Fabio Belnome es un creador de contenido español que acumula casi dos millones de seguidores en Instagram (@volatadipeluca). Su mérito: haber recorrido las rutas de buena parte del mundo con un Fiat Marea que compró por apenas 900 euros. En su primera travesía unió España con Japón y ahora viaja desde Alaska hasta la Patagonia. Hace un par de semanas ingresó a Argentina por el Paso de Jama, en Jujuy. En el primer video que subió fronteras adentro contó que varias personas le habían advertido que tuviera mucho cuidado con el mal estado de las rutas vernáculas. Ahora, a raíz de los problemas que viene padeciendo a causa de los baches (por estos días está llegando al extremo austral de nuestro país), ese se ha vuelto un tema recurrente en publicaciones, que no sólo van a Instagram, sino también a TikTok y a YouTube, donde acumula varios millones más de seguidores. En otras palabras, por las desventuras de este aventurero, el deterioro catastrófico de los caminos nacionales ha quedado expuesto al mundo.

Lo que le ocurre a este curioso español viajero es relevante por varios motivos. Uno de ellos es que el problema de las carreteras no se limita a una sucesión casi interminable de pozos en el pavimento, sino que nos habla de algo más profundo, más inquietante. Veamos por qué.

Los infortunios circunstanciales que hoy vive Fabio son padecidos a diario por miles de argentinos: camioneros, choferes de ómnibus de larga distancia, productores rurales, docentes, turistas, trabajadores que deben trasladarse entre su casas y sus empleos, y un larguísimo etcétera. Este fin de semana largo el drama se exacerbó, porque, como ocurre en estas fechas, el tránsito se incrementó apreciablemente. Y si bien el problema ocurre en todo el país, es notable lo que sucede en nuestra región. Además de la falta crónica de autopistas y autovías, los caminos parecen estar involucionando: hay tramos en los que el pavimento está desapareciendo para dar lugar a la tierra. Inclusive, en algunos lugares es preferible circular por la banquina. Y no nos referimos a parajes rurales perdidos en medio del campo, sino a corredores troncales por los que circula buena parte de la riqueza del NOA.

EL FIAT MAREA. El auto de Belnome, detenido en la banquina por un desperfecto causado por un bache. INSTAGRAM / @VOLATADIPELUCA

En comparación con lo que sucede en Salta y en Jujuy, las rutas nacionales que atraviesan Tucumán (38, 40, 9, 34, 157 y 65) se encuentran en un estado razonablemente bueno. Está lejos de ser el ideal -de hecho, la escasa cantidad de kilómetros de autopistas con los que contamos son un motivo de ignominia-, pero en medio de la debacle general, no son las peores. En todo caso, el problema tucumano está en la red provincial de caminos, pero ese es tema para otra columna, porque acá vamos a hablar de los nacionales, es decir, los que dependen de Vialidad Nacional y que -a falta de trenes- funcionan como las vías primordiales que comunican el país.

Treinta kilómetros de escándalo

A 134 kilómetros de donde se escriben estas líneas, en Rosario de la Frontera, el tema se torna escandaloso. Justo en el empalme de la 9 con la 34 se manifiesta un deterioro tal que, entre esa ciudad y la localidad de Yatasto, hay que circular prácticamente a paso de hombre. Los baches son tantos y tan profundos que existen tramos en los que no quedan más opciones que ir por la banquina o cruzar al carril contrario. A eso hay que sumar que se trata de un sector con un tránsito intenso de camiones, lo cual complica aún más el panorama. Entre Yatasto y Metán se percibe una levísima mejoría, pero los problemas generales persisten. Llama poderosamente la atención que nadie se haga cargo de mantener un tramo de apenas 30 kilómetros que une dos ciudades importantes del sur salteño y por el que transita buena parte de la riqueza de la región. Además, las estadísticas son claras: el corredor 34/9 en su tramo norte es uno de los más peligrosos del país debido a la cantidad de accidentes que se producen.

Ahora bien: ¿cuánto falta para que en Tucumán ocurra lo mismo? Los gobernantes de varias provincias aceptaron en las últimas semanas hacerse cargo de la gestión de las rutas nacionales que atraviesan sus territorios. Aquí, la administración de Osvaldo Jaldo rechazó esta posibilidad y, por el momento, el mantenimiento de la 9, de la 34, de la 40, de la 38, de la 157 y de la 65 sigue a cargo de la Nación.

PELIGRO. Foto publicada por Fabio Belnome en su cuenta. INSTAGRAM / @VOLATADIPELUCA

En enero, la Federación de Personal de Vialidad Nacional difundió un mapa que muestra cuáles son los caminos en peores condiciones en Argentina. De acuerdo con este relevamiento, entre el 65% y el 70% se encuentra en estado regular o malo. Vale destacar que este informe apunta básicamente a cuestionar las políticas del Gobierno, al que se acusa de vaciar al Estado de su capacidad vial. Es decir, tiene un trasfondo claramente político. Pero la administración de Javier Milei tampoco ha difundido demasiadas cifras al respecto que permitan contrastarlo. Mientras tanto, existen procesos de concesión iniciados por el Estado nacional para transferir las rutas nacionales al sector privado, pero avanzan muy lentamente. Y los baches no esperan.

Los millones se fueron al bolsillo

Es un error creer que estamos hablando de un problema que nació con la decisión del actual Gobierno de dejar de destinar recursos al mantenimiento y a las mejoras de los caminos. Esa fue quizás la chispa que hizo estallar la bomba, pero las décadas de corrupción kirchnerista son las que nos trajeron hasta acá. Los juicios a los que fueron sometidos y los que se les siguen a ex funcionarios de Néstor y de Cristina Kirchner, y a empresarios vinculados con la obra pública confirman la sospecha de que millones y millones de pesos y de dólares que deberían haber sido destinados a mejorar la infraestructura nacional en general (y vial, en particular) terminaron en bolsillos particulares. Volver de ahí es muy difícil.

Todo lo anterior es relevante, porque la situación en la que se encuentran las rutas nacionales es un síntoma de muchas otras cuestiones más profundas que expresan el estado de un país. Estamos hablando de los caminos por los cuales la producción de las diferentes regiones llega a los puertos o a los principales centros de consumo. Entonces, si estas carreteras, que son las más importantes, presentan semejante deterioro ¿qué queda para las provinciales y para las redes secundarias y terciarias? Además, miles de vecinos, turistas y viajeros en general arriesgan sus vidas a diario por esos caminos. Y cuando a alguno se le revienta una cubierta por un bache, se le rompe el tren delantero a causa de un pozo o llora la muerte de algún ser querido en un accidente, no se detiene a pensar si el mantenimiento del camino depende de la Nación o de la provincia. En medio del dolor y de la bronca responsabiliza a todos: desde el presidente de la Nación hasta el último concejal del pueblo, y no hace diferencias entre banderas políticas. Lógico: al fin y al cabo, a todos se los votó para que mejoren nuestras condiciones de vida. Y eso es algo que en Argentina, desde hace por lo menos dos décadas, no ocurre.