
- Glow up: transformación positiva