El negro no es un color, según la física. Para esa disciplina, es la ausencia total de luz. En la política argentina, es el recurso para desteñir identidades -sean violetas, azules, rojas o amarillas- y reducirlas a una mancha uniforme donde la verdad ya no tiene relieve. Cuando todo se vuelve negro, lo legal y lo ético se vuelven indistinguibles, y en esa oscuridad, los que deben dar respuestas encuentran su mejor escondite.
La reciente filtración de la lista de legisladores con créditos hipotecarios del Banco Nación es el último laboratorio de esta opacidad. Allí conviven todos los matices oscuros: desde beneficiarios reales como el oficialista Mariano Campero hasta “inventados”, como el del opositor Itai Hagman, que efectivamente sacó un crédito, pero en otra entidad y no de la línea ahora cuestionada. También de la misma forma se buscó involucrar a funcionarios provinciales del peronismo y de LLA, que efectivamente tienen créditos, pero con otras entidades y de otras líneas que nada tienen que ver con la del Nación.
En definitiva, la “opereta” no consiste en inventar la deuda, sino en borrar los contextos. Los datos son fríos: la línea “+Hogares” del BNA sigue vigente para cualquier argentino, con una tasa del 4,5% al 6% y plazos de hasta 30 años. Es, técnicamente, la mejor oferta del mercado. El privilegio, entonces, no es la tasa “especial”, sino la brecha de realidad: mientras un diputado califica gracias a dietas de varios millones, el tucumano promedio queda fuera del sistema por no alcanzar el ingreso mínimo o por estar sumergido en la informalidad. Eso es lo que “molesta”. La estrategia política busca que el ciudadano vea un solo bloque de privilegios, sin distinguir quién cumplió los requisitos de quién tuvo un “empujoncito” para poder acceder al beneficio. Si todos son sospechosos, nadie es responsable.
Campero, sobre su crédito del Banco Nación: “Lo hice como cualquier ciudadano que labura más de 15 años rompiéndose el lomo”También se buscan desdibujar las denuncias contra el jefe de Gabinete, con la misma táctica de pintar todo de negro: la cuestión para el Gobierno nacional no es tratar de llegar hasta las últimas consecuencias con la investigación respecto de si Manuel Adorni cometió o no algún acto ilícito o de corrupción, sino instalar la idea que todo se trata de una operación política-mediática para debilitar a la administración nacional. De nuevo, en un caso y en otro, el ruido se impone por sobre la claridad de los datos y los hechos. Relativizar todo es la mejor manera de que no se sepa nada. Es cierto que existe una suerte de doble vara moral en nuestra sociedad: si el sospechoso de corrupción es de un determinado espectro político, la condena está decretada, pero si es de otro en particular, la “absolución” también es segura. Con ese prejuicio con el que convivimos los argentinos, tanto de un sector como del otro se justifican los ilícitos en el Estado. Nadie se preocupa por esclarecer si se violó o no la ley, más allá de pretextos diversos y de que el implicado sea o no “casta”.
Barro real
Pero mientras la política -nacional y provincial- se entretiene en ese lodo de redes sociales y chicanas de corto vuelo, el barro real volvió a tapar a Tucumán este fin de semana. La tragedia de este abril tiene nombres que duelen y que exponen la fragilidad de nuestra vida cotidiana: Mariano Robles y Solana Albornoz, una pareja joven que murió atrapada en su auto al caer en un canal de Tafí Viejo; y Lisandro, un niño de solo 12 años, fulminado por la precariedad de una conexión eléctrica que convierte una calle anegada en la zona sur de la capital en una trampa mortal.
Aquí la “política negra” deja de ser una figura retórica para convertirse en una sentencia. No es un problema exclusivo de este gobierno, ni del anterior. Tucumán arrastra décadas de un apagón inversor en infraestructura hídrica que atraviesa gestiones de todos los signos. Desde las grandes obras proyectadas hace 40 años que quedaron durmiendo en planos amarillentos, la provincia ha optado por el parche cosmético. Se prefiere el pavimento que se ve -y que se levanta al primer temporal- antes que los canales que salvan vidas, pero quedan enterrados y no “venden” en campaña.
Tragedia por el temporal: del salón de fiestas al canal, el recorrido que investiga la JusticiaMientras nos distraen discutiendo quién es más “casta”, nadie discute por qué la población se triplicó pero los desagües pluviales siguen teniendo la misma capacidad que en los años 80. El presupuesto se drena en sostener la estructura estatal en intercambios de bajísimo nivel en Twitter, mientras los tucumanos caminamos sobre un tablero donde un paso en falso bajo la lluvia puede ser el último.
Si la política sigue perdiendo sus matices para volverse una sola sombra que oculta la carencia de planes estratégicos de infraestructura, el resultado será siempre el cinismo social. En ese escenario, el negro siempre gana: no porque sea el mejor color, sino porque es el único que logra tapar décadas de incapacidad para dar respuestas reales.