Juan A. González

Dr. en Ciencias Biológicas

Sabemos que las lluvias intensas no pueden evitarse. Forman parte del cambio climático que afecta a nuestra región y que está estudiado desde los años 50. Con esos datos reales y con la que está sucediendo con las inundaciones debemos trabajar para prevenir y mitigar las consecuencias con planificación, ordenamiento territorial, obras adecuadas y gestión de cuencas, leyes al respecto y presupuestos acordes. Entonces, la pregunta ya no es contra qué luchamos, sino por qué seguimos actuando como si no entendiéramos lo que ocurre.

Si profundizamos la historia de inundaciones recientes de nuestra provincia muestra una persistencia preocupante: seguimos subestimando la dinámica de cuencas y ríos, así como el papel fundamental de las yungas en la regulación del agua. Se han ignorado estudios científicos locales sobre cambio climático, no se han interpretado ni atendido señales tempranas —como la modificación en el régimen de precipitaciones o los eventos térmicos extremos— y se han postergado decisiones estructurales clave. Entre esas postergaciones se cuentan la falta de intervención a escala de cuencas, la ausencia de obras integrales y la no reglamentación o actualización de leyes fundamentales, como la Ley Provincial Nº 7.696 de Bienes Inundables (2005) o el Ordenamiento Territorial de Bosques Nativos (Ley Provincial Nº 8.304), cuyo proceso de actualización acumula años de demora. Mientras tanto, seguimos actuando desde la emergencia, mientras las inundaciones se comportan como un “enemigo” recurrente que año tras año provoca daños previsibles.

Solo un recuerdo triste: en 2015 las crecientes destruyeron 14 puentes y fueron particularmente agresivas en Aguilares y Santa Ana, La Madrid y Alberdi, El Molino y Alpachiri. Hasta hubo desbordes peligrosos en el dique de Escaba y las aguas arrastraron un puente nuevo en Los Alisos y cortaron el paso entre Lules y San Pablo.

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En este contexto, la analogía —con los debidos resguardos— resulta inevitable: así como el “General Invierno” fue decisivo en episodios históricos como la invasión napoleónica a Rusia, en Tucumán parece emerger una “Generala Inundación” que pone en evidencia nuestras debilidades estructurales y que nos puede hacer “hocicar” como sociedad. Pero la comparación no debe leerse como fatalismo, sino como advertencia. Porque, al igual que en aquellos episodios, el problema no es solo la naturaleza, como a diario se escucha y se lee en las redes sociales, es, sobre todo, cómo se interactúa con ella. El “General Invierno” no derrotó ejércitos únicamente por el frío, sino por la combinación de condiciones extremas con errores humanos de planificación, logística y comprensión del territorio.

Herramientas disponibles

En Tucumán ocurre algo similar. No hay forma inteligente de interactuar con un sistema natural complejo sin recurrir a herramientas que hoy están plenamente disponibles: estudios hidrológicos avanzados, modelos predictivos, simulaciones en base a los datos acumulados en estudios y bibliotecas, análisis de riesgo, principios de precaución y obras civiles y ambientales diseñadas en base a evidencia. Pero esto abre una pregunta incómoda pero necesaria: ¿es posible cambiar el paradigma con los mismos enfoques de siempre? No se trata de cuestionar la capacidad instalada en la provincia, sino de aggiornarla, incorporando tecnologías modernas, integrando datos acumulados y fortaleciendo la toma de decisiones basada en evidencia. La llamada ciencia de datos puede ofrecer ayuda necesaria en este caso.

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Y aquí aparece la diferencia clave, que debe ser subrayada: el “General Invierno” era, en gran medida, incontrolable para quienes lo enfrentaban. La “Generala Inundación” en Tucumán, en cambio, sí es parcialmente gestionable. Las lluvias no pueden evitarse, pero sus consecuencias sí pueden ser profundamente modificadas. Esa es la verdadera discusión. Tucumán tiene conocimiento acumulado, herramientas legales, antecedentes técnicos y capacidad institucional. Además, a través de la academia (universidades, institutos, Conicet, fundaciones, etc.) puede incorporar herramientas informáticas novedosas para ayudar en este caso. No partimos de cero. Pero el tiempo de las advertencias ya pasó. Hoy, el desafío no es entender el problema, el desafío es decidir, de una vez, enfrentarlo en serio.