Dr. Juan Antonio González
Ex Secretario de Ambiente Tucumán
Quien viaja por los Estados Unidos suele sorprenderse de una escena simple: un automóvil se detiene completamente ante un cartel de “STOP” aunque no venga nadie. No hay nadie observando ni una cámara visible. Sin embargo, el conductor frena igual. Parece un detalle menor, pero en realidad refleja algo mucho más profundo: una cultura basada en el respeto de las reglas. Ese pequeño cartel rojo simboliza una idea poderosa. La norma no se cumple solamente por miedo al castigo, sino porque existe una comprensión colectiva de que las reglas protegen la convivencia. Allí, detenerse no es una pérdida de tiempo; es una muestra de respeto hacia los demás.
En nuestra sociedad y no sólo en el tráfico ocurre frecuentemente lo contrario. El semáforo en rojo, la doble fila, el exceso de velocidad o el “paso rápido porque no viene nadie” muestran cómo muchas veces las normas son vistas como opcionales. La llamada “viveza criolla” termina celebrando al que logra sacar ventaja aun perjudicando al resto.
Pero el problema no queda limitado al tránsito. El “STOP” parece haber dejado de funcionar en muchos aspectos de nuestra vida social. Sucede cuando ciudadanos creen que las normas son para otros y no para ellos. Pero también ocurre cuando dirigentes o personajes públicos deciden ignorar procedimientos establecidos, actuar según conveniencias personales o interpretar las reglas de manera selectiva. La falta de apego a las normas atraviesa distintos niveles de la sociedad y debilita las instituciones.
El fallo sobre Pagani abre interrogantes sobre otros mandatos consecutivos en la UNTTambién puede verse en ámbitos educativos: docentes que incumplen horarios o responsabilidades básicas, alumnos que exigen situaciones imposibles más allá de sus legítimos derechos, padres que desautorizan permanentemente la autoridad escolar o instituciones que muchas veces prefieren evitar conflictos antes que hacer cumplir reglamentos. Poco a poco, se instala la idea de que toda norma puede negociarse, relativizarse o directamente incumplirse. Y Tucumán tampoco está ajeno a esta realidad. Resulta preocupante observar cómo incluso en ámbitos que deberían ser ejemplo de institucionalidad y formación ética aparecen conductas que transmiten exactamente el mensaje contrario. Cuando un rector universitario considera que puede presentarse nuevamente a un mandato aun sabiendo que existen regulaciones que lo impedirían, el problema trasciende a una persona o a una elección puntual. Lo grave es el mensaje cultural que se transmite. Porque si en una casa de altos estudios -espacio destinado a formar profesionales, ciudadanos y dirigentes- las normas pueden interpretarse según conveniencias personales, ¿qué puede esperarse luego en otros estamentos sociales? ¿Con qué autoridad moral puede exigirse respeto por reglamentos, leyes o límites si quienes ocupan posiciones de conducción son los primeros en buscar excepciones para sí mismos?
Cultural
El problema de fondo no es solamente jurídico; es cultural. Cuando una sociedad pierde el hábito de respetar límites básicos, aparece una peligrosa degradación de la convivencia. Si nadie acepta un “hasta aquí”, todo se vuelve discutible: los horarios, las obligaciones, las responsabilidades, el esfuerzo y hasta la palabra dada. Las normas dejan de ser herramientas de organización social y pasan a convertirse en simples sugerencias.
Y una comunidad sin reglas claras termina atrapada en la desconfianza permanente. Aún no hemos internalizado las normas. Las reglas deben dejar de verse como obstáculos y aprender a entenderlas como herramientas necesarias para convivir mejor.
Por eso el tránsito es mucho más que circulación de vehículos. Es un espejo cultural. Allí se observa cómo nos relacionamos con el otro, cuánto valoramos la vida ajena y qué lugar ocupa el bien común frente al interés individual. Una sociedad comienza a deteriorarse no solamente por grandes hechos de corrupción o violencia. También se deteriora cuando millones de pequeñas reglas dejan de respetarse todos los días: tirar basura en la calle, no ceder el paso, incumplir horarios, destruir bienes públicos o creer que cumplir normas es cosa de ingenuos.
El caótico Acceso Sur a la ciudad, un problema sin finSin embargo, todavía existe una esperanza. Y esa esperanza no pasa solamente por discursos, campañas o buenas intenciones. Pasa por algo mucho más concreto y muchas veces incómodo: la aplicación irrestricta de la ley. Sin excepciones, sin privilegios y sin interpretaciones acomodadas según el poder o la conveniencia de cada uno.
Porque las sociedades más ordenadas no son aquellas donde nunca se intenta violar una norma, sino aquellas donde las reglas finalmente se cumplen y las instituciones actúan. Allí donde el “STOP” vuelve a funcionar para todos por igual, comienza también a reconstruirse la confianza social.
Tal vez por eso el viejo cartel rojo tenga algo importante para enseñarnos. Detenerse unos segundos en una esquina puede parecer insignificante. Pero quizás sea uno de los primeros pasos para recuperar algo mucho más profundo: el respeto por los límites, la responsabilidad compartida y la vigencia real de la ley.