En el fútbol moderno, donde los contratos millonarios, las redes sociales y las grandes marcas parecen dominarlo todo, todavía sobreviven historias que rompen el molde. Historias de jugadores que, antes o incluso durante su carrera, tuvieron otra vida. Oficios, estudios y rutinas que conviven -o convivieron- con la alta competencia. El Mundial 2026 no será la excepción.
Uno de los casos más llamativos es el de Patrick Wimmer. El delantero de la selección de Austria, rival de Argentina en el Grupo J, no encaja en el estereotipo del futbolista actual. Criado en una granja en Sittendorf, su vínculo con el fútbol no fue inmediato. De chico, su abuela tenía que obligarlo a entrenar: prefería quedarse en casa antes que ir a la cancha.
Hoy, ya instalado en la élite europea -juega en el Wolfsburgo de la Bundesliga-, su vida no cambió tanto como podría suponerse. Wimmer sigue levantándose temprano para alimentar animales, cortar leña o trabajar en el viñedo familiar. Mientras otros futbolistas eligen autos de lujo o moda, él firmó un contrato publicitario con una fábrica de tractores. “Si no fuera futbolista, estaría en el campo”, suele decir sin dudar. A esa identidad le suma una formación técnica en mecatrónica y un pasado como campeón juvenil de levantamiento de pesas. Dentro de la cancha, su rendimiento también sorprende: en 2023 fue uno de los pocos jugadores en Europa, junto a Lionel Messi y Kevin De Bruyne, en generar más de una ocasión clara de gol por partido.
Pero no es un caso aislado. La historia del islandés Heimir Hallgrímsson, por ejemplo, es una de las más simbólicas del fútbol reciente. Odontólogo de profesión, durante años combinó su trabajo en una clínica con la dirección técnica. Fue parte del histórico proceso de Islandia que alcanzó los cuartos de final de la Eurocopa 2016 y luego clasificó al Mundial de Rusia 2018. En ese debut mundialista, su equipo empató nada menos que contra la Argentina de Lionel Messi. Su legado marcó un antes y un después para un país que aprendió a competir desde la organización y el esfuerzo colectivo.
En Bélgica, Simon Mignolet también rompió el molde. El arquero, que fue parte del plantel que terminó tercero en el Mundial de Rusia 2018, no solo se destacó bajo los tres palos. Habla cuatro idiomas -francés, inglés, flamenco y alemán- y es licenciado en Ciencias Políticas. Su perfil lo llevó incluso a participar en el programa televisivo El hombre más inteligente del mundo, donde llegó a instancias finales, aunque debió bajarse por sus compromisos deportivos. “Me hubiera gustado participar en la final, pero mi trabajo sigue siendo el de futbolista”, explicó en ese momento, mientras sostenía una carrera en clubes de primer nivel.
La lista sigue. Jamie Vardy, campeón de la Premier League con Leicester y mundialista con Inglaterra, trabajaba en una fábrica de férulas médicas mientras jugaba en ligas amateurs. Cumplía turnos de hasta 12 horas antes de entrenar. Incluso, un problema judicial lo obligó a usar un brazalete electrónico que condicionaba su rutina y lo llevaba a abandonar partidos antes de tiempo para cumplir con el horario impuesto. Nada de eso frenó su ascenso.
Algo similar ocurrió con Peter Schmeichel. Antes de convertirse en uno de los mejores arqueros de la historia y jugar el Mundial de Francia 1998 con Dinamarca, tuvo una vida laboral diversa: trabajó en una fábrica textil, fue limpiador en un asilo y hasta se desempeñó en ventas. Su camino al profesionalismo no fue directo, pero terminó en la élite.
También aparece un caso con sello argentino. Julio Cruz, mundialista en Alemania 2006, no llegó al fútbol desde una cantera tradicional. A comienzos de los ‘90 trabajaba como jardinero en el predio de Banfield, hasta que una necesidad del plantel lo llevó a hacer de sparring. Ese día cambió su historia: dejó el tractor y se puso los botines para no sacárselos más. Debutó en 1994, se consolidó en el club y luego dio el salto a River, donde fue parte de un plantel repleto de figuras. Desde ahí inició una carrera que lo llevó a Europa -Feyenoord, Bologna, Inter y Lazio- y a la Selección.
También hay historias de entrenadores que siguieron caminos poco convencionales. Jorge Sampaoli es uno de los ejemplos más claros. Nunca jugó al fútbol de manera profesional: una grave lesión en su juventud lo dejó afuera de las canchas. A partir de ahí, su vida tomó otro rumbo. Trabajó en el Banco Provincia y fue empleado municipal, mientras empezaba a dirigir en ligas regionales. Su historia está atravesada por la perseverancia. En sus primeros años, dirigía donde podía y como podía: incluso llegó a subirse a un árbol para dar indicaciones en un partido porque no le permitían estar en el banco. Más adelante, ya en Perú, vivió en un cuartel de bomberos para ahorrar dinero mientras dirigía. Con el tiempo, ese recorrido lo llevó a la élite: pasó por Chile, donde ganó la Copa América, y luego dirigió a la Selección argentina en el Mundial de Rusia 2018. Un camino construido desde el trabajo y la obsesión por el detalle.
En Argentina también hay historias marcadas por el esfuerzo. Ángel Di María, campeón del mundo en Qatar 2022, creció ayudando a su padre en un corralón de carbón en Rosario antes de dar sus primeros pasos en Rosario Central. Ese origen, atravesado por el sacrificio, lo acompañó durante toda su carrera. Años más tarde, en una carta publicada en The Players’ Tribune titulada “Bajo la lluvia, en el frío, de noche”, dejó un mensaje que resumía su recorrido: “Ustedes no saben por qué lloro”. El 18 de diciembre de 2022 volvió a emocionarse y esa vez hizo llorar a todo un país, pero de alegría.
Son historias que, en tiempos de hiperprofesionalización, recuerdan que el fútbol también se construye desde otros lugares: el esfuerzo cotidiano, la formación académica o el trabajo fuera de la cancha. Wimmer lo resume sin vueltas: para él, jugar contra Argentina en un Mundial es un “regalo”, uno que afrontará con la misma naturalidad con la que, años atrás, recorría su granja. Porque, a veces, detrás de un futbolista de élite, también hay un obrero, un estudiante o alguien que todavía prefiere subirse a un tractor antes que a un auto de lujo.