Es difícil de describir, pero hay personas que realmente tienen algo especial. A veces es un talento innato; otras, un carisma que atrae las miradas de propios y extraños. Pero hay otros casos en los que se destaca otra cualidad más, casi esencial para el mundo del deporte: la fortaleza mental. La fondista Rosario Rodríguez del Busto es un claro ejemplo de ello. Lo que se propone, lo consigue. Un día se levantó con ganas de participar de una carrera de trail running; 21 meses después, brilla en los escenarios más competitivos dentro de la disciplina en el país. Y sueña con más.
Hoy, el trail no es para ella un simple pasatiempo; es un estilo de vida que atraviesa sus días entre entrenamientos de seis jornadas por semana, su profesión como comunicadora y los preparativos de su casamiento. Se trata de alto rendimiento puro, una disciplina que exige readaptar cada hábito, desde el descanso hasta la alimentación, para poder estar a la altura de la élite.
“Es un desafío buscar el equilibrio entre el trabajo, la vida misma, los vínculos y el rendimiento. Cargas de kilómetros semanales, descarga, volver a cargar, el cuerpo cansado, fisioterapia para complementar... se va comiendo un montón de lugares. Si vos querés competir, se termina convirtiendo en un estilo de vida que te atraviesa casi completamente”, introduce Rosario, intentando describir su pasión.
Un comienzo fortuito y un ascenso meteórico
Todo comenzó en julio de 2024. Rosario viajaba con frecuencia a Buenos Aires por una maestría y el running apareció como la opción más práctica para mantenerse activa. Sin embargo, el “clic” definitivo llegó por la insistencia de su pareja, quien la motivó para debutar en el Extremo Tafí.
El desafío era mayúsculo: 45 kilómetros por la montaña tucumana sin haber corrido nunca más de 10. El resultado fue un segundo puesto en equipo y la revelación de una capacidad innata para la resistencia. “Fue una experiencia espectacular y dura, pero llegar a pie a esos lugares que uno conoce fue bárbaro”, cuenta.
A partir de allí, la progresión fue vertical: tercera en Merlo y luego el salto a las “Ultras” en el Patagonia Run. Pero el deporte no siempre es lineal. Una semana antes de los 70 km en San Martín de los Andes, sufrió un duro desgarro en su tren inferior. A pesar del dolor y la incertidumbre, decidió largar, logrando un sexto puesto en la general y el primer lugar en su categoría, aunque el costo físico fue una pesadilla en la cadera que la tuvo meses al borde del quirófano. “El dolor me tenía loca, eran las 24 horas del día sin cesar”, relata.
El milagro en El Cruce y la consolidación
El avance era casi meteórico: hace apenas unos meses había debutado en trail y ya estaba participando de carreras ultra con grandes resultados. La lesión en la cadera la invitaba a una pausa, pero ella se aferró a su objetivo. Con diagnósticos que sugerían seis meses de inmovilidad, llegó la oportunidad de participar de El Cruce, la mítica carrera de 100 kilómetros en tres días sobre las montañas de la Patagonia.
Entre bloqueos médicos y una exigencia mental agotadora, el dolor cedió lo justo para permitirle estar en la línea de partida. “Era un sueño que teníamos con mi novio. Un mes antes el dolor bajó un poco y probé aumentar la carga para ver si llegaba”, cuenta.
Lo que siguió fue una hazaña de superación: tras un primer día de sufrimiento y ampollas (en el que salió segunda entre más de 1.000 participantes), ganó la segunda etapa y defendió la punta en un tercer día épico. Aquella victoria significó mucho más que una medalla; fue el cierre de un año marcado por la resiliencia y la capacidad de sobreponerse a la adversidad física.
“El tercer día no había piernas, no había nada, pero mi fuerte es que me quedan restos; soy progresiva. Mi competencia por el primer puesto salió a los bombazos desde el inicio y no me quedó otra que ir a buscarla. Peleando contra los dolores y el cansancio, abracé el objetivo y no lo solté. Fue muy emocionante cruzar ese arco por todo el contexto de mi lesión. Fue un mimo y una felicidad absoluta”, cuenta la protagonista.
Además, Rosario detalla lo que vive un fondista durante la competencia. “Es un deporte muy mental. Estás quizás 11 horas sola en la montaña y se te cruzan pensamientos de todo tipo: el cansancio, el objetivo, situaciones de tu vida, personas que te motivan. Vas buscando impulsos. El dolor es inevitable, pero hay que tener la cabeza fría”, explica.
Por otro lado, describe qué siente cuando llega a la meta. “Cuando veo el arco a lo lejos y escucho a la gente gritar, se me pone la piel de gallina. Siempre lloro en la meta porque es muy emocionante. Se te viene encima todo el sacrificio y el esfuerzo. Ver las caras de mi pareja, mis amigas y mi familia alentándome es una emoción total. Es un deporte solitario y difícil de entender si no lo vivís, por eso necesitás mucho apoyo y comprensión de los tuyos”, relata.
Destino Alpes: una luna de miel entre cumbres
El 2026 se presenta como el año de los grandes saltos, tanto personales como deportivos. Tras imponerse recientemente en los 80 km de Bariloche 100 con tiempos de elite, la atleta ya planifica una agenda internacional de alto impacto. En un año marcado por su casamiento, la frontera entre la vida personal y la deportiva se vuelve difusa: su luna de miel comenzará cumpliendo el sueño de correr por los Alpes suizos. En septiembre, Rosario participará en la Wildstrubel Crans-Montana en Suiza. Será el inicio de un viaje personal que une el compromiso del matrimonio con la pasión por la montaña.
Pero el calendario no termina en Europa. La tucumana ya tiene en la mira la el desafío Valhöll Ultra Trai (Villa General Belgrano, Córdoba) este mes , la carrera TT (La Sala, Tucumán) en agosto; mientras evalúa sumar alguna otra competencia de fuste en fin de año. “Mi sueño es seguir creciendo y ver hasta dónde puedo llegar”, dice.
Cruzar el arco de meta para Rosario suele terminar en una descarga de emoción profunda. Es el resultado de pasar horas sola en la montaña, peleando contra la cabeza y el cuerpo al límite. Pero a pesar de la humildad que la caracteriza, en el fondo ella sabe que su constancia y trabajo le permitirán seguir archivando grandes logros.
Con el apoyo de su grupo de entrenamiento TT, liderado por Roberto Parodi, la comunicadora tucumana se prepara para llevar la bandera provincial a las cumbres más altas del mundo. Allí donde, hace menos de dos años, descubrió que su techo todavía no se divisa en el horizonte.