La voz emocionaba por el esfuerzo, por esa capacidad tan de otro tiempo de hacer viajar un mensaje con el puro cuerpo por las calles de Barrio Sur y más allá. Era un grito pelado: nada de megáfonos de masitero, nada de chiflo de afilador, nada de artefactos que ayudaran. Solo un hombre, su garganta y ese modo de estirar las sílabas hasta que parecieran más grandes que la mercadería misma. Contra las leyes elementales de las velocidades de propagación de la luz y el sonieo, antes de verlo, uno ya lo había oído.

Y además no gritaba una sola palabra, sino dos: “¡Alcachofa, alcauciles!”. Quizá para que lo entendieran todos. O quizá porque una sola no bastaba. Alcachofa tenía algo ancho, abierto, de vocales redondas; alcauciles, en cambio, se iba afinando en esa “i” estirada que seguía vibrando un rato en el aire. No eran dos nombres nomás. Eran dos maneras de empujar la misma verdura por la calle. No repetía: la hacía crecer en la voz. Quizás era también una forma de sentirse que no vendía una sola verdura.

Cuando llegábamos a casa hambrientos y nos decían que había alcachofas no sabíamos bien qué pensar. ¿Qué era exactamente? ¿Una planta, una flor cerrada, un cardo comestible, un extraterrestre vegetal? Además estaba su paradoja principal: uno podía morirse de hambre mientras la comía. Debe haber pocas cosas tan poco rendidoras como una alcachofa. Había que arrancar las hojas una por una, mojarlas en aceite con sal, llevarlas a la boca, raspar apenas con los dientes esa pulpa mínima y dejar el resto. Y repetir. Y volver a empezar. No era una comida que se entregara rápido. Más que comer, uno perseveraba. Más que llenarse, uno participaba de un rito. Como el “sopo y tiro” de los naipes que no es del todo parte del objetivo del juego.

Y acaso el rito era mejor que la recompensa. A mí, por lo menos, nunca me importó demasiado el famoso corazón, esa supuesta gloria final que los entendidos presentan como la mejor parte. Me gustaban más las hojas. O mejor dicho: me gustaba el trabajo de las hojas. Ese paladeo mínimo, lateral, repetido, un poco absurdo. Había algo muy raro en encontrar placer justamente en lo que menos rendía, en lo que exigía paciencia, en lo que obligaba a demorarse. La alcachofa era una de las pocas comidas en las que el trayecto valía más que la llegada.

Porque al acercarse al centro la cosa no se volvía más limpia ni más noble. Al contrario. Se volvía más rara. Más animal, casi. Aparecía esa pelusa, ese centro plumoso, esa intimidad vegetal ligeramente repulsiva que arruinaba toda ilusión de pureza final. En vez de un núcleo terso y glorioso, uno encontraba algo fibroso, inquietante, medio nido, medio bicho. Por eso nunca terminé de confiar del todo en el corazón de la alcachofa. Me atraían mucho más las hojas, trabajosas pero claras, que esa promesa final un poco fea.

Tal vez por eso el grito del verdulero conmovía tanto. No anunciaba solo una mercadería. Anunciaba todo lo que venía con ella: la verdura de dos nombres, la forma entre flor y armadura, el plato de aceite con sal, el trabajo paciente de las hojas, el hambre que seguía ahí mientras uno comía. “¡Alcachoofa, alcauciiiiles!”

Hoy casi no recuerdo tanto  el gusto de la alcachofa pero jamás se me borrará su dificultad, su forma improbable, el centro plumoso que me alejaba y la voz del verdulero, que parecía venir pregonando la margarita de las mesas, algo hecho para deshojarse lentamente, como si en ese vozarrón estuviera escondido, a su manera, un viejo y silencioso me quiere, no me quiere.