Si Napoleón hubiera venido a El Mollar en 1798 y hubiera hallado el menhir Ambrosetti acaso, en vez de decirles a sus soldados “cuarenta siglos os contemplan”, hubiera dicho “Dieciocho siglos os contemplan”, se habría llevado el megalito a París (habría quedado en el Louvre) y ahora cualquier visitante estaría pagando 20 euros por una visita turística para admirarlo. Y escucharía un audio con un resumen lo que se hubiera podido reconstruir de la cultura Tafí en el siglo I aC. Todo es suposición, por cierto. Pero así se llevaron los europeos las reliquias y las piedras de Egipto y de otros países. Así trasladaron la piedra Rosetta al Museo Británico y el busto de Nefertiti al Neues Museum de Berlín.
“Tesoro” al aire libre
A los menhires de los valles -hay registrados en la zona 125- no los expoliaron los europeos pero sí hubo traslados que comenzaron a visibilizarse en 1897, cuando el etnógrafo Juan B. Ambrosetti describió la asombrosa piedra de 3.10 m y 1.800 kilos hallada en la finca de Justiniano Frías en El Mollar. Ambrosetti contó que ya lo había descripto 40 años antes Germán Burmeister y que un grupo de franceses lo había desenterrado pensando que abajo iban a encontrar un tesoro. El tesoro era el menhir.
En 1940 el profesor Guido Buffo, que lo estudió en profundidad describiendo todas las imágenes que tenía la “figura coronada”, dijo que “puede ser comprendido entre las manifestaciones artísticas americanas más interesantes de la antigüedad y la más valiosa de las existentes en tierra argentina”. Pero -añadió- debe tenerse presente que la acción destructora de los siglos y de los hombres ha acabado por desfigurarlo a tal punto que puede decirse que su estado actual, comparado con lo que ha sido esta obra en su origen, es equivalente a un cuerpo humano semidespellejado y maltrecho respecto de un hombre anatómicamente completo”.
Desde el comienzo hubo fuerte debate entre el significado como objeto estético o como representación de una cultura -la diferencia entre “arqueología de objetos” o “arqueología de contexto, cultural”, como señaló Eduardo Berberian-. Ya cuando el gobernador Ernesto Padilla decidió en 1914 trasladar el Ambrosetti al parque 9 de Julio para engalanar los festejos del Centenario de la Independencia fue criticado. En la nota “Arqueología calchaquí” del 25/11/1914 de LA GACETA se critica la “obsesión” de Padilla, que es “una verdadera herejía, porque en ningún punto pueden ser mejor estudiados los monumentos o los vestigios materiales de una civilización pasada que en el sitio y en el ambiente de origen”. Un año después, poco antes de que fuera llevado el menhir al parque, Ricardo Jaimes Freyre defendió en una nota la decisión del gobernador, afirmando que eran objetos que a lo largo de la historia habían sido movidos, como las mismas poblaciones. Las comparó con los traslados hechos por los europeos. Y el 3 de diciembre de 1915 el menhir estaba instalado en el parque.
A lo largo de los 110 años que han pasado hubo idas y vueltas con los megalitos y registros de sus presencias (y ausencias). En los 60 -cuenta Ana María Chambeaud, ex directora de Patrimonio Histórico y Antropológico- que hubo investigación de expertos del Instituto de Arqueología de Córdoba. Avanzaron con data científica de la edad de las piedras y se hicieron propuestas para establecer un sitio donde instalarlas, con la idea de que sería el sector de Casas Viejas el más indicado.
“Manu militari”
Hasta que en 1977 la dictadura aplicó una acción “manu militari”: los amontonó en la cima de la loma de entrada al valle. Acción que dejó una honda herida social, a tal punto que en 2002, cuando fueron reubicados en La Sala, se puso énfasis en que se hiciera el acto een fecha del golpe de estado, el 24 de marzo, para remarcar que ese parque de los menhires de 1977 fue otro de los brutales agravios de la dictadura. Ayer en una carta de lectores el capitán Juan E. Salaverry, encargado del traslado en 1977, dijo que habían estado en terrenos de particulares, que “los devolvieron sin necesidad de ponerles una pistola en la cabeza” y que “algunos estaban siendo usados como puentes para cruzar un arroyo”. Como sea, en ese parque del 77 fueron ubicados sin que se registre su origen y sufrieron las inclemencias del viento y el ataque de líquenes durante 45 años. Chambeaud calificó el traslado militar como “acto vandállco”. Llegaron a La Sala en desastroso estado. Se había acentuado la “acción destructora de los siglos y de los hombres” de que había hablado en 1940 Buffo.
Vuelta de página. Osvaldo Díaz, director de Patrimonio, cuenta que en 2011 la directora del Consejo de Restauración de Chile, Mónica Bahamondez Prieto, hizo una evaluación de su estado. Desde entonces se trabaja para sacarles líquenes y moho. En 2019 el Instituto geodésico hizo una evaluación de la estructura y dijo que “está complicada; se están degradando”. Ahora se aplica un proyecto para combatir los líquenes con elementos naturales en vez de químicos.
El museo más visitado
En 2007 Chambeaud había dicho que estaban registrados 123 menhires. Díaz dice que después descubrieron dos más, uno que había en una pirca que separa el predio de la calle. En cuanto al museo y al predio, “se va a instalar cartelería nueva y una línea de tiempo, y se pone en marcha un proyecto para hacer una revalorización”. A 110 años del primer traslado, parece mantenerse el debate entre lo profano (son objetos estéticos y se los ha llevado de un lado a otro) y lo sagrado (son representaciones religiosas, ceremoniales, culturales). Pero han quedado acomodados en el predio de La Sala. Díaz asegura que el de los menhires “es el museo que más visitas tiene al año en la Provincia; por lejos, tres o cuatro veces más que los otros. Recibe 70.000 visitas por año”.
La historiadora Teresa Piossek Prebisch decía en 2004 que son uno de los tesoros arqueológicos de Tucumán y de la Argentina, que debían ser puestos bajo techo y que debía hacerse un museo para ellos diseñado por César Pelli. Son vestigios enormes (en tamaño y cantidad) de una cultura de la que no hay rastros escritos, que acaso necesitan una política más amplia, que explore y valore esos rastros de civlizaciones pasadas sin la pátina de las capas culturales que fueron tapando a los pueblos aborígenes. Ahí están representados esos pueblos.
Menos mal que no vino Napoleón a llevarse el menhir Ambrosetti.