Es difícil imaginar cómo sobrellevaban los tucumanos las inundaciones en verano-otoño y las sequías en invierno-primavera antes de que se construyeran los diques de Escaba (proyectado en 1913 y habilitado en 1947) y El Cadillal (cuya piedra basal fue puesta en 1904 por el gobernador Lucas Córdoba y fue habilitado en 1965). En sus propuestas de 1924 para financiar la construcción de estos embalses, Ernesto Padilla (que antes había sido gobernador y en ese momento era diputado) las justificó en la urgencia de atenuar las crecientes de los ríos -que en el caso del Marapa, decía, llegaban a inundar hasta Santiago del Estero-; en la necesidad de dar riego y de estimular el crecimiento de los pequeños productores agrícolas.
Había embalses menores pero estos dos diques marcaron la inquietud de los gobernantes durante toda la primera mitad del siglo XX. En su visita de tres días a Tucumán en 1937, el presidente Agustín P. Justo fue con el gobernador Miguel Campero a Escaba a poner la piedra basal del embalse y a El Cadillal a visitar el sitio donde se harían las obras. Esos diques eran obras enormes, por cuya construcción hubo que batallar durante décadas.
La ayuda y los errores
Actuaban como el “Estado presente”, como acaba de señalar el gobernador Osvaldo Jaldo, para buscar la forma de mejorar la vida de la gente. También hay un “Estado presente” cuando se la ayuda en su infortunio, como ha marcado el mandatario al anunciar que se dará subsidios a la luz para 10.000 damnificados, pese a la critica situación de las finanzas proviciales, afectadas por la caída de la coparticipación nacional. “Venimos perdiendo todos los meses entre $ 10.000 millones y $ 14.000 millones”, dice. También están afectadas porque los ahorros han debido ser “destinados al pago de sueldos de 120.000 empleados públicos y a garantizar la prestación de los servicios esenciales a cargo del Estado, como salud, educación y seguridad, entre otros”. También parece haber un Estado presente cuando el vicegobernador, Miguel Acevedo, anuncia que se va a financiar el Plan Hídrico con los fondos que se iban a usar en los arreglos de la ex Legislatura. Buenas intenciones.
¿Pero qué pasó que, habiéndose hecho los diques y habiéndose construido canales en la primera mitad del siglo XX, las sequías y las inundaciones siguen generando apocalipsis? Y ahí ya hay un Estado ausente, acompañado acaso por la indiferencia social ante las gestiones deficientes o sectoriales.
En el caso de las poblaciones del sureste, la mejora que Escaba le dio al territorio del río Marapa se atenuó cuando se construyó en Río Hondo el embalse Frontal -el Marapa quedó como un río entre dos diques- que frena la salida del agua tucumana. También cuando los agricultores que colonizaron las tierras desmontaron los bosques y a la vez hicieron canales según sus necesidades, sin control ni planificación. En su panorama “La Madrid bajo el agua otra vez: crónica de una inundación anunciada” (12/03), Álvaro Medina cita que el geólogo Sergio Georgieff dijo que cuando se erigió el Frontal una de las conclusiones de los dictámenes previos desaconsejaba la construcción del embalse en tanto no se sistematizasen las cuencas hídricas de Tucumán. También, que el biólogo Edgardo Pero explicó que durante la dictadura, a partir de 1980, se fomentó la expansión de la frontera agrícola mediante incentivos impositivos que llevaron a una fuerte deforestación. Y el Ingenero Franklin Adler ha señalado que, desde 1967, los sucesivos gobiernos sólo tomaron medidas coyunturales y nunca se consolidó una política de Estado que articule soluciones estructurales.
Adler acaba de advertir que las inundaciones podrían causar una catástrofe en el área metropolitana. Cita que la expansión urbana y la transformación de suelos agrícolas desde 1976, más defectos de ingeniería, escaso mantenimiento y avanzada destrucción afectan los canales Norte y Sur, que son viejísimos. Las soluciones como el colector del Boulevard 9 de Julio o el canal Yerba Buena han sido construidas en un orden indebido o tienen defectos. Adler da propuestas, y la central es generar una autoridad única del agua, lo cual ha sido planteado muchas veces e incluso ha sido tratado en comisiones sin que llegase a convertirse en ley.
Además, ni siquiera las leyes han tenido impacto, como señala el biólogo Juan González en su nota “¿Vamos a seguir actuando como si no conociéramos el problema?” (11/04), donde señala que se sigue subestimando la dinámica de cuencas y de ríos; se ignoran estudios científicos sobre cambio climático; no se han reglamentado o actualizado leyes fundamentales como la de Bienes Inundables (7.696) o de ordenamiento de bosques nativos (8.304). Añade que se ignoran herramientas disponibles, como estudios hidrológicos avanzados, estudios predictivos, simulaciones en base a datos acumulados y análisis de riesgo.
Causas de la ausencia
¿A qué se debe que haya tanto que se ha dejado de lado? ¿Olvido, ineficiencia, falta de planificación? ¿Es que siempre hemos estado en emergencia y eso nos ha impedido hacer planes amplios? Algo de eso dice el vicegobernador cuando apura reuniones y estudios “para saber dónde estamos parados”.
Pero también puede ser que sea el modelo, como señala punzantemente la oposición: el legislador José Seleme dice que “la emergencia dejó de ser una herramienta extraordinaria para transformarse en un sistema de gobierno”. Y cuenta que en la Dirección Provincial del Agua en 2023 el 90% del presupuesto fue para sueldos y el 10%, para obras; y en 2025, casi todo para sueldos y el resto, para los trabajos que debieron hacerse en la presa 3 de El Cadillal. Que, dicho sea de paso, debió ser responsabilidad de la Hidroeléctrica Tucumán, concesionada por el Gobierno nacional, el cual ahora se desentiende de las obras públicas. ¿Otro Estado ausente?
Las catástrofes del agua han sido terribles esta temporada. La Madrid fue devastada y casi estigmatizada y tres personas perdieron la vida en el área metropolitana. Las respuestas prometen ser de un “Estado presente”, que está invirtiendo fuerte en ayuda y que vuelve a reunir los equipos para la Comisión Hídrica. Al mismo tiempo, quiere formar un comité de cuenca (que ya está formado desde hace mucho), con la idea de que se tenga un proyecto ejecutivo para luego buscar financiamientos internacionales. Nada nuevo. Todas las obras grandes son caras, como fueron en su momento Escaba o El Cadillal. Por eso los otros proyectos que debieron hacerse, como los diques Potrero del Clavillo o Potrero de las Tablas, quedaron en el olvido. La cuestión es si basta con volver a hacer estudios y volver a juntar comités de cuenca. El biólogo González se pregunta “si es posible cambiar el paradigma con los mismos enfoques de siempre”. Si se fracasa, el Estado presente se transforma en un Estado ausente.