Hay en las piezas reunidas en “Que sea el viento un muro” algo que no termina de asentarse del todo. No porque esté incompleto, sino porque parece resistirse a obedecer las leyes que organizan el mundo cotidiano. Las estructuras flotan, los planos se superponen sin gravedad, las fachadas se desprenden de su contexto original y conviven en una lógica nueva, casi autobiográfica. En ese territorio suspendido trabaja Jerónimo Salvatierra; arquitecto de formación, artista digital por elección y, cada vez más, explorador de los límites entre ambas disciplinas.
La muestra que presenta en Biomba Galería (Santa Fe 240) marca un punto de inflexión en su producción. Salvatierra viene trabajando desde hace años con formas arquitectónicas, pero no desde la literalidad técnica, sino desde una mirada que él mismo define como fuertemente surrealista. “Son estructuras que están flotando livianamente en el aire y como que no obedecen a las reglas de la física, de la gravedad y de todo lo que los arquitectos en nuestra práctica diaria tenemos que respetar sí o sí”, sintetiza.
Durante años, su universo visual estuvo anclado en las arquitecturas de adobe de los Valles Calchaquíes. Nacido en Santa María, Salvatierra encontró en esas construcciones un material sensible, cargado de memoria. “Siempre me interesó rescatar esas arquitecturas silenciosas, centenarias y tan queridas por mí, vistas desde la niñez”, recuerda. Esa primera etapa estuvo atravesada por una voluntad de recuperación, casi de homenaje.
Lo nuevo, en esta muestra, es el desplazamiento del eje. “Decido mirar hacia Tucumán, que es mi segundo hogar por adopción -apunta-. Vine hace 25 años a estudiar Arquitectura y me radiqué”. Ese giro implica trasladar la mirada desde el paisaje originario hacia la ciudad habitada, desde lo ancestral hacia lo urbano contemporáneo.
Paso a paso
El foco está puesto en un tipo específico de arquitectura, como son las “casas chorizo” y sus variantes. Pero no en su estado ideal o restaurado, sino en su fragilidad. “He decidido mirar esas fachadas haciendo foco especialmente en aquellas que están en un estado avanzado de deterioro o ante lo que yo interpreto como una inminente demolición -destaca-. Uno sabe que cuando ve el medidor de luz retirado es porque hay un permiso de demolición dado”.
Ese gesto -registrar lo que está por desaparecer- se convierte en materia artística. Las fachadas, las medianeras expuestas tras el paso de la piqueta, las huellas de escaleras, los restos de azulejos que delatan antiguos baños; todo eso forma parte de un archivo personal que luego se transforma en obra. “Me interesaban mucho esas medianeras. Son más difíciles de registrar, pero tienen una potencia enorme”, detalla.
El proceso no es inmediato ni lineal. Primero está el impulso del registro fotográfico, sin saber exactamente qué se hará con ese material. “Antes de saber cómo va a ser la obra final tengo una intención, un impulso de registrar”, cuenta. Luego, ese archivo comienza a decantar en ideas, en bocetos, en intuiciones que se van organizando.
El paso siguiente es el terreno digital, donde su formación como arquitecto se vuelve herramienta. Utiliza programas de renderizado y software de procesamiento de imagen para construir lo que define como una maqueta virtual.
“La visión está desde el momento en que caminás la calle y ves un medidor y decís: esto tiene un valor artístico. O ves un cablerío caótico y pensás: esto tiene que hablar de algo”. Esa sensibilidad -reconocer lo significativo en lo aparentemente banal- es el hilo que atraviesa toda la muestra.
El resultado son piezas que combinan lo reconocible con lo imposible. Hay estructuras flotantes, pero también composiciones que sugieren una base, una suerte de soporte. “Mi primer impulso fue superponer fachadas y lograr como torres o edificios en altura -sostiene-. Después dejé ese camino y ahora quería retomarlo, pero con fachadas de acá”.
La búsqueda
Esas composiciones funcionan como frentes urbanos inventados, en los que conviven elementos de distintos orígenes. Hay casas de adobe de Santa María, fachadas tucumanas, detalles rurales y urbanos. “Están mezcladas fachadas de ranchitos de adobe, de parajes como Loro Huasi o Palo Seco, con edificios de la zona norte de Tucumán -enumera-. También aparece un corral de cabras, o detalles urbanos como grafitis”.
Ese cruce no es caprichoso, ya que responde a una lógica interna, biográfica. “Es formar parte del mismo ecosistema, que en este caso sería mi vida”, resume Salvatierra. En ese ecosistema aparecen veredas con cordones gastados, cunetas, adoquines y mosaicos, pero también cardones, pencas, carros callejeros. Todo convive en una unidad que es, en última instancia, personal.
Algunas obras llevan ese concepto aún más lejos. La serie llamada “Isótropos” propone estructuras sin arriba ni abajo, sin orientación fija. “No tienen pie ni cabeza. Pueden presentarse en distintas direcciones y la lectura no varía”, explica. La idea remite a la posibilidad de recorrer la ciudad desde múltiples direcciones, a la cuadrícula urbana, pero traducida en tridimensionalidad.
Cada pieza, sin embargo, tiene un eje particular. En una, la protagonista es la vereda tucumana con su naranjo y sus mosaicos. En otra, la vegetación -una Santa Rita- ocupa el centro de la escena. En otra aparecen personajes: perros callejeros que introducen una dimensión afectiva. “Son cosas muy personales, que uno va rescatando en su caminar por la ciudad”, dice.
Entre todas las obras hay una que se destaca por su escala: un fragmento de 1,40 por 3,30 metros que pertenece a una pieza mayor que aún no existe como tal. “La obra mayor está insinuada, bocetada, pero no terminada. Yo desarrollé solo este sector”, cuenta. La decisión de trabajar a gran escala surgió en diálogo con el curador Javier Soria Vázquez: “la idea era mostrar algo en una escala mucho mayor para que haya una valoración distinta de las texturas y los detalles”.
En esa pieza, la arquitectura de los Valles vuelve a tener protagonismo, aunque infiltrada por elementos urbanos tucumanos: mamparas, mosaicos, grafitis. Son marcas de lo contemporáneo, propias de una ciudad que late en contraste con las formas ancestrales.
Exploraciones
La muestra no se limita al plano bidimensional. A partir de esta exposición, Salvatierra decidió experimentar con la escultura. En ese sentido, unla instalación que presenta en Biomba responde a esa inquietud. Se trata de una estructura semisuspendida, construida con materiales de descarte como cartón, telgopor, caños de PVC y envases plásticos. “Pensé: si estoy hablando de la ciudad, ¿qué es lo que descarta la ciudad? En mi caso, como arquitecto, hay muchos materiales de construcción que se descartan. Entonces la idea era tomar eso y darle un vuelo poético”, explica.
El gesto tiene una doble lectura. Por un lado, retoma los temas de su obra -la ciudad, sus restos, sus capas- y por otro, marca un pasaje hacia lo físico, hacia el objeto. “Era una forma de pasar a la tridimensionalidad, a la corporeidad, y de ocupar un espacio mayor”, añade. La instalación dialoga con las piezas digitales, pero también abre una nueva línea de exploración. Ese cruce entre disciplinas no es casual. Es hijo de los prestigiosos artistas Enrique Salvatierra y Manuela Rasjido, así que el bagaje viene de muy chico, en un entorno en el que el arte era parte de la vida cotidiana. “Los libros, los amigos, todo eso te va formando, te da una inquietud que después, como arquitecto, encontré en la técnica digital”, apunta.
La elección no fue inmediata ni evidente. De hecho, reconoce que la escultura -que ahora comienza a explorar- podría haber sido un punto de partida más lógico. “Pero se encontraron en el punto en que tenían que encontrarse”, dice, sin dramatizar.
Un lento proceso
Su posición dentro del campo artístico está atravesada por una tensión que no es nueva: la del arte digital frente a las disciplinas tradicionales. “Va cambiando, va mejorando, pero todavía hay concursos en los que el arte digital está explícitamente excluido”, señala. En otros casos, se lo incluye de manera indirecta: “puede entrar si el jurado decide evaluarlo como fotografía o como grabado digital”.
Claramente, la situación no está resuelta. “La categoría en sí tuvo que ganarse un lugar y un respeto que no termina de consolidarse. Está ahí”, afirma. Su propia experiencia en salones nacionales refleja ese proceso, con la forma de obras aceptadas, pero bajo etiquetas que no terminan de nombrar lo que hacen.
En ese contexto, su trabajo se ubica en un territorio híbrido, en diálogo constante entre la arquitectura, el arte digital y ahora la escultura. Esa hibridez es, quizás, una de sus principales fortalezas, pero también uno de los desafíos a la hora de insertarse en un sistema que aún organiza sus categorías de manera rígida.
La muestra en Biomba parece funcionar como un espacio de síntesis. Después de la inauguración -ese momento de vértigo y exposición- queda el silencio de la sala, el tiempo detenido frente a las obras. “Es imposible no ver el resultado y recordar el trabajo que implicó”, comenta Salvatierra. Los detalles, las dificultades técnicas, las decisiones acumuladas... Todo reaparece en esa mirada retrospectiva.
Pero más allá del proceso, hay una pregunta central: si el resultado responde a lo que buscaba. “Sí -enfatiza-. Noto que es muy personal. Algunos me dijeron que se nota el cambio, como un paso hacia adelante en mi producción”. Ese avance no se define por un gesto espectacular, sino por la incorporación de elementos que estaban pendientes, por decisiones que finalmente encontraron su lugar.
Por todo esto, en Biomba, las arquitecturas de Salvatierra no solo flotan; también dialogan. Entre lo rural y lo urbano, entre lo construido y lo demolido, entre lo digital y lo material. En ese diálogo, lo que emerge no es una ciudad ideal ni una memoria congelada, sino un territorio en transformación, atravesado por la experiencia personal de quien lo mira, lo recorre y, finalmente, lo reimagina.