Hay hombres que parecen tallados en una madera que ya no se consigue. Maderas nobles, de esas que resisten el paso de los inviernos y el azote del sol sin quebrarse. Manolo Jiménez, a sus 92 años, es uno de ellos. Ayer, en el corazón de una sala de audiencias que crujía bajo el peso de 12 horas de alegatos y relatos de horror, su figura se alzaba como un monumento a la dignidad silenciosa.

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Manolo vive en La Merced (a 30 kilómetros de la capital salteña), pero al hablar, el aire se llena de una cadencia que el tiempo en Salta no ha logrado borrar: una tonada española, intacta y orgullosa, que evoca tierras lejanas pero que hoy solo sabe nombrar el dolor local. Allí estuvo él, firme, con la mirada de quien ha visto casi un siglo de historia pasar frente a sus ojos, pero que nunca imaginó tener que presenciar el epílogo judicial por el asesinato de su nieta, Mercedes Kvedaras.

Una fortaleza de noventa años

Mientras los peritos hablaban de ADN, toxicología y mecánicas de muerte, Manolo no bajó la vista en ningun momento. Escuchó el horror sin que el pulso le temblara, sosteniendo una entereza que conmovió a los presentes. Era el guardián de una memoria que se negaba a ser solo un expediente.

Hoy, tras la lectura de una sentencia que puso nombre y condena a la tragedia, Manolo salió al sol de Salta con la misma serenidad con la que entró. No había fuego en sus palabras, sino una paz antigua, destilada por la fe y el convencimiento de que el odio es una carga demasiado pesada para quien ya ha caminado tanto.

"Se hizo justicia; no nos queda rencor, solo el compromiso con nuestros nietos", sentenció con esa voz que es un puente entre su España natal y este suelo que hoy le devuelve un poco de calma.

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Mientras algunos de sus familiares, movidos por un entendible afán de protegerlo del cansancio y la exposición, intentaban llevarlo hacia la salida, el hombre se plantó con una firmeza inesperada. Resistió el suave impulso de los suyos y, con la autoridad que le dan sus nueve décadas, sentenció: "Espere un poquito, tengo que dar un mensaje. Tengo que decirlo por Mercedes, desde el amor". En ese gesto, Manolo dejó de ser un testigo pasivo para convertirse en la voz necesaria de quien ya no puede hablar.

La justicia del hombre y la de Dios

Para Manolo, el veredicto no es un trofeo, sino un alivio espiritual. En su cosmovisión, los tribunales cumplieron con su parte, pero hay una armonía superior que le permite cerrar la puerta sin resentimientos. "No nos queda ni rencor, no nos queda ninguna grieta de decir que tenemos odio", explicó con una sencillez que desarma cualquier debate técnico. Para él, se ha cumplido un doble orden: la justicia de los hombres ha ratificado lo que él ya había encomendado a la justicia divina.

El futuro tiene nombre de nietos

A pesar de su edad, Manolo no habla de finales, sino de comienzos. Su motor, el que lo mantuvo erguido durante las extenuantes jornadas de juicio, tiene rostro joven: sus tres bisnietos, los hijos de Mercedes.

Sabe que el tiempo es un recurso finito, pero su compromiso es absoluto. Los niños ya están en el colegio, intentando reconstruir una rutina sobre los cimientos que este abuelo centenario sostiene con sus manos grandes y callosas.

"Ellos son mis nietos, nos hemos encargado de ellos y los llevamos por el buen camino", afirmó, dejando en claro que la verdadera sentencia no se escribió en un papel, sino en la promesa de darles "amor y todo lo más grande que podemos tener".

Manolo Jiménez se retiró de la Ciudad Judicial caminando despacio, pero con la frente en alto. Se llevó consigo su tonada, su elegancia de otra época y la certeza de que, aunque el vacío de Mercedes será eterno, la oscuridad ya no tiene permiso para entrar en su casa de La Merced. Sus nietos tienen un guía; Salta, un ejemplo de cómo se atraviesa el infierno sin quemarse el alma.