El calor ya no es solamente una molestia de verano. En Tucumán, las altas temperaturas, la humedad persistente y la expansión de los mosquitos empiezan a dibujar otro escenario sanitario. Uno que, según advierte el decano de la Facultad de Medicina de la UNT, Mateo Martínez, llegó para quedarse.
Durante una entrevista para este trabajo especial que realiza LA GACETA sobre cambio climático y salud, el médico sostuvo que el norte argentino atraviesa un proceso de “tropicalización” que impacta directamente en la vida cotidiana, multiplica enfermedades transmitidas por mosquitos y profundiza las desigualdades sociales.
“Nosotros estábamos en una zona subtropical y nos estamos transformando en una zona tropical”, resumió. Para Martínez, el fenómeno ya no puede pensarse como un problema ambiental lejano ni como una discusión académica reservada a especialistas. Sus efectos -asegura- ya se sienten en los hospitales, en los barrios y en los cuerpos.
- El cambio climático ya está teniendo un impacto en la salud de las personas. ¿Cuáles son hoy las enfermedades o problemas que más preocupan?
- El impacto puede pensarse de dos maneras: el efecto general del cambio climático sobre la salud y el bienestar de las personas, y lo que está ocurriendo específicamente en el norte grande argentino. En términos generales, el calor extremo tiene efectos directos. Puede producir desde disconfort hasta golpes de calor o deshidrataciones severas, especialmente en personas vulnerables como bebés, niños pequeños y mayores de 65 años. Pero además hay otro fenómeno muy importante: el aumento de enfermedades transmitidas por artrópodos, es decir, por mosquitos. Ahí aparecen enfermedades como dengue y chikungunya, que hoy están presentes en Tucumán con un crecimiento muy marcado. También vemos efectos cardiovasculares y respiratorios. Muchas personas sienten palpitaciones, sofocación o dificultad para respirar durante los días de mucho calor y humedad. Esa sobrecarga térmica aumenta el riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares. Y hay un impacto indirecto que muchas veces no se menciona: el deterioro del bienestar cotidiano. En los últimos 70 años prácticamente se duplicaron las horas del día en las que el calor impide desarrollar actividades normales. Incluso hay estudios que vinculan las olas de calor con un aumento de las tasas de suicidio.
- ¿Cómo observa la situación actual de Tucumán con el avance del chikungunya?
- Era algo esperable. El norte argentino atraviesa un proceso de tropicalización. Están aumentando las temperaturas medias y, además, tenemos urbanización descontrolada, más parque automotor y cambios en el uso del suelo, con desmontes y expansión agrícola. Todo eso favorece la proliferación de vectores, en este caso los mosquitos. El Aedes aegypti puede transmitir dengue, zika y chikungunya. Hoy tenemos chikungunya y no sería extraño que en los próximos años aparezcan más casos de zika, porque son parte del mismo fenómeno.
- ¿Qué es lo más inquietante de este escenario?
- Que estas enfermedades no son inocentes. El dengue puede evolucionar hacia cuadros hemorrágicos graves e incluso provocar la muerte. El chikungunya parece más leve, con fiebre y dolores articulares, pero el zika ya mostró consecuencias muy severas en otros países. Brasil, por ejemplo, tuvo epidemias simultáneas de dengue, chikungunya y zika. Y el zika estuvo asociado a microcefalia en bebés y a síndromes neurológicos como el Guillain-Barré. Pero además estas enfermedades muestran algo más profundo: un deterioro general de la calidad de vida y del bienestar social.
- Si tuviera que proyectar el futuro sanitario del NOA, ¿cómo imagina los próximos años?
- El proceso de tropicalización va a continuar durante décadas, incluso aunque el mundo modificara hoy sus conductas ambientales. Nosotros estábamos en una zona subtropical y nos estamos convirtiendo en una región tropical. Eso significa que vamos a convivir cada vez más con enfermedades transmisibles. El dengue hace 30 años tenía brotes aislados cada cinco años; después pasó a epidemias anuales y hoy prácticamente es una endemia. Con chikungunya puede pasar lo mismo y probablemente se incorpore el zika. Y hay otro fantasma importante: la fiebre amarilla. Tiene alta mortalidad y hoy la vacuna no forma parte del calendario obligatorio. Pero probablemente en algún momento tengamos que empezar a discutir seriamente si en Tucumán será necesaria la vacunación masiva, como ocurre en zonas del sur de Brasil.
- Usted habla de “tropicalización”. ¿Qué implica concretamente para la vida cotidiana?
- Implica sequías e inundaciones más frecuentes, problemas de acceso al agua potable, caída de la producción agrícola y pérdida de seguridad alimentaria. Abrir la heladera y encontrarla vacía también es una consecuencia del cambio climático. Por eso digo que ya no es solamente un problema médico: es un problema político, económico y social. Hay que discutir cómo explotamos la tierra, cómo planificamos las ciudades y cómo usamos los combustibles fósiles, que son el principal motor del calentamiento global actual. La urbanización está controlada en muchos casos; el Estado debería reforzar las regulaciones urbanísticas y ambientales. Hay muchísimo por hacer en códigos de planeamiento urbano.
- ¿Qué cosas deberían empezar a hacer los gobiernos locales?
- No alcanza con atender las consecuencias sanitarias. Está bien contar los casos de chikungunya. Pero eso es insuficiente. Hay que entender que esto no es un problema lejano. No es solo el oso polar o un glaciar derritiéndose. Nos está pasando acá. Tucumán necesita discutir seriamente la urbanización no controlada. Yo no creo que haya que desregular más los emprendimientos inmobiliarios; al contrario, hace falta más regulación y más planificación urbana. También celebro que el cambio climático haya empezado a entrar en la agenda política. Hace poco hubo en Tucumán un foro con intendentes de todo el país discutiendo este tema. Eso es positivo.
- ¿Qué desafíos tiene el sistema de salud frente a este escenario?
- La salud pública va a tener que adaptarse a enfermedades que antes eran propias de regiones tropicales. Nuestros médicos deben capacitarse cada vez más en esas patologías. La academia también tiene que incorporar estos temas en la formación cotidiana. En la Facultad de Medicina estamos trabajando en diplomaturas vinculadas a gestión ambiental y en una iniciativa interdisciplinaria llamada “Una Salud”, junto a otras facultades y organismos del Conicet. La idea es entender que la salud humana, animal y ambiental están profundamente conectadas. Si no trabajamos de manera conjunta, solo vamos a seguir contando enfermos sin atacar las causas. Todavía nos falta mucho; , si me pregunta si me siento satisfecho, la respuesta es no.
- ¿El cambio climático profundiza las desigualdades sociales?
- Sin ninguna duda. Lo que hace es agravar las diferencias entre pobres y ricos. Hay momentos del día en que no se puede estar sin aire acondicionado. ¿Cuántos tucumanos tienen acceso a eso? Los sectores más vulnerables son los que primero sufren las consecuencias: viviendas precarias, problemas de agua, cortes de luz, falta de recolección de residuos. Y son también quienes tienen mayor riesgo de enfermarse o morir por estas condiciones. El cambio climático ya está produciendo muertes atribuibles al calor y a las enfermedades asociadas. Y quienes más padecen son los sectores pobres.
- ¿Cree que todavía falta conciencia social sobre este tema?
- Sí, aunque creo que está cambiando. Hace algunos años hablar de medio ambiente parecía algo romántico, asociado a pequeños grupos de jóvenes ambientalistas. Hoy ya vemos consecuencias concretas y devastadoras. Hay miles de millones de personas viviendo entre los trópicos expuestas a enfermedades tropicales. América Latina tiene cientos de millones de habitantes en riesgo. Por eso los gobernantes tienen que entender que esto vino para quedarse. Va a exigir nuevas regulaciones, nuevas inversiones y nuevas políticas públicas. Ya no es una teoría: es una realidad que afecta todos los días la vida de las personas.