La industria manufacturera argentina atraviesa un escenario de fragilidad extrema. El último relevamiento del Indec reveló que la utilización de la capacidad instalada (UCII) retrocedió al 54,6% en febrero, un nivel que -excluyendo la anomalía de la pandemia- no se registraba desde la crisis financiera global de 2009. El dato confirmó que casi la mitad del potencial productivo del país permanece ocioso.

El indicador desnuda una "heterogeneidad asimétrica". Según Claudio Caprarulo, economista de la consultora Analytica, el sector entró en un “modo supervivencia”. La caída es transversal, pero el mapa productivo muestra dos realidades opuestas:

El motor energético: la refinación de petróleo es la gran excepción, al operar al 88,9% de su capacidad. Impulsada por el dinamismo de Vaca Muerta, es la única industria que supera su promedio histórico y roza máximos de principios de los años 2000.

El desplome fabril: en la otra vereda, los sectores vinculados al consumo interno y la construcción exhiben cifras críticas. La industria automotriz opera apenas al 38,9%, mientras que el rubro textil cayó al 39,9%. En ambos casos, los niveles de actividad remiten directamente al pozo recesivo de 2002-2003.

La paradoja automotriz ilustra el cambio de modelo. Mientras los patentamientos resisten, la producción local se hunde. Hoy, más del 80% de los vehículos vendidos son importados, desplazando a la fabricación nacional en un contexto de encarecimiento del crédito y apertura comercial.