El hombre da vueltas sobre su mismo eje; la mujer también. A ambos les invade la misma sensación: mostrar una oxigenación sin que eso implique crisis o exteriorice debilidad. El tercer año de cada mandato suele tener esa dinámica. Los que tienen posibilidad de continuidad aspiran a desarrollar la gestión sin grandes contratiempos en un mundo cada vez más convulsionado.

Osvaldo Jaldo mira por la ventana de su despacho hacia la plaza Independencia. La postal es de absoluta tranquilidad, pero la procesión va por dentro: siente la necesidad de dar un golpe de timón para preservar lo construido hasta ahora. Luego mira la televisión y las imágenes les responde con las protestas de los habitantes de La Madrid, afectados por las inundaciones y a punto de ser desalojados de la ruta. Pregunta a sus colaboradores cómo es posible eso si, al mismo tiempo, en una oficina del Palacio de Gobierno los representantes de esos mismos vecinos tratan de acordar soluciones después del temporal que les llevó todo, absolutamente todo. Los funcionarios afirman que no esquivaron el problema y que siempre estuvieron a la par de esos ciudadanos. “Cortar la ruta es delito”, repite el gobernador para justificar el accionar policial, y explica que no se puede detener el paso de vehículos que nada tienen que ver con la situación vivida. “Nosotros damos la cara y no nos pueden decir que los dejamos solos”, sigue en su análisis.

El mandatario scrolea en su celular. Las noticias dan cuenta que la gestión del presidente Javier Milei tampoco atraviesa un buen momento. Los cuestionamientos hacia la falta de resultados microeconómicos son cada vez más persistentes, por más que el propio economista libertario diga que “es falso que estemos mal” en referencia al rumbo económico argentino. Con ingresos de los argentinos que recién empiezan a recuperarse, el estrés financiero se hace visible (el alto endeudamiento y el crecimiento de la mora crediticia). La micro no contradice la mejora macro, pero sí le pone un límite: sin una recuperación más firme de ingresos y confianza, el equilibrio sigue siendo frágil, definió GMA Capital en su último reporte.

Si la macro define el programa y la micro su sostenibilidad, la política determina su viabilidad. Y ahí es donde los terceros años suelen volverse más desafiantes: con menor capital político, mayor sensibilidad social y una agenda económica que empieza a enfrentar sus propios límites. Eso se evidencia en el deterioro de la imagen presidencial y de la gestión de Gobierno. A ese escenario le teme también Osvaldo Jaldo. En Tucumán, el salario público sostiene el consumo y la caída de la recaudación es una variable que causa escozor en el poder. No hay margen de maniobra financiera que no conduzca hacia las restricciones presupuestarias. El gobernador analiza dar una vuelta de tuerca más a las finanzas públicas, a tono con lo que realizan otros gobernadores en sus distritos. El tranqueño le teme a la caída de su imagen, esa que lo sostiene entre los cinco mandatarios con mejor exposición pública en la Argentina, según el ranking nacional de CB Consultora de Opinión Pública. En medio de tantas tempestades, en la actualidad mira puertas adentro de su gabinete para definir quiénes están en condiciones de continuar el partido y quiénes tendrán que dejar el puesto para darle nuevos bríos al equipo. Pero el proceso es difícil, tanto que él mismo trata de convencerse con una frase que le repitió, en las últimas reuniones, a la intendenta capitalina Rossana Chahla, la mujer que aplicó el bisturí en el gabinete, que avanzó con los cambios: “lo difícil no es sacar funcionarios, sino establecer quién puede ocupar el puesto vacante”.

¿Por qué Jaldo cambiaría su línea de pensamiento para tocar las piezas que lo acompañan desde el día uno de su gestión? El gobernador ha sentido el desgaste con las últimas inundaciones y situaciones internas que causaron rispideces dentro del gabinete. Siente que son pocos los que salen en defensa de la gestión cuando la oposición lo embiste. En gran medida, eso responde a su estilo personalista de conducción, pero también revela la pasividad de algunos actores del jaldismo cuando el agua llega hasta el cuello. Son pocos los que generan agenda propia de tal manera de modificar el rumbo de crisis interna o externa. Los tiempos institucionales no van de la mano que los electorales que se avecinan a pasos agigantados y, en toda batalla, se necesitan escuderos, alfiles, torres, además de peones. La reelección es un proyecto casi definido, pero requiere de más movimientos en el tablero oficialista. Al menos, esa es la lógica de Jaldo.

Con la oposición fragmentada, la Casa de Gobierno sigue teniendo margen de maniobra para sostener el caudal electoral. Ese sería el escenario de “continuidad controlada”, tal como lo plantea el Grupo Borgia Consultoría Política. Eso se caracteriza por la persistencia del control institucional y territorial del oficialismo, en un contexto de oposición fragmentada y sin liderazgo provincial unificado. Los actores opositores exhiben capacidad limitada de articulación electoral, alta dependencia del contexto nacional y dificultades estructurales para converger en una alternativa común. La conflictividad se mantiene administrada, con cierres institucionales efectivos y predominio del control del tiempo político por parte del Poder Ejecutivo, advierte su director Santiago González Díaz.

El segundo escenario que se plantea es el del “riesgo medio”. En este caso, se incrementa la frecuencia e intensidad de la activación de actores con capacidad de daño, generando un mayor desgaste político e institucional, sin derivar en una oposición electoral consolidada. El factor desgaste está latente, tanto por conflictos sectoriales como disputas internas por la ubicación de tal o cual dirigente territorial en la lista que compone la oferta del año electoral. La gobernabilidad se sostiene, aunque con mayores costos políticos y necesidad de intervención permanente. Si bien el Grupo Borgia lo sostiene como de baja probabilidad, el escenario tres plantea la “convergencia opositora condicionada”, que supone una articulación excepcional de sectores actualmente fragmentados, incluyendo acuerdos tácticos entre fuerzas tradicionales y espacios emergentes, bajo un contexto nacional favorable. Su materialización requiere simultáneamente: alineamiento nacional que incentive acuerdos provinciales; reducción de disputas internas opositoras; y una disminución del control institucional del oficialismo. En este caso, las limitaciones son las históricas: todos quieren ser el conductor que aglutine a la dirigencia variopinta que, a juzgar por las últimas elecciones, sólo quieren llevar agua para su molino.

El frente jaldista, en este contexto, aspira a la unidad y, de no ser posible, llegar consolidado a las internas para dirimir candidaturas. Esto con la posibilidad que el gobernador aspire a otro mandato. La pelea volverá a estar en la Capital, donde La Libertad Avanza quiere sentar las bases tanto o más que en Yerba Buena o en Concepción, dos distritos en los cuales el mileísmo asoma con fuertes posibilidades de quedarse con la conducción institucional. Esta perfomance puede derrapar en caso de que el radicalismo logre unificarse y presentar una propuesta propia, algo que, en la actualidad, no es de fácil concreción. Las elecciones generales están a la vuelta de la esquina. Funcionarios, legisladores, concejales, dirigentes territoriales y punteros políticos no dejan de ensayar espacios dentro de las nóminas que se presentarán en las tres secciones electorales de la provincia. En el medio está la gestión, con 18 meses por delante todavía. En lo institucional, Jaldo no le soltará la mano a Milei (y viceversa). En lo político, el futuro es tan imperfecto como las proyecciones de resultados que dependerán más de las acciones que de las promesas. El humor social y político así lo exige.