La Sala de Grandes Juicios de Salta fue el escenario del capítulo final de una tragedia que conmovió a la provincia de Salta. Con la mirada esquiva y la cabeza baja, José Eduardo “Jota” Figueroa escuchó la sentencia que marcará el resto de sus días: prisión perpetua.

Pasadas las 14, los jueces Cecilia Flores Toranzos, Eduardo Sángari y Leonardo Feans lo declararon autor material y penalmente responsable de un crimen que no dejó margen para las dudas, calificando el hecho como un homicidio doblemente agravado por el vínculo y por mediar violencia de género. 

Antes de la sentencia por el crimen en country, José Figueroa pidió perdón a la familia Kvedaras

La rigidez del imputado durante la lectura contrastó con el clima que se vivía fuera del recinto, donde el dolor acumulado desde agosto de 2023 se transformó en un alivio colectivo.

En ese instante, la rigidez del protocolo judicial se vio interrumpida por un sonido que venía de afuera, de la calle, del alma misma de quienes amaban a la víctima. En el hall de los tribunales, amigas de Mercedes Kvedaras estallaron en un grito de justicia que atravesó los muros de la sala de audiencias. Fue un clamor que llegó hasta los oídos de la jueza Flores Toranzos que terminaba de leer el veredicto.

Cárcel, ADN y la lupa sobre los peritos

Finalmente, el Tribunal dispuso que Figueroa permanezca detenido en el penal de Villas Las Rosas para cumplir su condena. Como parte de los protocolos para delitos de esta gravedad, se ordenó su inscripción en el Banco de Datos Genéticos, mientras que, en el plano civil, los magistrados decidieron no hacer lugar a la solicitud de indemnización para las víctimas indirectas.

Sin embargo, el fallo no solo golpeó al condenado, sino que también puso bajo sospecha el accionar de ciertos profesionales durante el proceso. Los jueces ordenaron remitir las actuaciones necesarias para investigar al médico forense Daniel Eduardo Dib por la posible comisión de falso testimonio, elevando además las copias al Tribunal de Ética del Colegio de Médicos de Salta. 

En la misma sintonía, se solicitó la intervención de la Fiscalía para investigar al licenciado Enrique Prueguer por un presunto ejercicio ilegal de la profesión, aunque el tribunal decidió no avanzar con pedidos similares respecto al médico psiquiatra Osvaldo Navarro.

La caída de la estrategia de la defensa

Durante los alegatos de ayer, la fiscal María Luján Sodero Calvet fue implacable al desarmar cualquier intento de atenuar la responsabilidad del acusado. Frente a la hipótesis de la defensa, que buscó refugio en las figuras de un accidente fortuito o un estado de emoción violenta, la fiscalía respondió con la frialdad de los hechos. Sodero Calvet afirmó con seguridad que Figueroa "sabía lo que hacía", insistiendo en que cada movimiento del agresor fue parte de "un acto intencional y consciente".

Para la acusación pública, no había grises ni beneficios posibles. La saña descripta en el expediente y la frialdad posterior al crimen dejaban a la prisión perpetua como la única respuesta legalmente aceptable ante la magnitud del daño causado. Por otra parte, el relato de la querella, no solo se centró en el desenlace fatal, sino en la construcción de una relación de pareja que, puertas adentro, estaba cimentada sobre el control absoluto y la asfixia psicológica.

El rastro de la violencia: cuarenta marcas en el cuerpo

Lo que terminó de hundir la posición de Figueroa fue el rigor de la ciencia. La investigación contó con un respaldo pericial que resultó demoledor para cualquier coartada. La autopsia reveló que Mercedes Kvedaras no tuvo una muerte accidental; fue asesinada por asfixia mecánica mediante estrangulamiento y sofocación. Pero el dato que terminó de estremecer a los presentes fue la saña: los especialistas forenses contabilizaron más de 40 lesiones en distintas partes del cuerpo de Mercedes.

Esas marcas hablaban por ella. Los peritos identificaron claros signos de defensa, lo que indicaba que Mercedes luchó por su vida hasta el último aliento. Esta prueba científica, sumada a los testimonios que describieron los antecedentes de violencia dentro del hogar, despojó al crimen de cualquier narrativa de "arrebato" para colocarlo en el lugar de un femicidio largamente gestado en la sombra.