Todos hemos escuchado y usado la expresión “¡qué fiaca!” (versión adolescente: “¡qué flojera!”, que parece un mexicanismo de subtitulo o de influencer). Surge siempre de alguna nimiedad pero es más grave. Comienza con algún pedido o necesidad: ordenar un poco, responder un mensaje, levantarse, buscar algo o prestar atención cinco minutos, y si al principio puede sonar como una simple muletilla, a fuerza de repetición empieza a revelar algo más serio y más hondo. Porque pasa a expresar esa resistencia casi visceral a salir de la inercia del yo, a una forma de recibir toda exigencia del mundo como si ya llegara cargada de un peso excesivo.
Los monjes medievales conocían este mal y lo consideraban un pecado: la acedia. En la espiritualidad monástica de la Alta Edad Media, la acedia era conocida como «demonio del mediodía» y era una tentación específica. Afectaba al monje en la celda, hacia la hora sexta, cuando el sol caía a plomo y la rutina se volvía opresiva. No era pereza común, sino una «tristeza del corazón», un tedio espiritual que lo alejaba de la vigilancia, de la oración y de la lectura atenta de los textos sagrados. El monje, según describen Casiano y luego Tomás de Aquino, sentía una repugnancia hacia el lugar que habitaba, hacia su trabajo, hacia su propia salvación. Miraba con envidia a otros que tenían vocaciones distintas, y la celda que antes era refugio se convertía en prisión. La acedia medieval era, en esencia, una crisis de la atención religiosa, una incapacidad para sostener el esfuerzo de la relación con lo divino en la monotonía del tiempo.
Al mal tiempo: la esquina de Casal y el río de HeráclitoHoy la acedia ya no vive en la celda del monje, pero no ha desaparecido. Cambió de ropaje. Ya no se trata del tedio ante la vida consagrada, sino de la fatiga ante la complejidad del mundo, del otro y de nosotros mismos. Comprender de verdad exige trabajo, y nuestra época desalienta sistemáticamente ese trabajo. Saltamos de indignación en indignación, de estímulo en estímulo, en un frenesí de reacción que muchas veces oculta una profunda desatención.
Detrás de las distintas fórmulas de la fiaca resuena entonces la tentación humana de hacerse a un lado de las cosas y no tratar de entender ni atender al mundo. Tan viejo que los monjes la condenaban y hasta los cuentos infantiles la marcaban como un defecto moral con consecuencias terribles: sin dudas se destaca aquí Los tres chanchitos. Permítanme una pequeña digresión para mostrar la riqueza del cuento.
“A todo chancho le llega su San Martín” viene de que el día de San Martín de Tours, el 11 de noviembre, era fecha de matanza de cerdos en España y Francia. Al chancho que había pasado meses comiendo tranquilo, engordando bajo la amable protección de la casa, le llegaba de golpe la verdad de todo ese cuidado. Lo alimentaban, sí. Lo resguardaban, también. Lo miraban con interés, desde luego. Sólo que ese interés no era desinteresado. Ese chancho sería una versión porcina del viejo pavo inductivista de Bertrand Russell: un experto en sacar conclusiones apresuradas.
Al mal tiempo: cuando Borges fue a Punta MogotesNo está de más recordar entonces que, en la versión que Joseph Jacobs de Los tres cerditos publicó en 1890, el lobo se come a los dos primeros chanchitos, pero el tercero, ni lerdo ni perezoso, termina comiéndoselo a él. El lobo también había hecho su propia inducción: como ya se había comido a dos sin dificultad, creyó que el tercero no sería distinto. A fin de cuentas, no sólo los chanchos se confían. Así en el cuento original, no en la versión edulcorada de Disney, también al lobo le llega su San Martín. Por pavo.